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Documento:

LA GESTIÓN CULTURAL DE LA CORPOREIDAD O LA GESTION DE UNA ESTÉTICA DE LA EXISTENCIA

Autor:

CARLOS YANEZ CANAL.
Profesor Asociado / Universidad Nacional de Colombia.

Origen:

X Congreso Nacional de Recreación
Coldeportes / FUNLIBRE
10 al 12 de Julio de 2008. Bogotá, D.C., Colombia.

 

 

 

 

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Ponencia

 

RESUMEN

 

El grupo de trabajo académico en Identidad y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia, realizó una investigación sobre el ocio y el tiempo libre de los estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales. A través de una metodología mixta, buscaba determinar la percepción del tiempo libre de los estudiantes, el conocimiento y las prácticas de las ofertas culturales (deportivas, asociativas, artísticas, académicas y de acondicionamiento físico) y los consumos culturales (música, televisión, internet, bares, discotecas, etc.).

El proyecto nos llevó a determinar dos mundos separados: por un lado, el institucional y por otro, el estudiantil. El primero centrado en un discurso de la productividad tendiente a “formar” individuos en el marco de una racionalidad que excluye lo emocional y lo lúdico. Dicho discurso se ve reforzado, de parte de algunos directivos y profesores, de diferentes prejuicios que llevan a estigmatizar el comportamiento de los estudiantes, particularmente al interior de la Universidad.

El segundo mundo, distante del anterior, se acomoda a los lineamientos institucionales, pero no se reconoce en sus orientaciones. Busca de múltiples maneras de no participar en las ofertas de la Universidad tendientes a contribuir a la formación integral. Aún así, se percibe que las actividades que el estudiante realiza en su tiempo libre son prolongación de lo académico y, en la mayoría de los casos, su principal motivación es estar con otros, a través de nuevas formas recreativas (juego de cartas, fuchi).

En tal sentido, hemos querido pensar una propuesta que implemente desarrollos académicos centrados en una estética de la existencia, cuya centralidad se encontraría en nuevas formas de sentir, hablar y pensar a través de la corporeidad. En estas nuevas formas de subjetividad, se encontraría nuevos modos de que el ser humano se convierta a sí mismo en sujeto.

En ese cuidado de sí, estaría implicado lo epistemológico, lo ético y lo político, fundamental para la comprensión del sujeto. Asimismo, la propuesta atiende a las situaciones y circunstancias personales del individuo, a la apertura de su sensibilidad, a una actitud crítica y reflexiva abierta a la consideración de otros mundos, otras formas de ser, de actuar y de relacionarse que llevan a que la voluntad de conocimiento y de verdad se conviertan en voluntad de cambio  

 

 

MOMENTO 1

 

En los últimos años se ha discutido mucho  sobre el uso del tiempo libre de los estudiantes universitarios. Dicha discusión se ha centrado en pensar la formación integral, no quedando exenta una percepción que tiende a estigmatizar el comportamiento de los jóvenes, tanto al interior como al exterior de la Universidad.

 

En tal sentido,  los jóvenes han sido vistos de tres maneras como lo plantean Germán Muñoz y Martha Marín.  a- Como desviaciones sociales, b- como tribus urbanas y c- como movimientos políticos. La Universidad como institución incluye estas formas en la visibilización del joven. Como desviación social ven el joven que toma, que fuma, que mete vicio, que es promiscuo, que apuesta plata en juegos de azar, desde el riesgo y la vulnerabilidad de ese ser joven y por esto se configura una política de bienestar universitario en esta prevención.  Cómo tribus urbanas, la universidad hace una diferencia del joven desde su estilo, entendido como moda,  y da cuenta de la existencia del metalero, del alternativo, del gomelo, del neo-hippie, del gay, entre otros, que supuestamente tienen problemas de identidad y que su tratamiento requiere un espacio seguro y protector, como es la Universidad. Y como movimiento político, porque se politiza sus formas de expresión o de organización que destacan sus propias creaciones, que sin tener una intencionalidad política específica, chocan muchas veces con el sistema, igualmente, otras facetas que se determinan institucionalmente, como la Representación Estudiantil, implican la potencia del ser político en lo público.

 

Esta lectura del joven como desviación social está atravesada por la idea de que esas prácticas de ocio son una negativa de una subjetividad racional y al margen se constituyen subjetividades emotivas direccionadas a la necesidad de estar juntos, de lo que se deriva entonces un ocio sin finalidades que preocupan a la norma. Algo que trata de romper ese ocio sin finalidades es la competencia que incita de nuevo a la individualidad, a cómo  enfrentar solo el mundo universitario para ser siempre el mejor, lo cual trata de generar una relación de intereses particulares que giran en torno a las labores académicas y que provocan resentimientos. 

 

La investigación sobre el Ocio y Tiempo libre de los estudiantes universitarios, el caso de la Universidad Nacional de Colombia, que nace bajo el encargo del Consejo de Sede, buscaba explorar los comportamientos de los estudiantes a nivel de las actividades que realizan en todos los espacios de su vida cotidiana. En este sentido, se dividió el trabajo en dos partes: la primera, se orientaba a precisar cuál es la percepción del ocio y el tiempo libre; la segunda, determinar las actividades que realizan los estudiantes en el tiempo libre. En esa medida, la intencionalidad inicial de la institución era poder elaborar una propuesta que permitiera hacer del tiempo libre de los estudiantes “un uso racional y productivo”.

 

MOMENTO 2

 

Lo que nos cuestiona ahora desde nuestro papel de investigadores, es intentar reconocer las formas actuales de estar juntos de los jóvenes y a partir de qué se dan estas en la universidad.

Según los  acercamientos vemos que estas formas se dan: en un primer lugar, a partir del rol de ser estudiante, en un segundo momento, a partir de las formas de autoorganización que se brindan en ella o que se construyen con profesores o sin ellos de acuerdo a sus necesidades, afectos y afectaciones. Estas formas emergentes organizativas y diversas  son las que le dan movimiento, transformación, cambios, formas de pensar alternativas a ese ser joven en este escenario, son las que potencian cambios de su escenografía, renovación de los libretos y la forma de producir las obras. En un tercer lugar, a partir de la configuración de subjetividades válidas con los pares y en la construcción de grupos de amigos, solidarios en el aula y por fuera de ella.

 

Además, la Universidad tiene una forma particular de reconocer al joven dentro de esta y es desde la igualdad,  como si todos los jóvenes fueran seres idénticos, homogéneos, sin variaciones.

 

Recogiendo esto, podemos preguntarnos: ¿es posible replantear desde los jóvenes la conceptualización del tiempo libre y del ocio?

 

La preocupación sobre el ocio y el tiempo libre está enmarcada en la dinámica de las reflexiones institucionales, sobre la dicotomía tiempo libre  - tiempo productivo “la improductividad se liga por demás con una idea de riesgo moral y allí surge la idea de combatir las trasgresiones que se cometen en los “entornos universitarios” “[1] y decimos nosotros, también espacios universitarios, “intentando copar mediante actividades propiamente académicas o alternativas a estas, por ejemplo de oferta cultural, la mayor parte de ese supuesto tiempo libre”.[2]   ¿Pero se ha preguntado la institucionalidad por la temporalidad y qué significa esto? Porque el problema no es solo la actividad que se hace y que tan productiva es o no, sino las diferentes valoraciones del tiempo que se dan múltiples en la cotidianidad de ser joven en la universidad y estas se podrían entender en el sentido que le da Manuel Roberto Escobar, como temporalidades de goce en tensión con la temporalidad académica.  En la temporalidad de goce, el vínculo se entiende como emotivo, como afectos y afectaciones del encuentro, del estar juntos, de la proximidad, es decir, un tiempo menos determinado por finalidades, por futuros que se prevén, sino por porvenires afectivos, por una ética de la diferencia mucho más amplia que las políticas (por demás veladas) de la diferencia (que pocas veces se hacen válidas).

 

Y tocamos esto para plantear que la heterogeneidad de la condición de lo juvenil es el elemento central de cualquier acercamiento posible, que permita un verdadero diálogo participativo con estos actores que construyen de manera marginal, otras concepciones de universidad que entran en conflicto con la forma institucionalmente ofertada.

 

No podemos dejar que  la fragmentación, la multifuncionalidad, las centralidades difusas dejen de ser una particularidad de la universidad,  incluso, a pesar de los impactos logrados por los órdenes ordenados en detrimento de la diversidad cultural y ecosistémica presente en ella. La universidad es potencia viva del pensamiento, y se entiende por ende que es praxis viva, en movimiento, en transformación continua, que encauza sus disertaciones en la producción efectiva de modos de habitar concretos y formas de comprender las interacciones entre microsistemas, culturas, funciones y centralidades en un sistema altamente complejo. ¿Por qué se niega compleja y caótica? ¿Por qué nos niegan como actores/estudiantes, como sujetos pensantes-sensibles; como cuerpos?

 

Aquí es donde la norma (entendida como las formas de ver esas nuevas maneras de ser) y la cotidianidad se enfrentan a través de las ofertas institucionales (conferencias, actividades, deportes, etc.), aunque también podemos decir que allí aparecería un problema de ausencia de ofertas que motiven la participación de los (las) jóvenes.  En cierta medida el ocio (viéndolo desde el goce y el disfrute) cuestiona de manera abierta las formas de planeación, las expectativas y maneras de valorar el mundo que erigen, en la universidad, los docentes y directivos de esta.

 

A pesar de la multiplicidad y complejidad del escenario universitario, dícese universidad,  los planes, programas y proyectos de cada sede en los periodos de gobierno, implantan una planeación, obviamente como su nombre lo indica, rígida, lineal, estable, homogénea, que a veces nos ahoga, que tiende a acabar la obra que somos, que necesariamente cree que no debe haber más función, que agota a los personajes, que les dice que hacer sin tener en cuenta su libreto y sus improvisaciones, que desanima al público expectante, que mata lentamente. Pero por más que se revele esta tensión, por más que se diga, se re-niegue, lo único que hace sostenible el escenario, es la creatividad de sus personajes, que se hace potencia haciendo poliescenarios de vida con microdinámicas que reencantan al actor y al espectador, que revitalizan  la existencia misma en el escenario y que  generan nuevos hábitos y maneras de habitarlo, construyendo red de sentidos, entramados de afectos, resemantizaciones de lo vivido, de lo que se vive  y lo porvenir.  Todo esto es lo que no alcanza a percibir la centralidad, lo que viene de la periferia, pero eso es lo que nos hacen creer, porque todas estas formas creativas que existen en la universidad, son en muchas ocasiones negadas por los que tienen el poder y lo ejercen, que en primer lugar están muy ocupados razonando pero no habitando este espacio que les corresponde, además porque si están, están buscando orden al desorden y en segundo lugar, porque les interesa velar los problemas, ya que les genera temor cualquier dislocación posible.

 

Un elemento importantísimo relacionado con el ser joven en la Universidad, es la procedencia de los estudiantes, que generan en esta condiciones espacio-temporales (los lugares y el tiempo de estudio vs tiempo del disfrute) que configuran imaginarios, proyectos de vida, perspectivas éticas, y formas de relacionarse: (1) en el aula de clase, (2) en los encuentros para estudiar, (3) en las relaciones sentimentales, (4) en las demandas de oferta cultural tanto en la Universidad como en la ciudad en general, (5) en lo que esperan de sus docentes.

 

En la investigación del Estado del Arte sobre el conocimiento acerca de la juventud[3], se expone que “la responsabilidad en la producción de conocimiento y el uso social del mismo, radica en que sus enunciados contribuyen a la configuración de sujetos. “Como nombramos tratamos”, así que los discursos con sus formas de nombrar a la juventud generan interacciones, prácticas socioculturales con y para ellos, e incluso formas de reconocerse y de narrarse joven para si y para otros.”[4]  También expone Foucault que: “El discurso es una serie de elementos que operan dentro del mecanismo general del poder. En consecuencia, hay que considerar el discurso como una serie de acontecimientos políticos, a través de los cuales el poder se transmite y se orienta.”[5]

 

En ese sentido la universidad declara dentro de su misión la “formación integral” pero esta responsabilidad se queda en el papel, pues la configuración de sujetos en su responsabilidad social esta limitada por la relación docente alumno en la que el profesor ve al estudiante como un objeto joven al que hay que llenar, el que hay que completar con conocimientos para que pueda llegar útil a su vida adulta, pero muy pocas veces se preocupan por conocer la persona, el ser que esta allí con la expectativa de encontrar un docente que lo enamore de su saber y que lo seduzca día a día a crecer en la relación pensar-sentir.

 

Esto que aparece como obvio, tiene sentido, en la medida en que la Universidad ha sido incapaz de incluir en su discurso una lectura de ser joven en ella y de facilitar este habitar desde esa condición de lo juvenil. Teme a ser dislocada con estas formas permanentemente en movimiento, que se visibilizan en algunos momentos pero que en otros quieren permanecer al margen de todo contacto con la institucionalidad.

 

Cabe resaltar que las motivaciones de ser-joven, son generalmente distintas a las pretensiones de los discursos institucionales que ponen sobre la mesa condiciones de ser-joven que en muchos casos son antagónicos a las realidades de lo juvenil.  En otras palabras, la institución tiene una idea muy clara del deber ser de la sociedad, mientras que el joven evidencia los antagonismos en sus relaciones cotidianas y supone modos de vivir distintos.  Desde este punto de vista es que pretendemos abordar y construir la propuesta de gestión cultural del ocio y el tiempo libre en la universidad.

 

De aquello de lo cual una condición social que hemos llamado juvenil intenta hacer interpelación, es precisamente de la condición de adultez que le ha significado exclusiones.  La heterogeneidad de la condición de lo joven nos viene exhortando por una mirada mucho más amplia, sobre los diversos modos de ingresar a la institución universitaria que carece de políticas de la diversidad, pensadas en función, precisamente, de esa heterogeneidad de ingresos que se dan en simultáneo. Las únicas medidas de condiciones de juventud, se ven representadas en encuestas socioeconómicas que detallan características sociales concretas.

 

Estos elementos deben asumirse desde la gestión cultural como determinantes claros que construyen la cultura universitaria como encuentro de culturas desde el ser joven: condición temporal y de paso. Esto además, trasciende la Universidad y se convierte en un asunto urbano que se debe abordar porque estas formas de universidad hacen eco y generan resonancia sobre el habitar urbano.  Creemos que la solución no esta en la oferta sino en el reconocimiento de lo que dicen los jóvenes en este paso y los medios para que la Universidad sea un facilitador a sus inquietudes y necesidades

 

Preguntarse en esta dinámica por lo que pasaría si las relaciones y correlaciones emanadas del “estar en la Universidad” no estuvieran regulados y bajo control normativo y de sus conflictos, sería una pregunta interesante de hacer a todos los actores de ella. ¿Que pasaría entonces, si la responsabilidad del orden recayera en los estudiantes en compañía de los docentes? imaginamos que sería una universidad terminantemente densa, intencionadamente descentrada, deliberadamente 'desordenada'. ¿Qué pasaría si se legitimara la expresión y el contraste de personalidades diferentes e intereses diversos en el aula y no sólo del poder del maestro de bata blanca en la tarima dirigiéndose al alumno? Que maravilloso sería hacer de las aulas espacios de relación que sean catalizadores del conflicto, habitadas por seres humanos y por la(s) múltiples naturaleza(s), y no más, por una mayoría muda que defiende su identidad mediante el sometimiento, ya que este le garantiza recibir los dones de una sociedad disciplinaria. ¿Estaríamos dispuestos a jugar de otras maneras?

 

 

MOMENTO 3

 

 

Una Gestión Cultural de la corporeidad

 

Quizá esta utopía deje abierto en la Universidad la posibilidad de incorporar lo no corpóreo, y abra procesos de incorporación de la existencia misma, en la reivindicación del cuerpo en el aula como microescenario del escenario, el cuerpo – piel – afecto - afectación que rompe la exterioridad objetivante del aula y que plante-e  un cuerpo como eje co -relacional profundo entre pensar-sentir-expresar en un afuera sensible, capaz de interactuar, descubrir y enunciar cargas informacionales y comunicativas vitales para la supervivencia, es decir, un aula comunicativa y creativa, aula que produce y re-produce conocimiento: creación y co-creación; aula - cuerpo, como correlación entre los actores y sus roles que abarca la totalidad. Debido a que esta malla ha sido rasgada, interrumpida, acallada y centrada en un modelo de quietud, instauremos el cuerpo desde la gestión cultural, como la  interacción y la forma de ser más simple entre naturaleza y cultura.

 

¿Por qué reivindicar el cuerpo en la Universidad, como tiempo libre y ocio desde el ser jóvenes?

 

Denominarla escenario lo decimos porque la universidad es un espacio-tiempo de la vida cotidiana misma, en donde somos protagonistas como seres inevitablemente simbólicos, contingentes y relacionales, donde el ser no solo tiene cuerpo sino que es cuerpo, pero no un cuerpo objetivizado, como se ve hoy en la Universidad, no un artefacto objetivable (el que se debe disciplinar), sino un cuerpo como presencia que, de mejor o peor forma, afecta radicalmente todos los momentos y todas las situaciones de su existencia.  Por ende, la universidad es escenario de las representaciones, de la corporeidad, porque la corporeidad es fundamentalmente movimiento, es decir, la universidad es cambio permanente.

 

Entonces, encaremos la complejidad ambiental y el caos de la pedagogía desde el cuerpo, ese que intenta desde su cadena de significantes entender las cosas diferentemente y que afirma que en el aula, hoy, se niega la diferencia, por lo tanto se niega el cuerpo, porque este se construye en la diferencia, en el trasegar del yo en el mundo de la vida, en ese yo-nosotros, en ese yo múltiple, heterónimo, ese yo haz de correlaciones, en un contexto (tejido de tejidos), en la universidad - contexto, que le da a lo corpóreo una extensión, un horizonte de sentido. Es decir, sintamos la universidad como corporeidad en expansión.

 

El llamado de nuestros compañeros es a hacer de la gestión cultural una gestión del cuerpo, una gestión que suture, sane la dualidad, las dicotomías, las escisiones que heredamos de la modernidad; que veamos el cuerpo como totalidad, el cuerpo rizoma de un conocimiento multidimensional en una pedagogía sin fines. Ya no más saberes parcelados, saberes divididos, saberes reduccionistas, bienvenida la universidad transdisciplinaria, conectada, potencia de conexiones, que resucita lo lúdico, lo sensual de cada uno de los contenidos del saber, que no le teme a problematizar constantemente el escenario y sus contenidos. Por lo tanto, es necesario, reafirmar el cuerpo como forma simbólica conectora, imprescindible para que todo saber se dé, cuerpo entendido y percibido como develamiento del ser. Entonces  reconozcámonos cuerpos como obras abiertas, no terminadas. Una universidad que disloque la Universidad.

 

Que delicia una universidad de microcontextos en contexto, un escenario permanente en alteridad que nos altere de verdad, donde la emoción/es sean el fundamento de todo quehacer, donde no neguemos más la necesidad del contacto, porque es el cuerpo el que incorpora mundo a través de él. Por lo tanto, la existencia es volcarse en el ser en el mundo. Ese cuerpo volcado, instaurado en el mundo, es expansión permanente de la naturaleza, es una unidad que se expande, y recordando a Carlos Mesa y sus huellas: existir es volcarse hacia fuera, volcarse al otro, por lo tanto el cuerpo es contacto entre geografías. La universidad debería permitir ese contacto permanente entre lo uno y lo otro, con alguien o con algo. Entonces hablaríamos de las pedagogías del contacto, pedagogías para la animación, pedagogías en movimiento, con ritmo, pedagogías de la vida. Así, se brindaría una educación que se apoya y se fortalece en la vida misma, ya que no negaría las huellas de los trayectos vividos y los pliegues en los que se encarnan los acontecimientos de cada uno de los actores que tejen redes de contactos.

 

Esto sugiere una pedagogía que enseñe los vínculos y analogías entre todo saber, porque no se pueden aprender las más novedosas características del humanismo, ni la forma en que lo particular y lo universal articulan y articularán los distintos modos del pensar y el hacer en nuestro tiempo y en un porvenir inmediato y de mediano plazo, sino se gestiona las formas del hacer, como la gestión del ser hacer haciendo mundo.

 

¿Pero cómo hacerlo, como reivindicar el cuerpo? Escribiendo esto recordamos la experiencia en el pregrado donde a la mayoría de los profesores se les dificulta hablar entre sí, donde pueden más los roces personales que la construcción colectiva del pregrado, donde se niega la diferencia constantemente y donde se trabaja pero con aliados no con sujetos y donde cada uno tiene su parcela, su feudo y no quiere saber de los otros y lo otro.

 

Todos los que estamos interesados en construir a partir de un nuevo  paradigma la universidad que la sociedad requiere actualmente, necesitamos aprender que  la mejor forma de educar y difundir un pensamiento, es a través del reconocimiento del cuerpo ya que es nuestro  medio general de tener mundo y poniéndolo a dialogar, pero que dialogue inquiriendo, preguntando, atendiendo, oyendo, tocando, viendo y sintiendo a los demás, reconociendo la otredad, en todo el sentido de la palabra, aceptando en él, esas otras formas reales de conocimiento que se le niegan como el deseo, el placer, reconociéndolas naturaleza, pues así, se recontextualiza lo antes negado y se reconoce; igualmente se ofrecerá una educación enmarcada en un saber con sentido.

 

Es fundamental entender en la Universidad que para poder ser necesitamos ser reconocidos por los otros, por eso las relaciones en la universidad se convierten para cada uno de sus actores en la clave del autodescubrimiento y la autoafirmación, que son mutilados y frustrados por algunos docentes que limitan estas relaciones.

 

En este sentido, es prioridad de la gestión cultural impulsar nuevas condiciones para la formación de sujetos desde el fortalecimiento de las áreas que han estado excluidas y favorecer así la aparición de los espacios académicos que hagan posible las prácticas articulatorias aludidas en este texto.

 

Una invitación sería entonces recuperar en la universidad los saberes tradicionales, populares, los otros saberes que no son académicos, que llevan el valor de la comunidad a la que pertenecemos cada uno de nosotros, esto como un punto de partida  en la formulación de propuestas pedagógicas, para así poder proyectar desde ahí la construcción de otros conocimientos que nos doten de mejores instrumentos académicos para movernos en el mundo.  Un acercamiento a la construcción de la contextualización del saber, en la tajante idea de conocer la belleza de lo más cercano, de leer desde ahí, las exhuberancias del Ser acudiendo al chamanismo, la magia, la matemática, la física, la biología, la antropología, la ciencia política, la historia, el pensamiento ambiental, los estudios culturales, el curanderismo, todas ellas formas reticulares de conocer.

 

Las condiciones de posibilidad de una educación para nuestros tiempos reside en la construcción de propuestas abiertas, fracturadas, que no pretendan constituirse en universales, no más formulaciones acabadas, con todas las repuestas requeridas, con la eficiencia institucional deseada, la dirección correcta; no sigamos pensando en la conveniencia de elaborar una propuesta que promueva la ilusión del “cierre total”, de la eliminación de todo error, de completud, de voluntad universal.

 

Solamente lo que deseamos aquí y ahora es generar una reflexión de nuestro paso por la Universidad, ya que lo único que tenemos claro en este momento es que los sistemas institucionales, son panópticos sociales de gran rigidez, parecen estar hechos anti-sujetos, funcionan más como una potente mina anti-personal, que mutila cuerpos desbordados y exuberantes.

 

Lo que nos queda es hacer Gestión cultural desde y en la periferia, en esos pliegues de la textura social, gestando opciones que nos hagan creer y sentir que es posible dislocar el discurso institucionalizado, esencialista, conservador, lleno de certezas y así, poder encontrar nuevas articulaciones que nos permitan gestar alternativas desde el pensamiento, desde la multiplicidad de esos rostros que nos acompañan y que hacen huella permanentemente, que posiblemente abrirán y fertilizarán a seres que creen hábitos y lugares de encuentro que revistan a la universidad de cuerpos afectivos.

 

La experiencia cotidiana de un joven es su constante interrelación con diversas maneras de leer (en la familia, en los parches, en los medios) que el aula desconoce y por eso podemos comprender ahora un poco más nuestro desinterés por el aula de clase.  Asistir a la Universidad, por ejemplo, tiene dos motivaciones: un asunto de presión familiar y social y una posibilidad del encuentro con quienes nos escuchan en nuestra diferencia. 

 

Por eso, pensamos necesario trabajar a partir del cuerpo y de la vida cotidiana en la idea de construir una propuesta de estetización de la pedagogía. En esta dinámica de incluir el cuerpo y la cotidianidad al aula, es donde descansa la emotividad como metodología.  Cuando mi emotividad es libre, cuando puedo expresar desde mi diferencia (como rapero, como roquero, como cristiano, como nerdo, como indígena, como reggetonero)  lo que tengo para decir del mundo, entonces puedo escuchar el mundo, al actor-docente que puede decirme cosas con su cuerpo y además puede orientar mis formas de conocer el mundo como cotidianidad, hacerme consciente de mi relación emotiva con los lugares a los que si puedo decirles que son míos porque también son de otros con quienes construyo sentido.

 

La subjetividad como intersubjetividad, es una de los elementos fundamentales de la construcción de una propuesta de cara a la alteridad. Ya decíamos que el individuo es un imaginario occidental y que la educación de-forma en individuos las explosiones de comunidad.  Al margen, los sentimientos no son una producción individual, sino que es pura colectividad aquello que orienta los sentimientos. La intersubjetividad de ser joven se construye en comunidad y esto comporta en sí mismo una ética y una política de la diferencia. Por ello, se nos hace necesario compartir intimidad como propuesta política: ya que “[...] no hay más intimidad que la compartida: eso, el ser compartida, es lo que la hace auténtica, y no el hecho de que revele ‘lo que auténticamente es cada uno’ (pues cada uno, como hemos sostenido repetidamente, no es auténticamente nada, sólo puede ser algo -solo se puede ser alguien- si se inclina por algo o por alguien)[6]

 

 

Una Gestión Cultural que no niega los consumos culturales

 

Otra ruta posible para la nueva configuración del tiempo libre y del ocio en la universidad desde la Gestión cultural, es desde los consumos culturales, es decir, desde la configuración de subjetividades en la constante correlación de los jóvenes con la industria cultural.

 

Actualmente y porque los jóvenes se ven limitados dentro de la Universidad, el goce y el disfrute esta fuera de ella, y  este ha sido acogido por el consumo. ¿Consumo de qué?

 

Ahora redundemos sobre ello. En cuanto a los imaginarios, las industrias culturales disciplinan y controlan a los ciudadanos / consumidores a través de deseos individuales y colectivos proyectados en los medios masivos de comunicación con el fin de apoderarse del mercado.

 

Aun nos seguimos preguntando si las industrias culturales comunican o informan y, en ese sentido, cómo conectan el mundo real con las ficciones (si lo hacen). Encontramos desde Canclini que “existen diversas definiciones de industrias culturales. En sentido amplio, podemos caracterizarlas como el conjunto de actividades de producción, comercialización y comunicación en gran escala de mensajes y bienes culturales que favorecen la difusión masiva, nacional e internacional, de la información y el entretenimiento, y el acceso creciente de las mayorías. En los últimos años, el énfasis en una u otra de estas actividades y funciones ha llevado a nombrarlas como “industrias comunicacionales”, “industrias creativas” (creative industries) o “industrias del contenido” (content industries), con lo cual se alude a que son medios portadores de significados que dan sentido a las conductas, cohesionan o dividen a las sociedades”[7].

 

En esta misma medida vemos que existen tres formas de vinculación con el consumo cultural que según Patricia Terreno, se entienden como: (1) la vinculación tecnológica que hace referencia al acceso y uso de tecnologías y la red de relaciones que se conforman y configuran otras maneras de vivir el ocio; (2) la interacción social referida al gasto en actividades que lo propician (fiestas, rumbas, reuniones, callejeos nocturnos) y que están atravesados por las posibilidades de acceso, la condición etarea, el estado civil y la condición de género; (3) la relación informativa del consumidor que se obtiene y que le otorga herramientas para la movilidad social y que gira en torno a la disponibilidad de tiempo y de dinero que se tenga para poder aumentar sus posibilidades de interacción.

 

En este marco del consumo, las dos dimensiones de ocio que nos interesan son el tiempo y los recursos disponibles para el aumento de las relaciones sociales.  Este consumo frente al cuestionario que aplicamos, nos entregará elementos para medir las diferentes intensidades del ocio (bien sea en tiempo, o bien sea en dinero), ya que los objetos y redes de consumo configuran formas identitarias del ser joven en la universidad.

 

Como un primer acercamiento-propuesta a la Gestión Cultural del Ocio y el Tiempo libre en la universidad, decimos entonces que las oficinas de bienestar universitario y divulgación cultural, deberán estar en manos de gestores culturales que medien la Universidad con la universidad, esto es, que se acerquen al estudiante, que lo rastreen en los espacios, que lo escuchen como válido, que le propongan la construcción de lugares, que estén dentro de una dinámica abierta a lo que se geste desde sus propias iniciativas, no unas oficinas silentes que esperan el arribo de una subjetividad que nada tiene que decir ante unos oídos que nada pueden escuchar.

 

 

 

 

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[1] Escobar, Manuel Roberto. Proyecto de investigación “La rumba estudiantil en Bogotá una aproximación a las subjetividades juveniles y las culturas universitarias contemporáneas”. Pág. 20.

[2] Idem, Pág. 20

[3] Escobar, Manuel Roberto. (2006) Estado del Arte sobre Juventud en Colombia 1985-2003. En: http://www.colombiajoven.gov.co/documentos/raes/informe_estado_arte.pdf.

[4] Ídem, P. X.

[5] Foucault, Michel. Op. Cit. P. 60.

[6] Pardo, Jose Luis. La Intimidad.

[7] Néstor García Canclini.