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PONENCIA |
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Introducción. El desarrollo del conocimiento de la dimensión
de la vida social no vinculada a la esfera laboral, ha descuidado su
especificidad al no enfatizar las diferencias existentes entre los conceptos
<ocio - tiempo libre - recreación> a partir de su anclaje en la
historia; esto ha originado una confusión conceptual, que se transfiere al
estudio de las actividades de esa dimensión social obstaculizando el
desarrollo de instrumentos de investigación que permitan hacer comparables las prácticas
recreativas en sus multideterminaciones y complejidad entre distintas
sociedades concretas. El presente trabajo intenta ser un aporte para la
construcción teórica en este campo. Simultáneamente busca despertar el
interés de quienes están vinculados a la temática, por contribuir con
críticas y nuevos enfoques a delinear una teoría de la recreación, aspiración
sentida pero solo posible de lograr en procesos de intercambios
colectivos. Desarrollo
Se parte del supuesto de reconocer que los
significados otorgados a los conceptos <ocio>, <tiempo libre> y
<recreación>, se entremezclan con una característica: se ha pretendido
incorporar en viejos conceptos una nueva realidad histórica, sin
desprenderlos de la vieja significación surgida para un grupo social
determinado en una formación socioeconómica particular. En el marco de la temporalidad social no
destinada al trabajo, desde los griegos a la actualidad aparece una
temporoespacialidad identificada con acciones dirigidas al descanso, la
diversión, la contemplación, el
placer, la socialidad entre otras similares denominadas casi indistintamente como
“ocio”, “tiempo libre” o “recreación”. Una consecuencia de tal tratamiento
conceptual ha sido la desvinculación del concepto con sus referentes
empíricos. Por otra parte, el estudio de las prácticas de ocio, tiempo
libre o recreación se han
presentado preponderantemente en una visión desarticulada y desde miradas
fragmentadas del sujeto, que solo han dado lugar a la búsqueda de
“motivaciones intrínsecas de las actividades”, “funciones psicológicas” o
meras descripciones de las mismas. La dimensión de la práctica queda atrapada
casi con exclusividad en un nivel subjetivo, lo que dificulta nuevamente un
estudio social. OCIO
Indagar en el concepto ocio implica
situarse inicialmente en las civilizaciones griega y romana. Partiendo de los
griegos, quienes le dan su carácter
primigenio, el ocio, se reconoce a
partir de Platón y Aristóteles fundamentalmente, configurado como ideal desde
la suposición que los hombres somos más de lo que parecemos ser (Byron
Dare,1991). El ocio permite el desarrollo de la potencialidad del ser
humano, y en este sentido se configura en ideal. Es así como entendían los
griegos que los esclavos eran
necesarios porque con su trabajo se cubrían las necesidades materiales
de una sociedad, mientras otros dedicaban su tiempo y energía al intelecto
activo, a la búsqueda de las verdades supremas. Si nos centramos en el modo
de producción para otorgar mayor sentido al análisis, el ocio de los
griegos solo podía existir en el espíritu de hombres libres, aquellos de
condición no sometida o esclava, y los hombres libres solo podían existir en
tanto se mantuviera en Grecia la esclavitud. El ocio y el ideal de ocio
griego deben ser entendidos entonces como parte de una formación
socioeconómica esclavista, como una configuración de significados específicos
que surge de la forma que toma la organización para la subsistencia material
de los griegos. Se encuentran además en el inventario de los griegos, grandes
fiestas y espectáculos para los habitantes de la ciudad; pero se reconoce
también que la intención de tales manifestaciones respondía al deseo de unir
a los miembros de la ciudad a través de un homenaje colectivo a sus dioses
protectores; fundida con un interés egoísta, la religión servía de base al
patriotismo, proporcionando a la vez la cohesión moral en el pueblo, y con
frecuencia brindando elementos preciosos de información intelectual y
estética (Aymard-Auboyer, 1969: 407-409). Goodale y Godbey (1988:18)
reconocen tres elementos contenidos en el ideal griego del ocio: tiempo,
necesario para la elaboración y elevación de la cultura; fermento
intelectual, dado en la necesidad de explicaciones mitológicas o
metafísicas constantes, y seguimiento de un ideal, premisa más
característica de la Grecia antigua que de cualquier otra cultura; por tanto,
agregan, el “ocio” tal lo entendieron y usaron los primeros filósofos
griegos, solamente puede ser entendido a la luz de los ideales de la
cultura griega. Otra significación del ocio griego devenida de las propias características de la cultura
pero poco reconocida por la bibliografía específica, da cuenta de que el
ideal masculino en dicha cultura es “a favor de los ocios” (Aymard-Auboyer,
1969:396). Esto implica que el ideal del ocio griego encierra también
una definición de género. En síntesis, el ocio griego encierra la
condición de ser un interrogante, una búsqueda de la expresión del hombre en
su condición ética, no es una expresión acabada y concreta en actividades del
tipo que en nuestros días pretendemos definir sino es concebido como una
predisposición del ánimo, del ser, como una actitud “para ...” configurada en
un ideal de cultura. A diferencia de Grecia, a Roma le interesaba la
expansión imperial y el enriquecimiento personal –fundado en el desarrollo de
la moneda-, los que a su vez arrojaban una sostenida y creciente urbanización,
diferenciación de sectores sociales, grandes masas de desocupados “libres”,
nuevos oficios y ocupaciones que derivaban de la urbanización, lo que los
mantenía ajenos a intereses comunes que se dilucidaran en el plano de las
ideas. La organización socioeconómica del Imperio contempla una
transformación incipiente frente al surgimiento de pequeños artesanos
demandados por las nuevas formas de ocupar el espacio –la urbanización-, si
bien la formación socioeconómica sigue teniendo su esencia en el esclavismo.
En este contexto, los aspectos del ocio resignificados en Roma pueden
centrarse en: 1-se inicia una fusión en el ámbito individual de las
categorías “ocio-trabajo”, reconocida socialmente La negación del otium
romano, es el neg-otium, de donde deriva “negocio” es decir, trabajo al que
se dedicaban negociantes y mercaderes. Ocio y negocio, son parte
constitutiva del hombre completo, y desde esas dos dimensiones el hombre se
manifiesta; 2- el tiempo de ocio , es en Roma atributo de las grandes
masas –aunque no en forma exclusiva-
para quienes los poderosos sirven con fiestas y espectáculos. Esto
marca un perfeccionamiento del ocio popular que deriva en ocio
de masas como arma de “dominación”; 3- el ocio se expresa en
actividades concretas y colectivas fundamentalmente de tipo
<espectáculo>, no ya en términos de ideas o ideal; 4- La búsqueda del
placer está impregnada de materialidad y desprovista de los parámetros de la
moralidad eteniense. Con la caída del Imperio romano, la iglesia
organizada hizo valer su autoridad y se propuso llenar un vacío
institucional. Esta doctrina propicia la soldadura mental y moral de la
sociedad con su ideal de salvación e inmortalidad de las almas. El mensaje de
trascendencia espiritual posibilita la superación del caótico mundo empírico
predominante en la época. Así se reemplaza la razón por la fe, y ésta –tal
como lo formula San Agustín-, es el objeto de la contemplación. La razón
–objeto de contemplación para los griegos- se abandona, por tanto se ha
dejado de lado uno de los aspectos fundantes de la concepción del ocio
griego. Otro aspecto que muda, es la noción del “tiempo”. Para los cristianos
el tiempo es de por sí sagrado, tiende hacia una plenitud futura, pertenece
al mundo venidero, pero debido a la realidad humana deben ser signos visibles
para el hombre los que marquen los tiempos sagrados; es así como se impone el
domingo o “día del Señor” en el calendario litúrgico. Tanto el “descanso”
como la “contemplación” y la “fiesta” representan la posibilidad material para
el hombre de profundizar y tomar conciencia de su dependencia con el creador
y disponerse espiritualmente a recibir su gracia. Así puede resumirse el
nuevo sentido otorgado por la doctrina cristiana al tiempo de descanso, a la
interrupción laboral que se impone con el domingo. Durante el siglo XVI, con el incipiente
surgimiento de la economía de mercado comienza a gestarse como derivación del
ocio, el concepto de ociosidad. La condición humana adquiere la
condición natural de impureza y pecado, y la potencialidad del ser humano
–defendida por Aristóteles- se circunscribe a la superación de esa naturaleza
a través del trabajo. El trabajo pasa a ser el elemento que dignifica al
hombre y la ociosidad su condena. La crítica al ocio que surge en este
período abarca dos dimensiones: la económica y la moral. A partir de aquí el
concepto de ocio, tal como lo hemos analizado, no tiene la capacidad de expresar un contenido
válido en diferentes momentos históricos. Cuando se intenta recobrarlo, da
lugar –por las condiciones históricas-, a un nuevo concepto, el Tiempo
Libre. TIEMPO LIBRE
La revolución industrial marcó el punto de
partida en la concepción del tiempo libre. Tal lo describe Thompson
(1984), la revolución industrial no era una situación consolidada, sino una
fase de transición entre dos modos de vida. Hacia el 1700 en Inglaterra
comienza a instalarse el panorama capitalista industrial superponiendo a los
patrones de conducta socializados, los esquemas del disciplinamiento en el
trabajo, introduciendo en las escuelas la crítica a la moral de la ociosidad
y la prédica a favor de la industriocidad. El disciplinamiento y el orden en
el trabajo pasó a invadir todos los aspectos de la vida, las relaciones
personales, la forma de hablar, los modales, al punto tal que fueron minando
la alegría y el humor; “se predicó y se legisló contra las diversiones de los
pobres” (Thompson, 1984: 449), en un intento de suprimir bailes y ferias
tradicionales, como parte de la desvalorización a la comodidad, el placer y las cosas de
este mundo. Estas medidas tienden a desterrar los “habitus” de campesinos,
socializados en un tiempo y espacio signado por el ritmo de la naturaleza en
una forma de producción agropecuaria, es decir una formación precapitalista
no urbana. Tales prohibiciones pretenden
instaurar nuevas formas de apropiación del tiempo – tiempo de reloj-
que deberían conducir a un trabajo sistemático, regular y metódico, lo que no
daba lugar a estados de “ociosidad”. Instaurado un tiempo laboral
deshumanizante – por la prolongación de las jornadas de trabajo para adultos
y niños en condiciones extremas- se hicieron sentir a través de las
incipientes organizaciones gremiales, las demandas de <tiempo libre>.
Se reclamaba tiempo libre de trabajo, para descansar del trabajo, e aquí el
sentido primigenio del concepto. La lucha por la conquista de tiempo libre
se sucede logrando paulatinamente una reducción de las horas de trabajo. Al
mismo tiempo, se diversifican las consignas para la utilización del tiempo
liberado. Aparece la demanda por la necesidad de tiempo libre para el
desarrollo cultural y la socialidad. Se resumen aquí aspectos vinculados a la
participación social, la educación e instrucción en sociedades cada vez más
complejas, hasta lograr las vacaciones pagas, reivindicación que impulsa
sostenidamente el desarrollo del turismo como práctica en el tiempo libre. Retomando la descripción de algunos aspectos del
industrialismo, en el marco del capitalismo en consolidación, se puede
identificar un creciente impulso al
desarrollo de tecnologías de uso doméstico, que afectan directamente esta
esfera de tiempo libre autónomo. La radio, la televisión, el
cine, capturan horas de tiempo libre diario, y de fin de semana, al punto de
ejercer una hegemonía en las posibilidades de uso del tiempo. Reconocida
esta hegemonía cultural, en manos del
propio capitalismo, se modifica la demanda y se alude a la “libertad”, en
términos de alcanzar una vivencia real de libertad –al menos- en el tiempo
libre. Se plantea entonces la discusión acerca de la “libertad”, y se
discute entre distintos enfoques sociológicos, las posibilidades de vivir la
libertad en el tiempo de no trabajo. Queda planteada otra dimensión de
análisis, el plano de la “libertad” en el tiempo, con referencia a la alienación
en el trabajo y sus efectos en el tiempo libre. Termina de
configurarse la problemática con relación al análisis del tiempo libre:
tiempo de “libertad” – “libertad” en el tiempo, de los efectos del trabajo,
de los medios masivos de comunicación, entre otros. Resumiendo, la idea de tiempo libre en
las sociedades pre-industriales no tiene prácticamente puntos de relación con
el concepto que se gesta a partir de la revolución industrial. Nace en
términos cuantitativos y en su desarrollo encuentra la necesidad de
cualificarse. Inicialmente también, se configura como instrumental, para
ganar un espacio de autonomía, que encierra problemáticas propias de la era
industrial, como el tema de la libertad. Si bien nace como tiempo “liberado”
del trabajo, debe posteriormente, plantear una liberación de la “cultura
jerarquizada” tal como lo plantea Touraine (1973: 197-230), y la cuestión de
la alienación en el trabajo, para poder seguir fundamentándose el concepto
como tiempo libre. Aquí la expresión ya tiene los dos aspectos
considerados en todas sus implicancias: tiempo libre, en tanto horas
de no trabajo; y libertad en el tiempo; en tanto libre disposición de ese
tiempo, considerando la libertad
ideológica como psicológicamente, tal lo señala Munné (1980). Más recientemente –y atendiendo al aspecto
cuantitativo- el aumento del tiempo libre en las sociedades
capitalistas responde a una necesidad estructural del sistema: descansar para
seguir produciendo y disponer de tiempo para el consumo (Alvarez Sousa: 1994,
40). Aparece entonces un aspecto novedoso: la función que se atribuye al tiempo
libre con relación al consumo. “El consumidor y la economía exige
disponer de un tiempo libre para realizar sus operaciones de consumo
[...] Nuevamente se evidencia como las particularidades que adquiere el modo
de producción en una formación socioeconómica concreta, expresa una
dialéctica entre los diversos fenómenos de la vida social y la base material
que la sustenta (Kelle y Kovalzon 1985). RECREACIÓN
El término, según reconocen algunos autores, se
pone de moda en los años cincuenta, no significa que antes no hubiera estado
presente, implica que en este momento comienza a generalizarse su uso, y por
tanto colmarse de significados. Según Argyle (1996), una vez incorporado socialmente
el derecho a una mayor disponibilidad de tiempo libre, comienza a
hablarse de una “recreación racional”. Se reconoce que las actividades
recreativas posibilitan la expresión de nuevas necesidades y capacidades.
Esto implica que se reconoce la autonomía progresiva que va tomando un
conjunto de actividades, que en estrecha relación con las demandas de las
destrezas exigidas en los ámbitos laborales, se adaptan al ámbito del tiempo
libre y van a su vez evolucionando con características propias. De esta
forma se explica el disfrute de actividades muy difundidas en la bibliografía
específica, el “bricollage”, “jardinería”, “do it your self” todas
actividades que promovían las habilidades manuales, en reacción a los objetos
fabricados en serie y desde el supuesto que el ejercicio de las habilidades
manuales respondiera a una necesidad de romper el trabajo automatizado. Lo
cierto es que tales actividades transferían los criterios de eficiencia,
utilidad, racionalidad presentes en el mundo del trabajo industrial en
consolidación, y a su vez demandaban la adquisición de las “herramientas”
para su ejecución, es decir comenzaban a imponer el consumo en el ámbito del tiempo
libre del trabajador. Esclarecedora es en este sentido la definición de
M. Mead (1957), quien propone que la recreación “condensa una actitud
de placer condicional que relaciona el trabajo y el juego”. JUEGO Y RECREACIÓN
La vertiente
consuntiva con que parece adquirir preeminencia el concepto de recreación
-desde nuestra perspectiva de análisis histórico- entra en conflicto con otro
concepto, el juego, que se
convierte en el aporte más significativo para completar el análisis en
cuestión. El juego
se ha caracterizado a partir del trabajo de Huizinga (1954) como: voluntario;
improductivo; reglado; separado; incierto; y ficticio. La existencia de la
regla, por sí misma, y según plantea Caillois, crea la ficción. Puestos a
jugar a partir de la aceptación voluntaria de la regla, entramos en un mundo
de ficción, que nos separa de lo cotidiano, nos adentramos en un tiempo y un
espacio de otra naturaleza. De tales características del juego –la
voluntariedad y la regla - se articulan para configurar la situación de
juego, es decir dan como resultado lo ficticio, y por tanto una temporalidad
y espacialidad que difiere de la habitual. La ficción es válida para quienes
están en situación de juego, acceden a ella solo quienes están jugando, de allí que se
entienda al juego como universo
cerrado. Avanzando por sobre la caracterización del juego
propuesta por Huizinga y Caillois (1958), el último reconoce respecto de su
clasificación de los juegos [1], y hacia el interior
de cada categoría clasificatoria, extremos de tensión entre la turbulencia y
la libre improvisación –paidia- y una tendencia complementaria que disciplina
o intenta encausar ese caos mediante convencionalismos organizadores –ludus-.
Es decir el extremo paidia carece de
convencionalismos es, en sí mismo la
espontaneidad, mientras que ludus se presenta como la organización y el
control a ese impulso primitivo, e incorpora en él actividades tales como
competencias deportivas, teatro, loterías, esquí, fútbol, billar, atracciones
de ferias, alpinismo, entre otras. Es el extremos <ludus> presentado
por Caillois el que a nuestro entender corresponde al ámbito de la recreación
en las sociedades modernas, sumado a una amplia serie de actividades que han
desbordado el universo cerrado del juego. La diferencia evidente es que estas
actividades cercanas a ludus, no son patrimonio exclusivo de un grupo de
jugadores, se han generalizado como práctica social. Por tanto son
actividades colectivas, grupales o masivas, planificadas, que no pueden quedar identificadas como juegos,
pero sí se corresponden con el principio organizador de los mismos propuesto
por el autor. El juego se reconoce como un universo cerrado.
Las reglas se aceptan “voluntariamente”, los sujetos se autoimponen la regla
y las mantienen en un proceso de negociación constante [2], de no respetarse la
regla desaparece la posibilidad de jugar, desaparece el juego. Aceptada la
regla en el marco de esa interacción se accede a un mundo ficticio, existente
solo para los participantes del juego, es decir, en un universo cerrado. La
diferencia, cuando se abandona el mundo cerrado del juego pero se mantienen
sus características se ingresa en el mundo de la recreación. La recreación
es la organización y el control social para los impulsos de alegría,
diversión, y libertad presentes en el juego, y en este sentido la ubico en el
extremo ludus, presentado por Caillois. Lo ficticio es propio del juego en tanto
establece interacciones entre los participantes desde aquello que se está
“fingiendo” o “simulando” en el juego. Los jugadores son quienes definen cual
será el acuerdo para compartir significados – un ej- de esto es el que un
grupo de jugadores acuerde que “la soga será la víbora” o “la escoba el
caballo”- (Franch y Martinell 1994:99), es decir instauran la ficción en un
acuerdo negociado. En la recreación prevalece lo simbólico, en
tanto las prácticas recreativas se configuran a partir de elementos, roles y
destrezas que ya han adquirido un significado social que no proviene del
acuerdo momentáneo de los participantes, sino que viene dado y a su vez está
impregnado de ideología por las condiciones histórico sociales. A diferencia
del juego, la recreación no es un universo cerrado, no se constituye a
partir de la interacción de sujetos en aceptación a una regla, sino que el
universo recreativo existe, con su universo simbólico compartido por el
conjunto de la sociedad al que los sujetos adhieren desde la
convicción de que en esa adhesión particular accederán al placer buscado. Ahora bien, si tal como afirmaron Huizinga
(1954) y Caillois, el juego se instaura a partir de la aceptación de la regla
en ese universo cerrado, para el caso de la recreación –tal y como
intentamos explicarla en su relación con el juego-, afirmamos que la misma se
instaura a partir de la adhesión a una representación simbólica que el
colectivo social considera que satisface sus demandas de diversión, emociones
placenteras, libertad de elección, etc. La organización que viene a encausar
los impulsos del juego se resuelve en
el mundo social por adhesión a aquellas propuestas que los sujetos
consideran satisfacen su búsqueda de emociones agradables. Basándonos en lo planteado anteriormente estamos
en condiciones de proponer un concepto de recreación para este
trabajo: Recreación es aquel conjunto de
prácticas de índole social, realizadas colectiva o individualmente en el tiempo libre de trabajo, enmarcadas
en un tiempo y en un espacio determinados, que otorgan un disfrute
transitorio sustentado en el valor
social otorgado y reconocido a alguno de sus componentes (psicológico,
simbólico, material) al que adhieren como satisfactor del placer buscado los
miembros de una sociedad concreta. Se constata a esta altura del análisis, que la recreación
compone un universo social de significados compartidos por una colectividad
que expresa, con matices diferentes, en cada sociedad concreta las formas de
alcanzar el disfrute, el placer públicamente. La recreación presenta
las características del juego en tanto es una expresión socioinstitucional
del mismo. Las características esenciales del juego toman en la recreación
diferentes formas de expresión, justamente por ser esta un producto histórico
social. Se integra así la vertiente histórica que vincula a la recreación con
necesidades y habilidades presentes en el mundo laboral y las propias del
juego, expresión de libertad por excelencia. Las dimensiones de análisis que articulan el
concepto esbozado de recreación, se configuran a partir de los principios
organizadores del juego, también citados por Caillois, pero reinterpretados a
la luz del concepto de recreación
elaborado, es decir, en consonancia con el universo social que la recreación
implica. Reconocemos, en forma preliminar en las sociedades capitalistas,
cuatro dimensiones de análisis propias del concepto recreación:
dimensión mimética; dimensión consuntiva; dimensión de azar; dimensión de vértigo y aventura, las
que se caracterizarán sintéticamente. Si bien Elías afirma que la emoción
mimética es común a casi la totalidad de las actividades consideradas
recreativas, se propone considerar aquí solamente aquellas actividades de
naturaleza representativa. La dimensión mimética agrupa aquellas
actividades tales como el cine, el teatro, la televisión, los espectáculos
deportivos y musicales, exposiciones de arte, museos, entre otros, en las que
los participantes se abandonan a la “ilusión”, a la ficción propuesta como
segunda realidad. Las prácticas recreativas en nuestras sociedades están
altamente atravesadas por el consumo, entendido en este marco, como
corrupción de <mimicry>; el consumidor queda atrapado en un goce sin
fin buscando una identificación con otro u otros a través del consumo. La
dimensión consuntiva que proponemos, reúne aquellas prácticas que se definen
en sí mismas por el acto de consumir, en un espacio destinado exclusivamente
a tal fin, y que incentivan en consecuencia la posibilidad del consumo real.
La tercera dimensión propuesta se identifica a partir de la preeminencia de
prácticas recreativas en las que la búsqueda de emociones agradables se
satisface mediante el aturdimiento de la conciencia o la maestría en
destrezas para dominar el riesgo. La dimensión ilinx – de vértigo, riesgo y
aventura-, incluye prácticas como, la rueda del mundo, la pandereta y
aquellas similares presentes en parques de diversiones tanto como el esquí,
parapente, wind surf, motonáutica, rapel, tirolesa, paracaidismo, skating,
etc. Finalmente alea –el azar-, incluye prácticas institucionalizadas,
incluso a través del Estado, cuyo eje rector es el azar. La actitud que
demanda al participante es la de la inmovilidad en espera de la suerte, en el caso de
prácticas que se apoyan en tecnologías diseñadas para presentar un amplio
margen de probabilidades tanto de éxito como de fracaso. Las sociedades
modernas han desarrollado espacios altamente tecnificados para el desarrollo
de estas prácticas, tal es el caso de los casinos, bingos o propuestas
similares; a su vez se ha creado un mundo particularizado para jóvenes y
niños por medio de los “juegos electrónicos” y “juegos de computadora”,
propuestas que les posibilita un aparente uso de destrezas frente a
obstáculos casi imposibles de superar y que en definitiva los introduce en la
pasividad del azar. Entendemos que el acontecimiento recreativo
expresa simultáneamente en las prácticas características correspondientes a
las cuatro dimensiones enunciadas. Las prácticas recreativas podrán ser
identificadas a partir del componente predominante, ya sea mimético, de
consumo, de riesgo y vértigo o de azar. Aislar cada uno de ellos en una
investigación empírica, contribuye a diferenciar los principios organizadores
que rigen las prácticas determinando
cuales son las dimensiones prevalecientes entre determinados grupos sociales
lo que permite acceder a su comparación y análisis. Conclusión De lo expuesto se establece que el ocio solo puede entenderse
acabadamente, y en todo su significado, en el marco de una formación
socioeconómica esclavista como son la griega y la romana en las que se desarrolló. El ocio
como concepto –de estar vigente en nuestros días- debiera guardar la
condición de ser un interrogante, una búsqueda de la expresión del hombre en
su condición ética, no ya una expresión acabada y concreta en actividades del
tipo que en nuestros días pretendemos definir. Pero, ¿es posible alentar en
nuestras sociedades modernas o posmodernas tal concepción del ocio? ¿no han
sido adoptados por otros ámbitos del quehacer humano tales interrogantes
acerca del destino de los hombres, como la ciencia o la religión? La formación socioeconómica capitalista en surgimiento –justamente
por no poder contener el significado original del ocio, al revalorizar
la productividad y el trabajo como aspectos que dignifican al hombre, impone
al ocio su condena en la ociosidad. Surge entonces el tiempo libre,
concepto que se desarrolló a la par que el trabajo industrial y que en atención
a su significado primigenio, refiere al tiempo disponible por el hombre luego
de las labores que le procuran el sustento. La evolución cuantitativa del
tiempo libre a partir de las diversas reivindicaciones obreras, es la génesis
de un tiempo de relativa autonomía, que se impregna de nuevas actividades que
vinculan en forma de juego, las destrezas del trabajo e incentivan el
consumo; a su vez hablar de recreación deja de lado las discusiones en
cuanto a la <libertad> en el tiempo libre. Es así como la recreación
adquiere progresivamente valor social al dar cuenta de prácticas novedosas de
la mano de las grandes urbes y los desarrollos tecnológicos que facilitan el
disfrute colectivo y la socialidad. La Recreación, expresa las prácticas que en una sociedad concreta,
realiza el colectivo social en su tiempo libre. Tales prácticas representan
el significado que una sociedad le da a las manifestaciones de placer público
y búsqueda de emociones agradables. Compartiendo las características del
juego, la recreación traspasa los límites impuestos por éste y cristaliza en
instituciones sociales la vivencia colectiva. El concepto recreación y las dimensiones
propuestas en forma preliminar para las sociedades capitalistas, aportan un
cuerpo explicativo teóricamente coherente del fenómeno, originado en dos
vertientes: en primer lugar, en la explicitación de la vinculación existente
entre el concepto recreación y el momento histórico que lo configura;
en segunda instancia, el reconocimiento de la vinculación teórica entre <juego
y recreación>. Es a partir de este reconocimiento de la
recreación como práctica social que podremos otorgar identidad a las
expresiones de una sociedad en su tiempo libre. El concepto de recreación
propuesto nos permite determinar las características que asume la recreación
en una sociedad concreta y partir hacia el reconocimiento de las diferencias
entre distintas sociedades. Las prácticas recreativas por tanto, se reconocen
como particulares o propias de un conjunto social, no son homogéneas en el
contenido ni en la forma, solo en la condición de expresar el júbilo, la
alegría, la búsqueda de emociones placenteras y agradables de una sociedad
particular. Bibliografía. -
Argely M. The social psychology of Leisure.
New York: Penguin Books. 1996. -
Goodale – Godbey. The
Evolution of Leisure. Venture Publishing. State College, PA 16803,
1988. -
Aymard A. – Auboyer J. << Roma y su Imperio>> en Historia
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Destino. 1969. Primera edición, 1960. -
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<<Ideals and Reality: Classical Leisure and Historical Change>>
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Elías Norbert – Dunning Eric. Deporte y Ocio en el Proceso de
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Thompson E. P. Tradición, Revuelta y Consciencia de Clase.
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1984 pp 239 – 293. -
Touraine Alain. << Tiempo Libre, participación social e
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España: Editorial Ariel. 1973. pp 197 – 230. Primera Edición, 1969. -
Alvarez Sousa Antonio. El ocio turístico en las sociedades
industriales avanzadas. España: Editorial Bosch. 1994. -
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del Tiempo Libre. Un enfoque crítico. México: Editorial Trillas.
1980. Segunda reimpresión enero,
1985. -
Kelle y Kovalzon. Teoría e Historia. Moscú: Progreso.
1985. pp 87-145. -
Caillois Roger. Teoría de los Juegos. Editorial Seix
Barral, S.A. Barcelona. 1958. -
Huizinga Johan. Homo Ludens. España: Editorial
Alianza/Emecé 1968. Quinta reimpresión 1995. Primera Edición 1954. -
Franch J. – Martinell A. Animar un proyecto de educación
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Pavía V. Russo F. Santanera J. Trpin M. Juegos que vienen de
antes. Buenos Aires: Humanitas. 1994. -
Gerlero Julia. ¿Ocio, Tiempo Libre o Recreación? Aportes para el
estudio de la Recreación. Argentina, Educo, 2004. |
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[1] La clasificación de
los juegos en cuatro grupos propuesta por
Caillois corresponde a: agon
–competencia-, mimicry –simulacro-, ilinx-vértigo- y alea –azar-. El autor
presenta su teoría en el libro “ Teoría de los Juegos”. Barcelona: Seix
Barral. 1958.
[2] En relación a la
“negociación en el juego”, ver Pavía y otros, Juegos que vienen de antes. Humanitas,
Buenos Aires, 1994.