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Ponencia |
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RESUMEN La
historia del placer es al mismo tiempo la historia de las transformaciones en
las relaciones entre mujeres y hombres, las clases sociales, el dolor y el
bienestar. Las nuevas relaciones de producción y de trabajo han producido
nuevas formas de placer. Esta historia plantea retos para los profesores, los
investigadores y los formuladores de política: hombres y mujeres pueden pagar
para construir sus cuerpos, las industrias del entretenimiento invaden el
tiempo libre, a través de éstos procesos surgen nuevas formas de exclusión.
El presente artículo presenta los aspectos más relevantes de la historia del
placer y analiza los problemas y oportunidades que han emergido de esta
historia. Palabras clave: historia del placer, industrias
culturales, nuevas formas de trabajo, placer, dolor, género Points at the history of
pleasure in Bogotá, twentieth century Abstract The history of pleasure is also the history of change in relationship
between men and women, social class, welfare and ache. The new job and
production’s structures, become new form of pleasure. It is means new
challenger to teacher, policy maker and investigator: men and women can pay for
makings your bodies; entertainment industries invade free times of people,
and through this process, raise new form of exclusion. This article presents
the aspect most relevant for the history of pleasure and analyzes the
problems and opportunities appear of this news forms gratifications. Key word: history of pleasure, cultural industries, new job forms, pleasure,
pain, gender Placer, goce,
disfrute. Las industrias culturales se esfuerzan por generar nuevos placeres,
las políticas públicas por limitar los excesos que éstos pueden producir, las
estrategias educativas por integrar lo placentero como estrategia didáctica,
pero también de cultivar ciertos goces (de lectura, de análisis, placeres
estéticos, contemplativos, gimnásticos) en desmedro de otros (disminución de
la televisión y de los vídeo juegos), y sin embargo, son escasos los estudios socio-históricos
que dan cuenta de los procesos culturales, políticos y económicos vinculados
al placer. Éste no es sólo objeto de prohibiciones y prescripciones, sino que
se traduce en diferenciador de clases sociales y grupos identitarios. Pero el
placer es también integrador de movimientos y generador de luchas, tal y como
puede analizarse el movimiento LGTB (Lesbianas, Gay, Travestis y Bisexuales),
quienes al reivindicar su identidad y sus derechos, reivindican una forma de
disfrutar la vida. La ciudad ha
resignificado los placeres en el transcurso del siglo XX. Ha pasado del
control sobre los placeres “vulgares” a través del cultivo de las buenas
maneras y de la “higienización de la moral”, a la explotación del placer como
fuente de crecimiento económico, a través del consumo. Las siguientes citas
ejemplifican algunas situaciones de los sujetos a inicios del siglo XX: “Los
niños deben ser sometidos a una educación racional, que tenga por efecto
detener el desarrollo de sus disposiciones morbosas, al menos neutralizarlas
en cuanto sea posible. Las tendencias emotivas y neuropáticas se combatirán
con un trabajo físico bien dirigido, gimnástica, ocupaciones materiales, vida
activa y en cuanto se pueda, al aire libre” (ANZOLA, 194. Citado por CADENA,
2004: 21) “La industria en nuestro
país proporcionaría una gran moralidad, nos daría medios suficientes para una
vida honesta; sería una prevención insuperable para el crimen y el ocio”
(NAVAS, 1948. Citado por CADENA, 2004: 16) En ambas imágenes, se enfatiza en el control
de un conjunto de placeres y comportamientos que inhibían el progreso de la
patria, placeres vinculados como objetivos de la lucha contra las chicherías,
la degeneración y la prostitución (MARTÍNEZ y RODRÍGUEZ, 2002. PERALTA,
1995), se asociaban con la búsqueda de un cuerpo moderno preparado para la
fábrica, esto es, disciplinado y productivo. Este disciplinamiento, se
tradujo en el control de las fuerzas y los placeres de los sujetos (PEDRAZA,
1999). Ahora bien, además de la disciplina
productiva, a finales del siglo XX se destaca el consumo como fuente de
identidad: “El sujeto como productor
debe ser capaz de reprimir y diferir la gratificación inmediata de sus deseos
y cultivar una ética del trabajo; como consumidor debe dejarse llevar por el
deseo y ceder ante sus impulsos, buscar la satisfacción constante e
inmediata, ceder permanentemente a la tentación (…) Por un lado se censuran
los excesos y todo lo que anule la capacidad productiva, por el otro, se
subraya la importancia del deseo y del placer inmediato, del consumo
irrestricto” (MEDINA, 1998. Citado por CADENA, 2004: 24) Por contraste,
el énfasis no recae sobre el control de ciertos placeres, sino que se ubica
en el control a través de la producción de los placeres. No se trata tanto
del disciplinamiento del cuerpo y sus placeres, como del biopoder, es decir,
de la producción del cuerpo mismo (HART Y NEGRI, 2000). Este es, desde
mi punto de vista, el primer rasgo de una historia del placer: el siglo ha
transcurrido desde el control sobre los placeres, al control a través de
ellos. Este rasgo
implica una concepción del placer que debe explicitarse: éste es una
categoría cuyo perfil se transforma según procesos económicos, políticos y
culturales complejos e interrelacionados. Vale la pena decir que no puede
establecerse una definición unívoca y omnicomprensiva del placer. Si bien
podría argumentarse a favor de un principio del placer inherente a la
condición humana, este argumento sólo serviría como punto de partida, pues es
necesario establecer las formas que asume el placer en el tejido de las
relaciones cotidianas, así como en las tensiones que dan forma a las
estructuras sociales. Este es el tema central de la discusión que sostiene
Foucault con los psicoanalistas brasileños que se recoge en Ahora bien,
además de esbozar algunos elementos que permiten configurar un primer perfil
de las transformaciones cruciales del placer en la ciudad, se sugerirán los
principales elementos que han dado forma a dichas transformaciones. “El
juego es como la mesa, una piedra de toque de la educación. El amor propio
ejerce en él un imperio tan absoluto; tenemos todos tal propensión a enfadarnos
cuando nuestra habilidad queda vencida por la de los demás; nos impresiona
tanto el ver desconcertados nuestros cálculos y combinaciones y perdidos
nuestros esfuerzos; es tan natural, en fin, que nos sintamos contentos y
satisfechos cuando salimos triunfantes, que si no hemos adquirido el hábito
de dominar nuestras pasiones, si no poseemos aquel fondo de desprendimiento,
generosidad y moderación que es indispensable de una buena educación,
imposible será que dejemos de incurrir en la grave falta de aparecer mustios
y mortificados en los reveses del juego, y de ofender la dignidad y el amor
propio de nuestros contrarios, cuando los vencemos, manifestando entonces un
pueril y ridícula alegría” (Carreño, 1856: 265) La moderación en
el juego que recomienda Manuel Carreño se construye sobre la idea de que la
etiqueta refleja las virtudes cristianas, de este modo, el buen
comportamiento no sólo se desarrolla en los terrenos de la elegancia sino que
se despliega como reflejo de la moral. Desde esta perspectiva, la moral
enmarca el tipo de placeres legítimos, así como los comportamientos
apropiados para disfrutarlos. “Cuando juegan señoras y caballeros, la etiqueta exige aún mayor
delicadeza y desprendimiento entre todos los jugadores. Los caballeros
muestran entonces, en todos los actos del juego, aquella particular
consideración que deben siempre a las señoras; y estas, por su parte,
corresponden a la conducta obsequiosa y galante de los caballeros,
manifestándoles siempre una atención exquisita, y absteniéndose, sobre todo,
de abusar en manera alguna de las contemplaciones debidas a su sexo”
(Carreño, 1856: 266) No es exagerado
decir que la cortesía entre los sexos, la consideración de los caballeros
para con las señoras y su respuesta atenta y exquisita, no hacen más que
verificar la posición dominante de los primeros, así como la actitud sumisa
de las segundas. Los dos
elementos señalados, la moral y las jerarquías sociales, son aspectos
esenciales de la historia del placer. La división que cada sociedad establece
entre lo permitido y lo prohibido, así como las divisiones entre sujetos
(debidas a la edad, al sexo, a la clase o a otras formas de ordenamiento) dan
forma a las subjetividades y con estas, a la definición de lo placentero y de
los modos de vivirlo. Bourdieu (1998, 1984, 2002) ha argumentado a favor de
la correspondencia entre posición social, subjetividades y gustos. El Manual de Carreño, es un buen ejemplo
de este tipo de tensiones que enmarcan lo placentero. Sin embargo, otra
tensión da forma al escenario: la tensión entre placer y dolor. “Miro
por la ventana y veo en el prado a varias niñas jugando, alegres, vigorosas,
plenas; se ríen, corren, no se cansan nunca. Qué lejos de ellas y de su
abundancia saludable parecen las posibilidades de los tormentos que la
naturaleza, en algún momento, nos reserva para la mayoría. En cuanto mujeres,
su vida las llevará probablemente, no, con seguridad, a una variedad de
incomodidades físicas y quizás al dolor en sus formas más graves. Es evidente
que muchos hombres pasan por esta vida con dolores mínimos. Para las mujeres
el dolor es incidental, y una probabilidad mucho más cierta” (MITCHEL, 1901.
Citado por MORRIS, 1993: 121) El Dr. Mitchel
se refiere a su experiencia como especialista de lo que se conocía como histeria, es decir, un conjunto de
desórdenes heterogéneos que padecían las mujeres, una categoría en la que
cabían casi todas las dolencias femeninas que no tenían explicación: en la
consulta, el médico que quería examinar si una mujer padecía de histeria, le
tomaba un brazo, le solicitaba que mirase hacia otro lugar y luego lo
pellizcaba, si la mujer reaccionaba al dolor, se descartaba esta enfermedad,
pues la histeria implicaba en ocasiones cierta insensibilidad. En otras se
trataba de fuertes dolores inexplicables, incluso, desórdenes mentales, todo
ello asociado a la lascivia femenina, a su supuesto deseo sexual exacerbado
¿Cuál era el tratamiento? Mitchel ordenaba quietud: “La
cura de descanso era un progreso enorme sobre la cauterización del clítoris,
pero las actitudes patriarcales subyacentes sólo adoptaban una forma menos
brutal. Las pacientes de Mitchel eran confinadas a una cama, se las aislaba
por completo de sus amigos y familia, se las alimentaba con una dieta de alto
contenido calórico todo el día, se les prohibía cualquier forma de actividad,
incluso la lectura o la costura, y se las sometía regularmente a conferencias
edificantes sobre los deberes hogareños y las obligaciones morales de las
mujeres” (MORRIS, 1993: 130) De acuerdo con Morris,
la histeria puede entenderse como un padecimiento que emerge en respuesta al
sin sentido de la condición femenina: el destino de las mujeres, como madres
y esposas, suponía que ellas se definían a sí mismas en función de su
relación con su esposo y con los hijos. Cuando una mujer era objeto de deseo,
lo era como novia, pero una vez ella se convertía en esposa, el deseo del
cual era objeto, se transformaba: ya no era deseada, había sido poseída. Ya
convertida –poseída como- en esposa, el camino a seguir era convertirse en
madre. Pero los hijos crecen, se van ¿Cuál es el lugar de la mujer que ya no
es deseada, pues se ha convertido en esposa, ni es útil, pues ya no cuida de
los niños? Para Morris, la histeria es una “salida” a este sin sentido del papel
de la mujer, pues ella, en este contexto, ha sido convertida en objeto de
deseo y de servicio, no es sujeto de sus propios deseos, en últimas no
construye su propio devenir, sino que se acomoda al que le ha sido asignado. Como se lee en
esta rápida descripción de la edad de oro de la histeria (1879-1910), el tipo
de satisfacciones de las que puede disfrutar una persona, depende del lugar
social que cada quien debe enfrentar: a inicios del siglo XX, si eras mujer,
las diversiones infantiles se transformarían en dolor e insatisfacción, si
eras hombre, conocerías un destino más placentero. Todos estos
elementos, moral, jerarquías sociales y la relación placer-dolor, articulan
el goce con la construcción identitaria. Si bien los placeres no se
distribuyen en forma equitativa, pues cada uno tiene acceso a ciertos
placeres y no a otros, según su clase, su género y su edad, esta situación
objetiva es incorporada por cada sujeto a través de diversos procesos de
producción de sentido, producción de sentido que puede interpelar la
situación objetiva, puede acomodarse a ella, o puede combinar ambas opciones.
Las identidades, en tanto construcciones de sentido que realizan los propios
sujetos, se desarrollan en permanente tensión con las estructuras objetivas
que se experimentan en la relación con los otros. Allí, la definición de lo
placentero, de su relación con el bien y el mal (dimensión moral), de la
distribución social (dimensión de las jerarquías sociales) y de su relación
con el dolor, tienen un papel preponderante. De otro lado, las
transformaciones en las esferas productivas se encuentran estrechamente
vinculadas con las transformaciones del placer. Para describir
rápidamente la esfera del trabajo y de la producción, vale la pena comparar
dos tipos de articulación en el “quehacer laboral”: una que puede denominarse
como la relación patrón-empleado, y
la otra, como la relación entre un
vendedor de servicios y su comprador. A partir de esta distinción se
podrá avanzar con mayor rapidez por la descripción histórica (ROJAS, 2002). La primera
distinción, se refiere a la categoría de trabajador. En el primer caso, el
trabajador es aquel que vende su fuerza de trabajo y se subordina a su
empleador. En el segundo caso, el “trabajador” no vende su fuerza de trabajo,
sino que vende servicios. La legislación
asociada a la relación laboral (primera categoría), trata al trabajador como
un sujeto que se encuentra en desventaja frente al empleador. Por esta razón,
busca su protección. El empleado debe ser protegido, dada su posición
subordinada, frente a quien le contrata. De ahí que el empleador se encuentre
obligado a contribuir con la seguridad social de su empleado y que éste deba
cumplir con una serie de procedimientos para “despedir” al trabajador. Para la segunda
categoría (trabajadores que prestan servicios) la situación es bien distinta.
A diferencia de la relación laboral propiamente dicha, aquí las partes no son
tratadas como un trabajador en desventaja y un empleador, sino como dos
comerciantes: uno vende servicios y el otro los compra. De este modo, quien
vende sus servicios se encuentra en la obligación de proveerse su propia
seguridad social. En tanto relación comercial, ambas partes establecen el
valor del servicio, las condiciones en la que éste se presta y los resultados
esperados para cada una de las partes (dinero para quien vende el servicio,
resultados para quien lo compra). Los anteriores
elementos permiten precisar el modo como ha cambiado el escenario del trabajo
durante el siglo XX: primero el desarrollo de una serie de luchas que
lograron una legislación protectora para el trabajador, luego la aplicación
de esas normas de la relación entre trabajador y empleador y, finalmente, la
flexibilización laboral que promueve el auge de la prestación de servicios y
transforma al trabajador en vendedor de servicios (ARCHILA, 1989A, 1989B). “El
13 de febrero de 1920 algo inusitado sucedía en la pequeña población de
Bello, distante La anterior cita
da cuenta del inicio de las luchas obreras durante la primera parte del siglo
XX. Como resultado de este difícil proceso, emerge una legislación que
intenta proteger al trabajador. No es este el espacio para dar cuenta
detallada del proceso, pero vale la pena mencionar algunas consecuencias de
su desarrollo: la moralización de la vida cotidiana como disciplina
productiva y el silenciamiento de las emociones y sensibilidades en aras de
una ética del trabajo. Como se ha
mostrado atrás, los esfuerzos de la higiene que se impulsaron durante la
primera mitad del siglo XX, se centraron en lograr un individuo disciplinado,
que controlase sus impulsos. Aquí se observa un esfuerzo por controlar lo
afectivo, en aras de fortalecer lo racional. De este modo, la gimnástica se
constituye en una herramienta de control sobre lo lúdico (PEDRAZA, 2001). La
moralidad del trabajo se reconoce en refranes como: “El tiempo perdido los
Santos lo lloran”. Es decir, el tiempo en el cual no se realiza “nada”
productivo, es un tiempo que posteriormente se lamentará. Ahora bien, ese
“tiempo perdido” se irá convirtiendo, con el transcurrir del siglo, en tiempo
de consumo y será a su vez, reflejo de otra organización del trabajo. Hart y Negri
presentan una interesante evolución del trabajo. En su libro Multitud (2004), ellos intentan
establecer las condiciones de emergencia de la democracia radical, es decir,
del gobierno de todos por todos y encuentran en la nueva organización del
trabajo diversas condiciones favorables para este proyecto. De acuerdo con
los autores, la emergencia de la democracia puede producirse en la
interacción de los múltiples actores que, produciéndose en, y produciendo lo
común, desarrollan actividades democráticas que lo que ellos llaman Imperio[2]
no puede controlar. Si Imperio
adquiere una forma reticular en la que el capital aumenta sus ganancias
migrando sin control a través de las fronteras, éste no logra controlar las
formas de comunicación que producen nuevas identidades, nuevas
reivindicaciones y nuevas posibilidades para los ciudadanos: millones de
usuarios intercambian programas, música, videos sin que las leyes de copy right no pueden condenar (ROJEK,
2005) Multitud es la
diversidad que se construye en, y promueve lo común. Los actores no se
caracterizarán por una identidad, sino por lo que Hart y Negri han denominado
como singularidad, esto es, a la
diferencia que no puede reducirse a una identidad de base. Para explicar
esta noción, los autores describen a dos viajeros en De ahí que El escenario
productivo del que emerge Multitud se erige sobre la producción inmaterial.
Aún cuando este tipo de producción no involucre el mayor número de personas
en el mundo, para Hart y Negri este trabajo es hegemónico en tanto que se ha
convertido en el modelo a seguir por los demás tipos de labor. La producción
inmaterial no produce objetos, produce ideas, afectos y conocimiento. Este tipo
de trabajo emplea medios materiales pero a diferencia de la producción
industrial, su producto no se realiza en un objeto. El “entretenimiento”, el
“bienestar”, la educación, son ejemplos de este tipo de trabajo. Aún cuando éste
tipo de procesos laborales se haya desarrollado en el seno del capitalismo,
de su esfuerzo por producir la vida misma, esto es, de producir los cuerpos
de los trabajadores y de los consumidores, el capitalismo no puede agotar los
efectos de la producción inmaterial: los “productores” y “consumidores”
siempre encuentran algo más en su interacción, en su comunicación. Ese algo
más, no se encuentra bajo la explotación de unos por otros. Las redes de
comunicación en todos sus niveles (televisión, Internet, radio, entre otros)
pueden operar bajo lógicas capitalistas, pero la información que producen y
los tipos de solidaridad que pueden despertar, van más allá de la explotación
capitalista. Este punto se ampliará en el siguiente ítem, cuando se aborde el
consumo cultural. De acuerdo con
la descripción que antecede, la flexibilización laboral debe entenderse tanto
como una estrategia de maximización de la producción, así como la generación
de escenarios de consumo. La hipótesis aquí es que, logradas las
reivindicaciones laborales de los obreros y ampliado el tiempo de descanso
así como el llamado tiempo liberado[3],
el capitalismo ha evolucionado para aprovechar estos nuevos tiempos, es
decir, para reproducir su lógica: la industria del entretenimiento, en todas
sus versiones, así como la industria del cuidado corporal hayan en el tiempo
“libre” oportunidad para desplegar su quehacer, vendiendo servicios y
obteniendo ganancias. Desde otra
perspectiva que guarda algunas distancias con la que desarrollan Hart y
Negri, Néstor García Canclini (1999) recuerda que Castells ha definido la
globalización como el proceso que otorga a todo lo existente valor de cambio,
con lo que se implica la desaparición del valor de uso: en últimas, la
tendencia que pretende reducir las interacciones sociales a su valor
monetario. La
flexibilización laboral que ha implicado un “empoderamiento” del trabajador
(haciéndolo responsable de sus actividades, es decir, pagándole por sus
productos) y ha generado menores costos para los empleadores e inversionistas
ha sido el escenario del desarrollo de las maquilas y del out sourcing: cada pequeña empresa
ensambla una parte, corre con los riesgos y “paga” (o lo que es lo mismo, no
recibe dinero) por sus errores. Trabajo a destajo. En este
escenario, cada trabajador es un empresario de sí mismo: el diseño de la
sonrisa, es una inversión en imagen, una llave que puede abrir puertas (URIBE
SARMIENTO, 2007); la educación superior debe medirse ahora bajo parámetros de
eficiencia, o lo que es lo mismo, del logro de más profesionales con menos
recursos. De la
higienización de los trabajadores a la producción inmaterial, la organización
del trabajo ha generado nuevos espacios y oportunidades para los placeres: el
entretenimiento es un ejemplo emblemático, el descanso de unos, es el negocio
de otros. Pero como multitud sugiere, a pesar de esta relación en la que unos
exploran a otros y se benefician del descanso de los demás, a través del
consumo cultural se abren posibilidades de construcción de identidades que
deben analizarse. A finales del
siglo XX, el papel de la mujer ha variado, aún cuando se observan todavía
comportamientos y actitudes patriarcales. La sociedad se ha mediatizado, es
decir, la construcción de sentido se desarrolla a través del empleo de los
medios y no sólo de su simple consumo (CASTELL, 2006). De otro lado, se han
reivindicado nuevas formas de ciudadanía (ROJEK, 2005). La imagen juega un
papel más decisivo: la industria del fitnees, el diseño de sonrisa, el asesor
de imagen, la expansión de las industrias del entretenimiento (GARCÍA
CANCLINI, 1995, 1999. URIBE SARMIENTO, 2007), son entre otros, fenómenos que
dan cuenta del nuevo papel del placer. Como se dijo antes, se trata de
generar procesos de control incorporados, corporalizados,
producidos desde dentro de cada cuerpo. El disciplinamiento de los sujetos
evidenciado a inicios del siglo XX, se producía desde fuera del cuerpo a
través de dispositivos que procuraban incorporar al sujeto dentro de un
orden, en este modelo existe un afuera desde donde los sujetos podían
contestar. El biopoder más que controlar, produce los cuerpos, produciendo
una sensibilidad, unas necesidades a través de múltiples medios (HART y
NEGRI, 2004): en las empresas, por ejemplo, la búsqueda de la calidad
pretende más el autocontrol y la autorregulación que el control externo
(URIBE, 2006). Entrevistador:
Estamos en el barrio San Francisco, y aquí tenemos a una de las niñas más
REGEATONERAS de Bogotá, ella es…?: Joven
trabajadora: Kisy Bar. Entrevistador:
¿Escuchas mucho REGEATON? Joven
trabajadora: Claro, sí soy de las más REGEATONERAS. Entrevistador:
¿Qué es lo bueno, qué le ves al REGEATON, para escucharlo? Joven
trabajadora: El ritmo y es una muy buena moda, y creo que se va a quedar como
cultura, es muy bacano. Entrevistador:
O sea, ¿tú la ves como cultura? Joven
trabajadora: Yo lo veo como cultura, porque me he tomado el tiempo para
averiguar sobre lo que es, cómo fluyó. Los que lo ven como moda, es solamente
que lo bailan y lo disfrutan, pero no se preocupan por saber, de donde salió. Entrevistador:
O sea, es gente que sólo lo coge como de parche, solo por bailar, por
divertirse. Joven
trabajadora: Exacto. Entrevistador:
¿Y en qué se basa tu nueva cultura, si se puede llamar así? Joven
trabajadora: Pues, obviamente se basa en el REGEATON, en la música, en los
amigos. Siempre que hay una persona que escucha REGEATON, tiene muchos
amigos, porque igual además de que es una muy buena moda, trae consigo muchas
amistades. Entrevistador:
Cuéntame, ¿tú sabes de donde nació el REGEATON? Joven
trabajadora: El REGEATON nació obviamente de Puerto Rico, con Daddy Yanqui,
que se salió de la underground y
empezó a hacer REGEATON, porque además de que es un muy buen ritmo y que pegó
mucho, pues es un buen negocio para los artistas. Entrevistador:
O sea ¿tú ves el REGEATON como un negocio, más que como una forma de
expresarse? Joven
trabajadora: Como las dos cosas, es básico, la verdad es que ahorita los
artistas están haciendo mucho REGEATON, porque es lo que está pegando. Es una
moda que está pegando mucho. Entrevistador:
¿Y está dando mucho dinero? Joven
trabajadora: Claro, está dando para los artistas eso es, eso produce un gran
capital (URIBE y GARCÉS, 2006). La entrevista
citada, coloca sobre el tapete el papel del consumo como proceso fuertemente
interrelacionado con la construcción de sentido: el REGEATON pude trascender
como una cultura juvenil en la medida en la que construya una historia
colectiva y un proyecto común, pero esta posibilidad sólo es posible en la
medida en la que el REGEATON continúe siendo espacio de encuentro y de
disfrute. La circulación de la música se ha constituido en la oportunidad
para que muchos jóvenes definan proyectos colectivos, es pues, en el consumo
y en la producción de esas expresiones, donde se producen identidades,
manifestaciones y dinámicas colectivas (REGUILLO, 2000). Sin embargo, estas
experiencias pueden ser efímeras: más que proyectos a largo plazo propias de
los movimientos de contracultura de los 60s y 70s, las colectividades
juveniles se encuentran en rituales fugaces. No quiere decir esto, que se
trate de procesos de menor valía (PINILLA, 2007). Sólo señala una condición
clave para entender el lugar del placer a finales del siglo XX: la
aceleración de la historia y el achicamiento del planeta, para usar los
términos de Augé (2005). China está al alcance de tu Mouse: google earth te permite ver en tiempo
real lo que sucede en cualquier otro lugar del planeta. Al mismo tiempo, con
dificultad se recuerdan los sucesos trascendentales que fueron noticia la
semana pasada, cada día un nuevo suceso cambia la faz del planeta: una nueva
moda, una nueva catástrofe, un nuevo encuentro de poderosos, una pedrea. El
ritmo de los acontecimientos “trascendentales” es tal, que son hoy frívolos
sucesos en los que la muerte y la vida son presentadas como espectáculo. Pensar el papel
del consumo cultural y de los placeres que allí se pone en juego, implica
superar el fatalismo que reduce la relación de las personas con los medios a
mera alienación consumista (GARCÍA CANCLINI, 1989). Como se ha dicho, los
sujetos pueden construir mensajes propios, proyectos colectivos en esa
relación con los medios. La cuestión es saber dónde surgen, cómo se
desarrollan, cuáles pueden ser las oportunidades que allí se producen, pero
también cuáles son los peligros que allí se reproducen. Si el REGEATON puede
convertirse en provocador de una cultura juvenil, las luchas entre grupos
juveniles de diversa índole producen muertes. Verse bien y
sentirse bien, son hoy facetas importantes de la constitución de los sujetos.
En este escenario, la salud se entiende no sólo como la ausencia de
enfermedad sino como el estar bien y el verse bien: Entrevistador:
¿Crees que las personas se cuidan los dientes solo por apariencia, por la
estética? Estudiante
(mujer grado 11): No también por salud Entrevistador:
¿Y la salud y la apariencia son opuestos? Estudiante
(mujer grado 11): No, de pronto no, porque en la salud uno tiene que estar
bien, y para estar bien hay que tener una buena apariencia, son dos cosas muy
importantes Entrevistador:
O sea que la salud y la apariencia van de la mano Estudiante
(mujer grado 11): Sí, puede ser (URIBE SARMIENTO, 2007) Hoy existen
nuevas posibilidades para la construcción de sí mismo: no sólo el maquillaje,
sino los artefactos (piercing, manillas, etc.), los tatuajes, los peinados,
los masajes, las fajas, incluso los tratamientos para adelgazar y las
cirugías estéticas, están al alcance de cada quien, según su capacidad de
pago (BARBOSA, 2007). Si la modernidad ha construido una experiencia corporal
en la que éste es entendido como una posesión (LE BRETON, 1995), hoy cada
sujeto puede aspirar a darse el cuerpo que desea. Esta relación con el cuerpo
ofrece nuevos horizontes al placer, pero también plantea nuevo retos: ¿es esta
una nueva faceta de la exclusión y la inequidad que se profundizan a través
de la globalización capitalista?, en otras palabras, ¿esta nueva posibilidad
que se desarrolla según la capacidad de pago, reproduce nuevas divisiones
sociales entre aquellos que han invertido grandes sumas para conseguir un
cuerpo y quienes no lo hacen? Ante esta nueva posibilidad, cuáles podrían ser
los efectos en las subjetividades y en este sentido, la anorexia, la bulimia
y otras patologías asociadas con la búsqueda de una imagen corporal, se
constituyen en el efecto no deseado del perfil del placer a inicios del siglo
XXI. Necesitamos construir herramientas para dar cuenta de estos procesos. BIBLIOGRAFÍA Archila, Mauricio. (1989A) “La
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[1] Antropólogo
Universidad Nacional – Magíster en Ciencia Política Universidad de los Andes.
Profesor Ocasional – Asociado. Licenciatura en Recreación de
[2] Los autores enfatizan en el hecho de que
el nuevo Imperio es la organización mundial de los poderes (económicos,
militares y políticos) que atraviesan toda la tierra y que no debe confundirse
con el imperio clásico, en el cual un país se expande generando formas de
control coloniales. En este sentido Estados Unidos puede ser visto como un eje
central del Imperio, pero no debe confundirse con él, ya que Imperio, en tanto
red, supone una organización interdependiente, de modo que EEUU dependerá de
otros países y de organizaciones multilaterales para mantener su lugar. Imperio
implica una transmutación de la lógica de la guerra moderna: las instituciones
políticas han intentado controlar la guerra, generando instituciones
internacionales y normas de regulación, pero Imperio emplea la guerra
preventiva como mecanismo de control: los ejércitos funcionan como policías (es
decir, vigilan y aseguran la “seguridad”). Este nuevo orden, no sólo controla
la vida, sino que intenta producirla (biopoder).
[3] Del tiempo que se ha producido como
resultado de la disminución de la jornada laboral, que ha sido “liberado” del
trabajo y que puede ser empleado libremente por las personas.