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Ponencia |
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RESUMEN El
grupo de trabajo académico en Identidad y Cultura de la Universidad Nacional
de Colombia, realizó una investigación sobre el ocio y el tiempo libre de los
estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales. A través
de una metodología mixta, buscaba determinar la percepción del tiempo libre
de los estudiantes, el conocimiento y las prácticas de las ofertas culturales
(deportivas, asociativas, artísticas, académicas y de acondicionamiento
físico) y los consumos culturales (música, televisión, internet, bares,
discotecas, etc.). El
proyecto nos llevó a determinar dos mundos separados: por un lado, el
institucional y por otro, el estudiantil. El primero centrado en un discurso
de la productividad tendiente a “formar” individuos en el marco de una
racionalidad que excluye lo emocional y lo lúdico. Dicho discurso se ve
reforzado, de parte de algunos directivos y profesores, de diferentes
prejuicios que llevan a estigmatizar el comportamiento de los estudiantes,
particularmente al interior de la Universidad. El
segundo mundo, distante del anterior, se acomoda a los lineamientos institucionales,
pero no se reconoce en sus orientaciones. Busca de múltiples maneras de no
participar en las ofertas de la Universidad tendientes a contribuir a la
formación integral. Aún así, se percibe que las actividades que el estudiante
realiza en su tiempo libre son prolongación de lo académico y, en la mayoría
de los casos, su principal motivación es estar con otros, a través de nuevas
formas recreativas (juego de cartas, fuchi). En
tal sentido, hemos querido pensar una propuesta que implemente desarrollos
académicos centrados en una estética de la existencia, cuya centralidad se
encontraría en nuevas formas de sentir, hablar y pensar a través de la
corporeidad. En estas nuevas formas de subjetividad, se encontraría nuevos
modos de que el ser humano se convierta a sí mismo en sujeto. En
ese cuidado de sí, estaría implicado lo epistemológico, lo ético y lo
político, fundamental para la comprensión del sujeto. Asimismo, la propuesta
atiende a las situaciones y circunstancias personales del individuo, a la
apertura de su sensibilidad, a una actitud crítica y reflexiva abierta a la
consideración de otros mundos, otras formas de ser, de actuar y de
relacionarse que llevan a que la voluntad de conocimiento y de verdad se
conviertan en voluntad de cambio MOMENTO 1 En los últimos
años se ha discutido mucho sobre el
uso del tiempo libre de los estudiantes universitarios. Dicha discusión se ha
centrado en pensar la formación integral, no quedando exenta una percepción
que tiende a estigmatizar el comportamiento de los jóvenes, tanto al interior
como al exterior de la Universidad. En tal
sentido, los jóvenes han sido vistos
de tres maneras como lo plantean Germán Muñoz y Martha Marín. a- Como desviaciones sociales, b- como
tribus urbanas y c- como movimientos políticos. La Universidad como
institución incluye estas formas en la visibilización del joven. Como
desviación social ven el joven que toma, que fuma, que mete vicio, que es
promiscuo, que apuesta plata en juegos de azar, desde el riesgo y la vulnerabilidad
de ese ser joven y por esto se configura una política de bienestar
universitario en esta prevención. Cómo
tribus urbanas, la universidad hace una diferencia del joven desde su estilo,
entendido como moda, y da cuenta de la
existencia del metalero, del alternativo, del gomelo, del neo-hippie, del
gay, entre otros, que supuestamente tienen problemas de identidad y que su
tratamiento requiere un espacio seguro y protector, como es la Universidad. Y
como movimiento político, porque se politiza sus formas de expresión o de
organización que destacan sus propias creaciones, que sin tener una
intencionalidad política específica, chocan muchas veces con el sistema,
igualmente, otras facetas que se determinan institucionalmente, como la
Representación Estudiantil, implican la potencia del ser político en lo
público. Esta lectura del
joven como desviación social está atravesada por la idea de que esas
prácticas de ocio son una negativa de una subjetividad racional y al margen
se constituyen subjetividades emotivas direccionadas a la necesidad de estar
juntos, de lo que se deriva entonces un ocio sin finalidades que preocupan a
la norma. Algo que trata de romper ese ocio sin finalidades es la competencia
que incita de nuevo a la individualidad, a cómo enfrentar solo el mundo universitario para
ser siempre el mejor, lo cual trata de generar una relación de intereses
particulares que giran en torno a las labores académicas y que provocan
resentimientos. La investigación
sobre el Ocio y Tiempo libre de los estudiantes universitarios, el caso de la
Universidad Nacional de Colombia, que nace bajo el encargo del Consejo de
Sede, buscaba explorar los comportamientos de los estudiantes a nivel de las
actividades que realizan en todos los espacios de su vida cotidiana. En este
sentido, se dividió el trabajo en dos partes: la primera, se orientaba a
precisar cuál es la percepción del ocio y el tiempo libre; la segunda,
determinar las actividades que realizan los estudiantes en el tiempo libre.
En esa medida, la intencionalidad inicial de la institución era poder
elaborar una propuesta que permitiera hacer del tiempo libre de los
estudiantes “un uso racional y productivo”. MOMENTO 2 Lo que nos
cuestiona ahora desde nuestro papel de investigadores, es intentar reconocer las
formas actuales de estar juntos de los jóvenes y a partir de qué se dan estas
en la universidad. Según los acercamientos vemos que estas formas se
dan: en un primer lugar, a partir del rol de ser estudiante, en un segundo
momento, a partir de las formas de autoorganización que se brindan en ella o
que se construyen con profesores o sin ellos de acuerdo a sus necesidades,
afectos y afectaciones. Estas formas emergentes organizativas y diversas son las que le dan movimiento,
transformación, cambios, formas de pensar alternativas a ese ser joven en
este escenario, son las que potencian cambios de su escenografía, renovación
de los libretos y la forma de producir las obras. En un tercer lugar, a
partir de la configuración de subjetividades válidas con los pares y en la
construcción de grupos de amigos, solidarios en el aula y por fuera de ella. Además, la
Universidad tiene una forma particular de reconocer al joven dentro de esta y
es desde la igualdad, como si todos
los jóvenes fueran seres idénticos, homogéneos, sin variaciones. Recogiendo esto,
podemos preguntarnos: ¿es posible replantear desde los jóvenes la
conceptualización del tiempo libre y del ocio? La preocupación
sobre el ocio y el tiempo libre está enmarcada en la dinámica de las
reflexiones institucionales, sobre la dicotomía tiempo libre - tiempo productivo “la improductividad se
liga por demás con una idea de riesgo moral y allí surge la idea de combatir
las trasgresiones que se cometen en los “entornos universitarios” “[1]
y decimos nosotros, también espacios universitarios, “intentando copar
mediante actividades propiamente académicas o alternativas a estas, por
ejemplo de oferta cultural, la mayor parte de ese supuesto tiempo libre”.[2] ¿Pero se ha preguntado la
institucionalidad por la temporalidad y qué significa esto? Porque el
problema no es solo la actividad que se hace y que tan productiva es o no,
sino las diferentes valoraciones del tiempo que se dan múltiples en la
cotidianidad de ser joven en la universidad y estas se podrían entender en el
sentido que le da Manuel Roberto Escobar, como temporalidades de goce en
tensión con la temporalidad académica.
En la temporalidad de goce, el vínculo se entiende como emotivo, como
afectos y afectaciones del encuentro, del estar juntos, de la proximidad, es
decir, un tiempo menos determinado por finalidades, por futuros que se
prevén, sino por porvenires afectivos, por una ética de la diferencia mucho
más amplia que las políticas (por demás veladas) de la diferencia (que pocas
veces se hacen válidas). Y tocamos esto
para plantear que la heterogeneidad de la condición de lo juvenil es el
elemento central de cualquier acercamiento posible, que permita un verdadero
diálogo participativo con estos actores que construyen de manera marginal,
otras concepciones de universidad que entran en conflicto con la forma
institucionalmente ofertada. No podemos dejar
que la fragmentación, la
multifuncionalidad, las centralidades difusas dejen de ser una particularidad
de la universidad, incluso, a pesar de
los impactos logrados por los órdenes ordenados en detrimento de la
diversidad cultural y ecosistémica presente en ella. La universidad es
potencia viva del pensamiento, y se entiende por ende que es praxis viva, en
movimiento, en transformación continua, que encauza sus disertaciones en la
producción efectiva de modos de habitar concretos y formas de comprender las
interacciones entre microsistemas, culturas, funciones y centralidades en un
sistema altamente complejo. ¿Por qué se niega compleja y caótica? ¿Por qué
nos niegan como actores/estudiantes, como sujetos pensantes-sensibles; como
cuerpos? Aquí es donde la
norma (entendida como las formas de ver esas nuevas maneras de ser) y la
cotidianidad se enfrentan a través de las ofertas institucionales (conferencias,
actividades, deportes, etc.), aunque también podemos decir que allí
aparecería un problema de ausencia de ofertas que motiven la participación de
los (las) jóvenes. En cierta medida el
ocio (viéndolo desde el goce y el disfrute) cuestiona de manera abierta las
formas de planeación, las expectativas y maneras de valorar el mundo que
erigen, en la universidad, los docentes y directivos de esta. A pesar de la
multiplicidad y complejidad del escenario universitario, dícese
universidad, los planes, programas y
proyectos de cada sede en los periodos de gobierno, implantan una planeación,
obviamente como su nombre lo indica, rígida, lineal, estable, homogénea, que
a veces nos ahoga, que tiende a acabar la obra que somos, que necesariamente
cree que no debe haber más función, que agota a los personajes, que les dice
que hacer sin tener en cuenta su libreto y sus improvisaciones, que desanima
al público expectante, que mata lentamente. Pero por más que se revele esta
tensión, por más que se diga, se re-niegue, lo único que hace sostenible el
escenario, es la creatividad de sus personajes, que se hace potencia haciendo
poliescenarios de vida con microdinámicas que reencantan al actor y al
espectador, que revitalizan la
existencia misma en el escenario y que
generan nuevos hábitos y maneras de habitarlo, construyendo red de
sentidos, entramados de afectos, resemantizaciones de lo vivido, de lo que se
vive y lo porvenir. Todo esto es lo que no alcanza a percibir
la centralidad, lo que viene de la periferia, pero eso es lo que nos hacen
creer, porque todas estas formas creativas que existen en la universidad, son
en muchas ocasiones negadas por los que tienen el poder y lo ejercen, que en
primer lugar están muy ocupados razonando pero no habitando este espacio que
les corresponde, además porque si están, están buscando orden al desorden y
en segundo lugar, porque les interesa velar los problemas, ya que les genera
temor cualquier dislocación posible. Un elemento
importantísimo relacionado con el ser joven en la Universidad, es la
procedencia de los estudiantes, que generan en esta condiciones
espacio-temporales (los lugares y el tiempo de estudio vs tiempo del
disfrute) que configuran imaginarios, proyectos de vida, perspectivas éticas,
y formas de relacionarse: (1) en el aula de clase, (2) en los encuentros para
estudiar, (3) en las relaciones sentimentales, (4) en las demandas de oferta
cultural tanto en la Universidad como en la ciudad en general, (5) en lo que
esperan de sus docentes. En la
investigación del Estado del Arte sobre el conocimiento acerca de la juventud[3],
se expone que “la responsabilidad en la producción de conocimiento y el uso
social del mismo, radica en que sus enunciados contribuyen a la configuración
de sujetos. “Como nombramos tratamos”, así que los discursos con sus formas
de nombrar a la juventud generan interacciones, prácticas socioculturales con
y para ellos, e incluso formas de reconocerse y de narrarse joven para si y
para otros.”[4] También expone Foucault que: “El discurso
es una serie de elementos que operan dentro del mecanismo general del poder.
En consecuencia, hay que considerar el discurso como una serie de
acontecimientos políticos, a través de los cuales el poder se transmite y se
orienta.”[5]
En ese sentido
la universidad declara dentro de su misión la “formación integral” pero esta
responsabilidad se queda en el papel, pues la configuración de sujetos en su
responsabilidad social esta limitada por la relación docente alumno en la que
el profesor ve al estudiante como un objeto joven al que hay que llenar, el
que hay que completar con conocimientos para que pueda llegar útil a su vida
adulta, pero muy pocas veces se preocupan por conocer la persona, el ser que
esta allí con la expectativa de encontrar un docente que lo enamore de su
saber y que lo seduzca día a día a crecer en la relación pensar-sentir. Esto que aparece
como obvio, tiene sentido, en la medida en que la Universidad ha sido incapaz
de incluir en su discurso una lectura de ser joven en ella y de facilitar este
habitar desde esa condición de lo juvenil. Teme a ser dislocada con estas
formas permanentemente en movimiento, que se visibilizan en algunos momentos
pero que en otros quieren permanecer al margen de todo contacto con la
institucionalidad. Cabe resaltar
que las motivaciones de ser-joven, son generalmente distintas a las
pretensiones de los discursos institucionales que ponen sobre la mesa
condiciones de ser-joven que en muchos casos son antagónicos a las realidades
de lo juvenil. En otras palabras, la
institución tiene una idea muy clara del deber ser de la sociedad, mientras
que el joven evidencia los antagonismos en sus relaciones cotidianas y supone
modos de vivir distintos. Desde este
punto de vista es que pretendemos abordar y construir la propuesta de gestión
cultural del ocio y el tiempo libre en la universidad. De aquello de lo
cual una condición social que hemos llamado juvenil intenta hacer
interpelación, es precisamente de la condición de adultez que le ha
significado exclusiones. La heterogeneidad
de la condición de lo joven nos viene exhortando por una mirada mucho más
amplia, sobre los diversos modos de ingresar a la institución universitaria
que carece de políticas de la diversidad, pensadas en función, precisamente,
de esa heterogeneidad de ingresos que se dan en simultáneo. Las únicas
medidas de condiciones de juventud, se ven representadas en encuestas
socioeconómicas que detallan características sociales concretas. Estos elementos
deben asumirse desde la gestión cultural como determinantes claros que
construyen la cultura universitaria como encuentro de culturas desde el ser
joven: condición temporal y de paso. Esto además, trasciende la Universidad y
se convierte en un asunto urbano que se debe abordar porque estas formas de
universidad hacen eco y generan resonancia sobre el habitar urbano. Creemos que la solución no esta en la
oferta sino en el reconocimiento de lo que dicen los jóvenes en este paso y
los medios para que la Universidad sea un facilitador a sus inquietudes y
necesidades Preguntarse en
esta dinámica por lo que pasaría si las relaciones y correlaciones emanadas
del “estar en la Universidad” no estuvieran regulados y bajo control
normativo y de sus conflictos, sería una pregunta interesante de hacer a
todos los actores de ella. ¿Que pasaría entonces, si la responsabilidad del
orden recayera en los estudiantes en compañía de los docentes? imaginamos que
sería una universidad terminantemente densa, intencionadamente descentrada,
deliberadamente 'desordenada'. ¿Qué pasaría si se legitimara la expresión y
el contraste de personalidades diferentes e intereses diversos en el aula y
no sólo del poder del maestro de bata blanca en la tarima dirigiéndose al
alumno? Que maravilloso sería hacer de las aulas espacios de relación que
sean catalizadores del conflicto, habitadas por seres humanos y por la(s)
múltiples naturaleza(s), y no más, por una mayoría muda que defiende su
identidad mediante el sometimiento, ya que este le garantiza recibir los
dones de una sociedad disciplinaria. ¿Estaríamos dispuestos a jugar de otras
maneras? MOMENTO 3 Una Gestión Cultural de la corporeidad Quizá esta
utopía deje abierto en la Universidad la posibilidad de incorporar lo no
corpóreo, y abra procesos de incorporación de la existencia misma, en la
reivindicación del cuerpo en el aula como microescenario del escenario, el
cuerpo – piel – afecto - afectación que rompe la exterioridad objetivante del
aula y que plante-e un cuerpo como eje
co -relacional profundo entre pensar-sentir-expresar en un afuera sensible,
capaz de interactuar, descubrir y enunciar cargas informacionales y
comunicativas vitales para la supervivencia, es decir, un aula comunicativa y
creativa, aula que produce y re-produce conocimiento: creación y co-creación;
aula - cuerpo, como correlación entre los actores y sus roles que abarca la
totalidad. Debido a que esta malla ha sido rasgada, interrumpida, acallada y
centrada en un modelo de quietud, instauremos el cuerpo desde la gestión
cultural, como la interacción y la
forma de ser más simple entre naturaleza y cultura. ¿Por qué
reivindicar el cuerpo en la Universidad, como tiempo libre y ocio desde el
ser jóvenes? Denominarla
escenario lo decimos porque la universidad es un espacio-tiempo de la vida
cotidiana misma, en donde somos protagonistas como seres inevitablemente
simbólicos, contingentes y relacionales, donde el ser no solo tiene cuerpo
sino que es cuerpo, pero no un cuerpo objetivizado, como se ve hoy en la
Universidad, no un artefacto objetivable (el que se debe disciplinar), sino
un cuerpo como presencia que, de mejor o peor forma, afecta radicalmente
todos los momentos y todas las situaciones de su existencia. Por ende, la universidad es escenario de
las representaciones, de la corporeidad, porque la corporeidad es
fundamentalmente movimiento, es decir, la universidad es cambio permanente. Entonces,
encaremos la complejidad ambiental y el caos de la pedagogía desde el cuerpo,
ese que intenta desde su cadena de significantes entender las cosas
diferentemente y que afirma que en el aula, hoy, se niega la diferencia, por
lo tanto se niega el cuerpo, porque este se construye en la diferencia, en el
trasegar del yo en el mundo de la vida, en ese yo-nosotros, en ese yo
múltiple, heterónimo, ese yo haz de correlaciones, en un contexto (tejido de
tejidos), en la universidad - contexto, que le da a lo corpóreo una
extensión, un horizonte de sentido. Es decir, sintamos la universidad como
corporeidad en expansión. El llamado de
nuestros compañeros es a hacer de la gestión cultural una gestión del cuerpo,
una gestión que suture, sane la dualidad, las dicotomías, las escisiones que
heredamos de la modernidad; que veamos el cuerpo como totalidad, el cuerpo
rizoma de un conocimiento multidimensional en una pedagogía sin fines. Ya no
más saberes parcelados, saberes divididos, saberes reduccionistas, bienvenida
la universidad transdisciplinaria, conectada, potencia de conexiones, que
resucita lo lúdico, lo sensual de cada uno de los contenidos del saber, que
no le teme a problematizar constantemente el escenario y sus contenidos. Por
lo tanto, es necesario, reafirmar el cuerpo como forma simbólica conectora,
imprescindible para que todo saber se dé, cuerpo entendido y percibido como
develamiento del ser. Entonces
reconozcámonos cuerpos como obras abiertas, no terminadas. Una
universidad que disloque la Universidad. Que delicia una
universidad de microcontextos en contexto, un escenario permanente en
alteridad que nos altere de verdad, donde la emoción/es sean el fundamento de
todo quehacer, donde no neguemos más la necesidad del contacto, porque es el
cuerpo el que incorpora mundo a través de él. Por lo tanto, la existencia es
volcarse en el ser en el mundo. Ese cuerpo volcado, instaurado en el mundo,
es expansión permanente de la naturaleza, es una unidad que se expande, y
recordando a Carlos Mesa y sus huellas: existir es volcarse hacia fuera,
volcarse al otro, por lo tanto el cuerpo es contacto entre geografías. La
universidad debería permitir ese contacto permanente entre lo uno y lo otro,
con alguien o con algo. Entonces hablaríamos de las pedagogías del contacto,
pedagogías para la animación, pedagogías en movimiento, con ritmo, pedagogías
de la vida. Así, se brindaría una educación que se apoya y se fortalece en la
vida misma, ya que no negaría las huellas de los trayectos vividos y los
pliegues en los que se encarnan los acontecimientos de cada uno de los
actores que tejen redes de contactos. Esto sugiere una
pedagogía que enseñe los vínculos y analogías entre todo saber, porque no se
pueden aprender las más novedosas características del humanismo, ni la forma
en que lo particular y lo universal articulan y articularán los distintos
modos del pensar y el hacer en nuestro tiempo y en un porvenir inmediato y de
mediano plazo, sino se gestiona las formas del hacer, como la gestión del ser
hacer haciendo mundo. ¿Pero cómo
hacerlo, como reivindicar el cuerpo? Escribiendo esto recordamos la
experiencia en el pregrado donde a la mayoría de los profesores se les
dificulta hablar entre sí, donde pueden más los roces personales que la
construcción colectiva del pregrado, donde se niega la diferencia
constantemente y donde se trabaja pero con aliados no con sujetos y donde
cada uno tiene su parcela, su feudo y no quiere saber de los otros y lo otro. Todos los que
estamos interesados en construir a partir de un nuevo paradigma la universidad que la sociedad
requiere actualmente, necesitamos aprender que la mejor forma de educar y difundir un
pensamiento, es a través del reconocimiento del cuerpo ya que es nuestro medio general de tener mundo y poniéndolo a
dialogar, pero que dialogue inquiriendo, preguntando, atendiendo, oyendo,
tocando, viendo y sintiendo a los demás, reconociendo la otredad, en todo el
sentido de la palabra, aceptando en él, esas otras formas reales de
conocimiento que se le niegan como el deseo, el placer, reconociéndolas
naturaleza, pues así, se recontextualiza lo antes negado y se reconoce;
igualmente se ofrecerá una educación enmarcada en un saber con sentido. Es fundamental
entender en la Universidad que para poder ser necesitamos ser reconocidos por
los otros, por eso las relaciones en la universidad se convierten para cada
uno de sus actores en la clave del autodescubrimiento y la autoafirmación,
que son mutilados y frustrados por algunos docentes que limitan estas
relaciones. En este sentido,
es prioridad de la gestión cultural impulsar nuevas condiciones para la
formación de sujetos desde el fortalecimiento de las áreas que han estado
excluidas y favorecer así la aparición de los espacios académicos que hagan
posible las prácticas articulatorias aludidas en este texto. Una invitación
sería entonces recuperar en la universidad los saberes tradicionales,
populares, los otros saberes que no son académicos, que llevan el valor de la
comunidad a la que pertenecemos cada uno de nosotros, esto como un punto de
partida en la formulación de
propuestas pedagógicas, para así poder proyectar desde ahí la construcción de
otros conocimientos que nos doten de mejores instrumentos académicos para
movernos en el mundo. Un acercamiento
a la construcción de la contextualización del saber, en la tajante idea de
conocer la belleza de lo más cercano, de leer desde ahí, las exhuberancias del
Ser acudiendo al chamanismo, la magia, la matemática, la física, la biología,
la antropología, la ciencia política, la historia, el pensamiento ambiental,
los estudios culturales, el curanderismo, todas ellas formas reticulares de
conocer. Las condiciones
de posibilidad de una educación para nuestros tiempos reside en la
construcción de propuestas abiertas, fracturadas, que no pretendan
constituirse en universales, no más formulaciones acabadas, con todas las
repuestas requeridas, con la eficiencia institucional deseada, la dirección
correcta; no sigamos pensando en la conveniencia de elaborar una propuesta
que promueva la ilusión del “cierre total”, de la eliminación de todo error,
de completud, de voluntad universal. Solamente lo que
deseamos aquí y ahora es generar una reflexión de nuestro paso por la
Universidad, ya que lo único que tenemos claro en este momento es que los
sistemas institucionales, son panópticos sociales de gran rigidez, parecen
estar hechos anti-sujetos, funcionan más como una potente mina anti-personal,
que mutila cuerpos desbordados y exuberantes. Lo que nos queda
es hacer Gestión cultural desde y en la periferia, en esos pliegues de la
textura social, gestando opciones que nos hagan creer y sentir que es posible
dislocar el discurso institucionalizado, esencialista, conservador, lleno de
certezas y así, poder encontrar nuevas articulaciones que nos permitan gestar
alternativas desde el pensamiento, desde la multiplicidad de esos rostros que
nos acompañan y que hacen huella permanentemente, que posiblemente abrirán y
fertilizarán a seres que creen hábitos y lugares de encuentro que revistan a
la universidad de cuerpos afectivos. La experiencia
cotidiana de un joven es su constante interrelación con diversas maneras de
leer (en la familia, en los parches, en los medios) que el aula desconoce y
por eso podemos comprender ahora un poco más nuestro desinterés por el aula
de clase. Asistir a la Universidad,
por ejemplo, tiene dos motivaciones: un asunto de presión familiar y social y
una posibilidad del encuentro con quienes nos escuchan en nuestra
diferencia. Por eso,
pensamos necesario trabajar a partir del cuerpo y de la vida cotidiana en la
idea de construir una propuesta de estetización de la pedagogía. En esta
dinámica de incluir el cuerpo y la cotidianidad al aula, es donde descansa la
emotividad como metodología. Cuando mi
emotividad es libre, cuando puedo expresar desde mi diferencia (como rapero,
como roquero, como cristiano, como nerdo, como indígena, como reggetonero) lo que tengo para decir del mundo, entonces
puedo escuchar el mundo, al actor-docente que puede decirme cosas con su
cuerpo y además puede orientar mis formas de conocer el mundo como
cotidianidad, hacerme consciente de mi relación emotiva con los lugares a los
que si puedo decirles que son míos porque también son de otros con quienes
construyo sentido. La subjetividad
como intersubjetividad, es una de los elementos fundamentales de la
construcción de una propuesta de cara a la alteridad. Ya decíamos que el
individuo es un imaginario occidental y que la educación de-forma en
individuos las explosiones de comunidad.
Al margen, los sentimientos no son una producción individual, sino que
es pura colectividad aquello que orienta los sentimientos. La intersubjetividad
de ser joven se construye en comunidad y esto comporta en sí mismo una ética
y una política de la diferencia. Por ello, se nos hace necesario compartir
intimidad como propuesta política: ya que “[...] no hay más intimidad que la compartida: eso, el ser compartida,
es lo que la hace auténtica, y no el hecho de que revele ‘lo que
auténticamente es cada uno’ (pues cada uno, como hemos sostenido
repetidamente, no es auténticamente nada, sólo puede ser algo -solo se puede
ser alguien- si se inclina por algo o por alguien)”[6] Una Gestión Cultural que no niega los consumos culturales Otra ruta
posible para la nueva configuración del tiempo libre y del ocio en la
universidad desde la Gestión cultural, es desde los consumos culturales, es
decir, desde la configuración de subjetividades en la constante correlación
de los jóvenes con la industria cultural. Actualmente y
porque los jóvenes se ven limitados dentro de la Universidad, el goce y el
disfrute esta fuera de ella, y este ha
sido acogido por el consumo. ¿Consumo de qué? Ahora redundemos
sobre ello. En cuanto a los imaginarios, las industrias culturales
disciplinan y controlan a los ciudadanos / consumidores a través de deseos
individuales y colectivos proyectados en los medios masivos de comunicación
con el fin de apoderarse del mercado. Aun nos seguimos
preguntando si las industrias culturales comunican o informan y, en ese
sentido, cómo conectan el mundo real con las ficciones (si lo hacen).
Encontramos desde Canclini que “existen diversas definiciones de industrias
culturales. En sentido amplio, podemos caracterizarlas como el conjunto de
actividades de producción, comercialización y comunicación en gran escala de
mensajes y bienes culturales que favorecen la difusión masiva, nacional e
internacional, de la información y el entretenimiento, y el acceso creciente
de las mayorías. En los últimos años, el énfasis en una u otra de estas
actividades y funciones ha llevado a nombrarlas como “industrias
comunicacionales”, “industrias creativas” (creative industries) o “industrias
del contenido” (content industries), con lo cual se alude a que son medios
portadores de significados que dan sentido a las conductas, cohesionan o
dividen a las sociedades”[7]. En esta misma
medida vemos que existen tres formas de vinculación con el consumo cultural
que según Patricia Terreno, se entienden como: (1) la vinculación tecnológica
que hace referencia al acceso y uso de tecnologías y la red de relaciones que
se conforman y configuran otras maneras de vivir el ocio; (2) la interacción
social referida al gasto en actividades que lo propician (fiestas, rumbas,
reuniones, callejeos nocturnos) y que están atravesados por las posibilidades
de acceso, la condición etarea, el estado civil y la condición de género; (3)
la relación informativa del consumidor que se obtiene y que le otorga
herramientas para la movilidad social y que gira en torno a la disponibilidad
de tiempo y de dinero que se tenga para poder aumentar sus posibilidades de
interacción. En este marco
del consumo, las dos dimensiones de ocio que nos interesan son el tiempo y
los recursos disponibles para el aumento de las relaciones sociales. Este consumo frente al cuestionario que
aplicamos, nos entregará elementos para medir las diferentes intensidades del
ocio (bien sea en tiempo, o bien sea en dinero), ya que los objetos y redes
de consumo configuran formas identitarias del ser joven en la universidad. Como un primer
acercamiento-propuesta a la Gestión Cultural del Ocio y el Tiempo libre en la
universidad, decimos entonces que las oficinas de bienestar universitario y
divulgación cultural, deberán estar en manos de gestores culturales que
medien la Universidad con la universidad, esto es, que se acerquen al
estudiante, que lo rastreen en los espacios, que lo escuchen como válido, que
le propongan la construcción de lugares, que estén dentro de una dinámica
abierta a lo que se geste desde sus propias iniciativas, no unas oficinas
silentes que esperan el arribo de una subjetividad que nada tiene que decir
ante unos oídos que nada pueden escuchar. |
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[1] Escobar, Manuel Roberto. Proyecto de
investigación “La rumba estudiantil en Bogotá una aproximación a las
subjetividades juveniles y las culturas universitarias contemporáneas”. Pág.
20.
[2] Idem, Pág. 20
[3] Escobar, Manuel
Roberto. (2006) Estado del Arte sobre Juventud en Colombia 1985-2003. En:
http://www.colombiajoven.gov.co/documentos/raes/informe_estado_arte.pdf.
[4] Ídem, P. X.
[5] Foucault, Michel. Op.
Cit. P. 60.
[6] Pardo, Jose Luis. La Intimidad.
[7] Néstor García Canclini.