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Ponencia |
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Resumen La
recreación es a la vez un recurso, un arte visual, una fascinación que crea y
recrea verdades sin consultar las perspectivas objetivas o subjetivas del
conocimiento. No lo hace con el objeto, porque ella es el objeto; tampoco con
el sujeto, porque ella es también el sujeto. Digamos que es la conciencia: la
tendencia de la conciencia por la
conciencia. Su obra consiste en crear a los artistas involuntarios de la vida, que llegan como la mañana, demasiado
rápido -pero no tanto como el pretexto- y se impone tiránicamente sobre
nuestra conducta, pero sin vulnerar nuestro más brutal estado de mansedumbre: el egoísmo. No debemos
por ello menospreciar este fenómeno, pues él nos indicará hasta qué punto es
enigmática la cuestión de saber cómo las nociones contradictorias del
desinterés y la indiferencia encierran el ideal de una barbarie. Palabras clave: Egoísmo, Necesidad, Satisfacción, Placer,
Recreación Preámbulo No sé cómo llamarles: “¿Queridos o
estimados lectores?”. Es lo mismo, supongo; de todas maneras no
creerían ni en lo uno, ni en lo otro. Cuando por fin comprendemos que nadie nos entiende, entonces
decidimos contar nuestras historias.
Historias que lo único que quieren es explicar de qué manera los otros no nos
entienden. La mayoría de los hombres adquieren su carácter únicamente como
defensa de esta falta de entendimiento y también sus ideas; perduran en él
solo por el hecho de encontrarse excluidos, como perdura la verdad o el
error. De eso se trata todo reconocimiento, de sentirse, de saberse excluido
de los demás. Este es el pretexto de singularidad más común entre los
hombres, trazado casi como un atributo de sus conquistas más elevadas: todo
individuo obtiene reconocimiento (este reconocimiento quiere decir, llamar la
atención) en la medida que contradice las disposiciones colectivas del
género. Si yo digo que “eso” que todos ven de color blanco, es negro,
entonces todos se exaltan y me miran como entusiasmados; imagínense lo que
pasaría si demostrara que es azul o verde… Por eso es tan sencillo llevar a
una mujer a la cama o a un hombre a la estupidez: se trata de ver quién hace
las más vistosas y contradictorias representaciones de su ánimo. De esto
también se trata toda posibilidad de intelecto, pues el cerebro humano se
encuentra maravillosamente capacitado para creer todo lo que imagine por el
efecto solo de imaginarlo. ¿Y qué significa creer? Creer significa una
vistosa representación de la vida que pretende excluirse voluntariamente de
las demás representaciones. En este y en todos los casos la verdad es una
cuestión de interpretación, de indeterminabilidad, de exclusión; igual lo es
el error. La sinceridad humana es tan maravillosamente paradigmática, que a
veces hasta raya con la estupidez. El papel del hombre que erige la verdad consiste en liberarse de los hombres -como se
libera el error- a través de los hombres. Ha edificado la verdad y el error
para evadir de sí mismos a los otros hombres, porque al evadirlos, al
separarlos de ellos mismos, de sus ideas, de sus sentimientos, los conquista.
Todo lo que ha edificado guarda la necesidad de ello; necesita hacerlo porque
lleva consigo un profundo sentir que significa una sola cosa: egoísmo: amor
propio, eso es lo que une a los amantes entre sí, a los lectores con sus
escritores, a la tasa del baño con el excremento: el sentimiento de hallarse
excluido, de sentirse único: el amor propio de una deposición y lo que
significa esta para un rollo triple hoja de papel higiénico. No tiene esto nada de malo, el egoísmo no puede ser bueno o malo, es
simplemente necesario, como lo es la promiscuidad y como lo llega a ser todo
en la vida. * La forma como solemos comunicar al
prójimo la situación sobre los fenómenos valorativos de la existencia, pintoresca
y hasta violenta, expone a los hombres a perjuicios en la interpretación,
comprensión e impresión moral de los conceptos. Esa vistosa celeridad,
ostentada –según se considera, erróneamente- para acceder a la realidad de
los fenómenos, es resultado del comportamiento necesario, que parte, como
todo el resto de la naturaleza humana, del egoísmo. Nuestro egoísmo acumula hasta el
rechazo todo lo emprendido. Así como se rechaza un nutrimento consumido en el
bálsamo de su gustillo al deja de inducir a nuestro inquieto paladar el
delicado placer de la exquisitez, rechazamos sin remedio el apetito que luego
reemplazamos por otro. La necesidad de consumir entonces no cambia, ha
cambiado sí la manifestación del placer dentro de ese comportamiento. En este
mismo sentido, no se modifican, por crear una traza perpetua sobre la
existencia, cierto estado y ciertas representaciones abstractas contenidas en
el fenómeno de la vida. A la identidad personificada solemos llamarla
<<hombre>>, al estado, <<necesidad>>, y a su
representación más elemental, <<satisfacción>>. Por ello nuestro
egoísmo no puede ser constitutivo o denigrante del fenómeno de la vida. Esto
en particular no se tiene por cierto en el mundo ilustrativo de la
recreación, que ha diseñado para esa facultad necesaria, potestades que
hablan del bienestar social del individuo, según mi propia comprensión,
desafortunadas. Este artículo se trata de eso, de lo
social y de lo individual, se trata de la condición humana como fenómeno
ilustrativo de la vida y consiste en una incursión alrededor de un asunto
esencial: el estribo de nuestra naturaleza sustentado en un tragaluz infinito
al cual llamamos egoísmo. SOBRE “La recreación es entendida hoy
como una necesidad fundamental de todos los seres humanos.”[1]
Yo considero mal desentrañado el sentido de esta necesidad, pues no
corresponde a la naturaleza humana, sino a su descomposición. Primero debemos
tener claro que el hombre no se recrea por así quererlo, por voluntad propia
o algo por el estilo, no. Lo hace por necesidad, ¡tiene que!, su organismo se
lo exige. Habla la necesidad vital de la recreación, esbozada en el documento
de José Fernando Tabares y en general en todos los manuscritos sobre la
recreación que he revisado, como se habla de la necesidad de vivienda que por
derecho tienen los seres humanos; y la necesidad por mi señalada, es íntima
como los latidos del corazón, pertenece al individuo, el hombre no ha debido
construirla y justificarla como se justifican y construyen los derechos, los
deberes, el matrimonios, los hijos o las conductas humanitarias, porque ella vive
a partir de el hombre, es él, por
lo tanto no deviene ni se hace, “como todo aquello que deviene o se hace, no es”[2]. La recreación por mí señalada representa
el axioma del cuerpo sano, la creación de un estado satisfactorio de
necesidades, no de deseos. Recreándose el hombre no se percata de la existencia, pero quiere
como ningún otro ser, existir. (Esta es la primer errata de juicio
significado a la que nos vemos enfrentados cuando revisamos el concepto de
Recreación. Me propongo por esto facultar su sentido epistemológico dentro
del contexto general de la condición humana). Basado en lo anterior, digo que el problema fundamental de la recreación
como idea: como representación de un fenómeno o de una abstracción, consiste
en cómo logra desnaturalizar las funciones vitales del organismo, así como lo
hace la educación por una misma relación imperativa de desconocimiento: lo
pedagógico según mi parecer, ofrece lo opuesto a lo natural, es capaz de
ofrecer el medio, pero no al individuo, así también el concepto de Recreación. La incertidumbre atrae más que el deseo, porque la incertidumbre es
la plenitud del deseo. Ella reconoce el carácter inevitable de toda sospecha. Esto es lo que no comprendieron aquellos alarmantes defensores de la conciencia social de la recreación:
la incertidumbre. Es mucho más dolorosa la conservación de algo que su
celeridad. La primera puede acabar con la disposición, la otra únicamente con
la cordura. ¿Podría otra cosa justificar mi estudio? (Se comprenderá que esto no es más sino una y otra de muchas razones
que podría llegar a elaborar en defensa de mi manuscrito; también conozco
muchas capaces de probar lo contrario, así que no debemos exaltarnos aún). Continuemos… La recreación, un ejercicio presentado a
nuestros ojos como de entera libertad, refiere una imperiosa necesidad de
imaginarlo así: ¿significa algo ese penoso testimonio que nos invita a
<<adosarnos>> de lleno sobre la sorpresa de la creación,
cualquiera esta sea? Veamos un ejemplo. Pero antes de verlo, debemos estar claros con lo
siguiente: la racionalidad, como ya he dicho, puede justificarlo y
presentarlo todo: desde la creación del mundo a partir de una palmada en las
nalgas de alguien, hasta la venialidad sistémica del cosmos, razonada por un
desequilibrio nuclear de partículas. Pero no podemos imaginar a la recreación
de esa manera ni de ninguna en realidad. Ahora, ¿por qué no podemos? Porque
la necesidad es más fuerte que el hábito, por tanto que el hábito es una
apariencia justificada de la necesidad. De esa misma manera suelen serlo
nuestros pensamientos. El conjunto de causas generales de un fenómeno puede o no ser
accesible al hombre, pero no así su necesidad de llegar a ellas, o sea, no
así su capacidad recreativa. Ahora sí, vamos al ejemplo: Un individuo con necesidad de alimentarse no sentirá atracción por su
hambre, sí por el alimento que verá satisfecho su apetito. Es la sugestión y
no la necesidad, generadora del sentimiento de la fascinación... y por eso
continúa su búsqueda, porque la sugestión determinada de la atracción es suma
fuente de exaltación. A un niño lo exalta jugar, no recrearse, como a un
hombre lo exalta una mujer y no el sexo, y yendo aún más allá (debe quedar
claro, no soy el primero en decirlo), el hombre una vez exaltado por la
presencia de la mujer, no se siente atraído ya por la mujer, sino por su
propia exaltación. Y si le abandonara la mujer, podría extrañar de ella nada
más los sentimientos por él ilustrados en su entrañable moral de individuo,
es decir, no la extrañaría a ella, extrañaría los sentimientos por él
experimentados y desatados en su compañía. Y si llegara a extrañarla a ella
como todos extrañan a sus muertos o las personas que lo abandonan, es por una
mera falta de exaltación, de recreación. Pasemos a otro punto. Los instintos humanos trazados por la filosofía y el psicoanálisis:
instintos de conservación, dominación, asociación, el propio instinto sexual
no reflejan, como se cree, las necesidades humanas de conservación,
dominación, asociación y sexualidad; reflejan el estado necesario de recreo
que llevan los individuos en su interior. La recreación no satisface esos impulsos, los manifiesta, les da vida y crea en
el individuo una condición que le obliga a impeler…los. Como la manifestación de esos impulsos, es pues, la
necesidad en sí: ningún hombre desea en principio el placer, desea satisfacer
una necesidad –la de recreo-, nada más. Los actos que desencadena esa
condición descubren el placer y el
infortunio que a veces nos produce vivir bajo su potestad. Recrearse no se hace por convicción o deseo, como se cree, sino
porque se siente la necesidad de ello. El propósito de lo social toma nombre cuando la necesidad se
satisface por la vía del placer, de los otros como conciencia de los otros,
es decir, cuando dejamos de hacer por necesidad para creer que hacemos por el
influjo del deseo. Sucede todo esto cuando la necesidad deja de ser lo que
es, una necesidad, para evangelizarse como un empeño figurado: un deseo. Y
cuando el deseo transfigura la necesidad es cuando el individuo se convierte
en un despropósito de sí mismo. Y se convierte en un despropósito porque
necesita convencerse a sí mismo, de sí mismo; justifica ante los otros lo que
no debe bajo ninguna circunstancia, ser justificado: se justifica a sí mismo.
* Cuando los deseos no pueden justificarse ante la sociedad, se
reprimen y de tal represión, emprenden majestuoso vuelo sobre las llanuras y
sobre los borrascosos enhiestos de la sensibilidad, el perjuicio, el disimulo
y la afectación. Allí es cuando la vida se torna tempestuosa. Por el
contrario, nunca se justifica ante ley o fundamento la necesidad humana, ella
se tiene y eso es suficiente. Nosotros no necesitamos convencernos de una necesidad para poder
experimentarla, pero sí de un deseo para que lo sea. De ordinario poseemos
conciencia de nuestros deseos, de nuestras aspiraciones (eso suelen enseñarlo
con suficiencia en las instituciones educativas), pero jamás de las
necesidades que los propagan, por eso somos también monstruosos, pues la
seguridad que genera el placer de desear no es capaz de generarla, por
defecto de cultura, la necesidad de necesitar. Así el hombre buscará siempre una
nueva forma de placer cuando padezca ante el aburrimiento, que no es otra
cosa diferente a una marcada imposibilidad de soportarse a sí mismo, ya sea,
según la naturaleza de sus apetitos, viendo televisión o robando televisores,
leyendo un libro o carbonizándolos, nadando o ahogando a las personas,
montando en una bicicleta o montando... a caballo. Y a esa nueva forma de
hábito, además de manifestarla mil veces para hacerla placentera e
interesante, la convertirá, empero, en propósito: como la familia, el hogar y
una economía estable. * La recreación como estado del ser se ha permitido en función de la
cultura transfigurarse en las apariencias e ilustrar respuestas a la moral
cotidiana del individuo, mezclándose de esta manera el valor real de una cosa
con el deseado. Así, basada en el rigor y hecho contenido de la conducta, la
recreación emprende un gobierno del hombre a través del ego -esa rotunda
inclinación por nosotros mismos-. Confeso de la emoción expresiva de las
ideas y del sub realismo creado en la vida para vivirla y en la existencia
para soportarla, el ego promueve diaria confianza a los ejercicios de
comunicación del individuo, sino representados por él como correctos, por lo
menos serán (vergonzosamente) oportunos. Esa conveniencia instaurada a
nuestros actos y la pertinencia alcanzada en el carácter sub realista de
nuestro comportamiento, demuestra la sensibilidad recreadora del egoísmo.
Como dice Nietzsche: “Vivo de mí mismo, de mi propia creencia en mí”: ¿Cuál
estado podría hacernos más oportunos a nosotros mismo sino aquel cuya
certidumbre nos tropieza? Pero ya he dicho que en este y en todos los casos
la verdad es una cuestión de interpretación, de indeterminabilidad, de
exclusión; igual lo es el error. Por lo
menos lo es en el plano de las apariencias… * Incapaz, como puede verse, de instituir a la recreación como una
propiedad fundamental del ser, el hombre la ha recreado como período, como
situación, como derecho de ley, como satisfactor, como proceso y sin
exagerar, como ideal. Esta forma tan particular de considerar a la recreación como positiva,
social, formativa, es el inequívoco error de la necesidad trasfigurada por la
represión. El problema querido
lector, radica en las consideraciones soportadas de la recreación como hechos
elaborados y no contenidos. Por eso se fundamentan en el yerro. Un yerro
consecuencia insuperable de la moral llevada al prejuicio. SOBRE EL
RECREO HUMANO El Recreo Humano ha nacido en el hombre bajo la premisa de un
concepto introducido a la vez en dos. Ese concepto es el de la recreación
como necesidad y como estado profundo de la libertad. Ambas condiciones
descubren en el individuo a un organismo -aun en su prudencia-, derramado
sobre los apetitos como en el paladar se derrama el dulce incesante del prestigio.
No es posible por ello declarar en su nombre una virtud progresista o
denigrante, porque él es indisociable y veleidoso en su afán infinito de
recrearse. Como se comprenderá, las necesidades humanas no pueden ser
contraindicadas; a lo sumo se prescinde una en favor de otra, como es
corriente por ejemplo favorecer la cordura ética en potestad del hombre como
organismo o las depravaciones en gracia del instinto vicioso político y
ministerial. Y observado con cuidado, podrá advertirse el comportamiento de
la alta moral favorecido por la satisfacción. Ese es el fondo esencial y
hasta ahora inescrutable del recreo humano y la recreación, maniobrado por el
principio de la satisfacción: en sociedad se erradica el
"tilín-tilín" promiscuo del agrado, para asistir la promiscuidad
obstinada de resistirse y crecer con necios ideales sociales. Esta esencial voluntad de querer
existir[3],
turbada por el favor del desarrollo sostenible (en mi opinión: la lucha
indeterminable contra las exaltaciones del sujeto; la idea participativa del progreso como símbolo de armonía
privativa), convulsionó la moral interactiva entre los seres. Se sabrá de mi
falta de dramatismo cuando lleguemos a reconocer <<la particularidad de
un acto>> vejada por la moral democratizadora de un grupo. Mi intento por establecer el recreo como una apertura orgánica hacia
la humanidad del individuo, tiene
el propósito de favorecer su condición especulativa, pues sin ella, el ser se
embota. (Se hallará en el “Desarrollo Sostenible” un crimen contra los
principios orgánicos del sujeto, porque el patrimonio humanitario de la
recreación se obliga -producto de esta exigua proyección de la ciencia
política-, a calificarse como el capital erario de <<toda una
población>> y no de <<todo un sujeto>>. Gravísimo error). Todos
estos procesos se encuentran intervenidos por la didáctica de la conciencia
social, 1) como figura de atributo comunitario y 2) como norma material de
los medios. (Otro gravísimo error). Algunos ejemplos de este ejercicio de cuidado social,
serán presentados a continuación: *El Recreo humano es la posibilidad de re–crearse como
ser que así mismo se (…) asume como totalidad, buscando trascender la
condición de vida fragmentada para colocarse en una perspectiva más humana y
en armonía con el universo[4]. EJES DE REFLEXIÓN PARA Ciertamente la recreación no consiste en ello, no
consiste en paz ni en convivencia, por lo menos no en estos términos. Y si
habláramos de salud o de lúdica, deberíamos entender de la sociedad al
individuo y no a la sociedad, y deberíamos buscar en este mismo instante en
un diccionario de la real academia de la lengua española el significado de la
palabra “Lacrar”. Yo llamo conciencia
social al mayor perjuicio fundamentado por el hombre para la recreación. Porque
lo social confabula al individuo
para que deje de serlo. Y es
improcedente una recreación como constante –arbitraria- del individuo, renunciando –por obstinación- a serlo. * Logra la recreación
en su patriótica búsqueda -la de
propagarse entre los hombres como un ejercicio de conciencia social-, acoger
en un ámbito transitorio, la expresión como medida circunstancial y pasajera
de las cosas. “Puedes creer o no creer en lo que te enseñen, pero no hagas nunca una objeción”[6].
Habiéndose constituido como un ejercicio de ley, nos une el deber sobre ella,
pero a unos pocos apenas, el derecho. Es importante entonces reconocer de qué modo la humanidad en general
la considera un derecho Individual Inalienable: Declaración de los Derechos
Humanos; fundamental de los niños; general de Establecida la recreación en potestad de derecho y como necesidad
fundamental, esto es, ilustrada a modo de ley,
el régimen gubernamental ha debido precipitarla (como se precipita una reina
de belleza) tal si fuera una estampa. Resultó
exceptuada como verdad necesaria, resultó justificada como estatuto y
divertimento expreso de la innegable reculada de la humanidad; encargada de
obviarla: “Las leyes y los derechos se suceden como una eterna enfermedad, se
les ve pasar de generación en generación y arrastrarse sordamente de un punto
a otro: la razón se convierte en locura, y el beneficio en tormento.
¡Desdichado de ti, hijo de tus padres, por no tratarse nunca del derecho que
nació con nosotros!”[8].
Es bastante superficial el concepto que de la recreación se tiene
como ley y como ejercicio académico, pues revela en ambos casos ese
vergonzoso espectáculo al cual se somete el hombre: una realidad afirmativa
del placer, que permitiéndole deleite y proponiendo un efecto ineludible a su
condición, un efecto de plenitud autónoma, efecto que reprueba su condición
recreativa, le envilece. La recreación, por tratarse de una condición
natural, le encuentra sometido e inusitado sobre ella; engañado y a la vez favorecido: Libre para considerarse oportuno
o inoportuno en el estado asido de sus necesidades. El ojo sutil descubrirá mi engaño, y tiene razón, pero parto de
perspectivas diferentes. No es lo mismo descubrir nuestra autonomía como influjo
de un engaño o de una virtud; no es lo mismo por ejemplo para los creyentes,
pensar en el nacimiento de su Jesucristo, producto de la gracia divina de un
amor misericordioso y no a través de la gracia maternal del vientre de una
cabra o una vaca, en un establo que bien podría ser de Belén de Umbría. A fuerza de esta clase de acontecimientos todos subsistimos aferramos
a la fábula; entramados en el engaño o en la suposición significada de
nuestras emociones; las convertiremos a todas ellas en convicciones. Los conceptos simplifican los contextos. Y siendo el hombre una ponzoña de multiplicidades, es el
contexto más simplificado de todos. Veamos entonces la trama existencial de la palabra contenida en el
concepto y en la teoría: Una palabra siempre va a significar otra:
Actividad = facultad = aptitud = cualidad, etc. Con el hombre sucede algo
similar. Un hombre sólo puede significar otro hombre o la copia de muchos. El
embarazo, y no estoy hablando de mujeres, se encuentra al definir sobre todos
ellos una misma proyección. Si definiéramos su necesidad, encontraríamos
siempre lo mismo: un patrón de conducta asociado a la construcción –ya
predicha- de necesidades convertidas en deseos y a la predisposición –para
construirlos- de la voluntad. En él no son variadas las posibilidades, pero
sí las apariencias; por eso y por todo, incluido redundar, nada puede hacerse
por nosotros. En términos más sencillos y con el único fin de garantizar
comprensión de lo dicho: necesitamos a nuestro alrededor todo lo que pueda
ser imaginado para poder luego, imaginarlo. Imaginar todo en nuestro favor;
porque de eso se trata la vida, de eso se trata el Recreo Humano. * El éxito de la idea de la conciencia social[9]
dependió siempre del hartazgo de la idea “individuo”. Por lo anterior, fueron
esbozados variados discernimientos a manera de libelos (sin serlo),
calumniosos en propiedad del egoísmo como estado del ser. Esta rotura supuso
un vahído conceptual, solucionado de inmediato por la exhibición de la
recreación como “un todo para todos”: han
cambiado la necesidad particular entre los hombres de vivir en un medio que
halla su punto de sustento en el delirio de querer, por otro que lo halla en
el delirio copioso del <<otro>>. Sin dejar de ser lo mismo, se representa la
recreación como una cosa diferente. Algunas
necesarias aclaraciones… 1. La recreación alcanza su más elevada expresión medida
a través de las compulsiones: “Desde lo metodológico, lo usual en campo, es
tratar a la recreación como una experiencia de la cual se espera una total
integración de la personalidad. ¿Dónde podría esperarse una mayor integración
de la personalidad, sino en el desarrollo de una necesidad?: en un impulso de
sensualidad exagerado en la imaginación. Un análisis al testimonio de esta <<exigencia>>
consiste en el ejercicio de garantía moral sobre el cual desemboca la
realidad de recreo. El aspecto invariable de ese suceso domina la moral del
sujeto y expresa el sentido de su naturaleza, una naturaleza amparada por la
integra costumbre del egoísmo: un egoísmo que orienta la sobriedad de las
disposiciones para satisfacer correctamente la moral de las necesidades,
aprendiendo incluso a mentirlas y suponerlas con certeza en el deseo,
representa el currículo vitae del
recreo. 2. El hombre ha incubado, sin quererlo, un sofisma
determinante en el cual considera la recreación bajo los rótulos de la
dinámica social; evocado, mistificado y contenido dentro de un marco
histórico de la moral y los deberes del hombre, donde la vida pierde su
condición de indefinible y adquiere, como todas las gestiones dependientes,
un compromiso. Entonces, la sensación de prosperidad y oquedad no evasiva, y por
razones de moral, exagerada de la vida, se disipa: “Quien ama no examina el
amor, quien actúa, no medita sobre la situación: Si estudio a mi
<<prójimo>> es que ha dejado de serlo, y yo dejo de ser
<<yo>> si me analizo (...) y es que no hay vida más que en la
falta de atención a la vida”. Por eso puedo hablar de esta labor académica
(sin temor a ser recriminado) como hablaría de una rotunda exageración o
hasta del día de las madres (con el cual estoy en desacuerdo, pues plantea
que madre solo puede ser una y yo creo que madre puede ser también
cualquiera). Algunos no podrán seguramente compartir mi opinión sobre el día de
las madres, y eso pasa porque el signo placentero de un acto establece el
signo recreativo de un hecho. ¿Qué quiero decir con esto? Lo siguiente: el
seso moral de cada individuo animará la noción de ese hecho gracias a la sensibilidad de sus emociones y en
desgracia de la cultura comandada de esas emociones: todas las normativas
apelatorias a este principio, procuran recrear nociones como aspectos
variables de un mismo perjuicio; lo pedagógico como lo sentimental, por
efecto de lo social, ofrece lo opuesto a lo natural, es capaz de ofrecer el
medio, pero no al individuo. Este antagonismo cierto en la educación de
los individuos es improcedente. Se recrea el individuo a modo de arreglo,
cuando más valdría obtener soberanía sobre su sensibilidad; se le educa bajo
la sanción, cuando carece de todos los parámetros para condenarse. El único
parámetro amparado en la existencia de esa condena es el de su medida
recreadora, que debiera edificarse sobre la moral pedagógica de toda cultura (El hombre no se
pertenece así mismo en ninguna parte de su historia de vida moral) 3. El
objeto de la recreación no es el de edificar un bien común para la historia,
ni para la comunidad o para los juicios tradicionales, un fin practico[10].
La recreación posee el favor de una actividad interna y constituye
una respuesta apelativa al inconcebible fenómeno de la vida o más
bien digamos, forma parte del fenómeno. Convertida en episodio de la
existencia, es la resolución de mostrar a los hombres cómo un imperio nunca
deja de serlo, y consigue volver incluso, aunque la vida siga pareciendo
inconcebible, inesperado el hecho de que a veces nos parezca una nada
contemplativa. 4. No hay contradicción cuando se obra en contra de una apariencia y
tampoco la hay cuando se obra a favor de ella, atacando su intimidad, plácida
hoy de emancipación y mañana de reclusión, hoy ensortijada y mañana
avergonzada por la esperanza de poseerlo todo bajo la voluntad crespa y
antojosa de unas cuantas carantoñas. Podrán trazarse mil objeciones pero ni
una sola contradicción al hecho de que yo hoy decida practicar el bien y
mañana el mal. No la hay cuando se obra bajo el influjo de la necesidad, ni
la hay en ninguna otra circunstancia. Por eso quien dijo o si quiera se
atrevió a pensar: “El hombre es contradictorio por naturaleza”, se equivoca,
nada en la vida es, pero tampoco podría llegar a serlo. Por lo tanto,
eso de la contradicción o la no contradicción solo existe como subterfugio de la razón. Señoras y señores
lectores, estoy justificando lo injustificable: La vida es una gran
improvisación del hombre, por eso al abordarla haciéndose uso de la razón, no
se la entiende. Igual sucede con la recreación. Nosotros especulamos esa
necesidad solo para juzgarnos libres ante ella. ¿Cómo podría ilustrarse el concepto de la recreación por medio de la
razón, si ella representa un elemento contrario a su naturaleza?, o ¿no lo
es? Y si no lo es, ¿es parte misma de la contradicción o de la no
contradicción?, es decir, de la vanidad que supone todo conocimiento preciso:
toda mezquindad moral e intelectual. Debemos sensibilizar nuestra confusión, no para evitarla, sino para
desplegarla a plenitud en el valle de nuestras imposibilidades; estimular la
improvisación en su sentido más lógico, más o menos así: todo lo que admira
el talento y la profundidad del artista es la mediocridad del auditorio; y
así también entre los esposos, los amantes, los amigos y los compañeros,
existe esta admiración. La primera pregunta que un esposo debería hacerse con
respecto a su mujer, debería ser: “¿Qué pudo ver esta horrible mujer en mí,
que soy aun más monstruoso? Debemos
sensibilizar nuestra confusión, no para evitarla, sino para desplegarla a
plenitud en el valle de nuestras imposibilidades… Sin duda el hombre no
está aún preparado para esta clase de sinceridad. No se encuentra preparado
para recrearse. 5. La moral introduce los fenómenos, una vez se han revelado, en
nuestra sensibilidad. ¿De qué modo lo
hace? Imaginándolos. ¿Y cómo? Convirtiéndose propiamente en un fenómeno. ¿Cómo
hace esto último? Participando en la plenitud del impulso; persuadiendo al
fenómeno para concederlo al individuo. Así nacen los valores y así también
nació toda la contumacia de la recreación. (Al final el hombre sólo remeda
los fenómenos. Se detiene suponiéndolos, razonándolos o depositando su fe
intuitiva en ellos. Así nacieron, de un sarcasmo, los valores hipotéticos,
intelectuales y espirituales.) El sentido natural de recreo no se edifica contrario al egoísmo, ni
por contradicción, ni por certeza
de él. Esta sombría (torpe y maravillosa) necesidad de vulnerar cuanto nos atrae, se origina por un movimiento esencial
de la naturaleza: ¿No es la medida
circunstancial de nuestro organismo una trasgresión
natural de recreo sobre la naturaleza consciente de todos nuestros desatinos? Esta pregunta no ha sido diseñada para ser entendida. Pero no faltará
aquel que diga: “Sí, yo la entendí”. ¿La entendió?, pues que bueno… El caso es que el hombre anhela mil cosas a la vez, sin dejar de
necesitar siempre lo mismo: satisfacción, dominio (no placer). Por eso todos
querrán entender el sentido de esa pregunta. Pero no lo tiene, puedo
asegurarlo. Si la satisfacción ha
llegado a tiranizar la naturaleza orgánica del deseo, es solo porque se le
reprime: nuestro egoísmo -el privilegio de querer con espiritual intensidad,
el sentido natural de recreo humano, esa rotunda inclinación hacia nosotros
mismos- fue vaticinado como inconveniente participativo porque edificaba de
la voluntad de los hombres sus impulsos, lo que pareció inconveniente al
modelo democratizador del cual formamos parte. De tomar en cuenta cómo la
imaginación opera a favor de la conducta, incluso en la democratizadora,
excediendo para nosotros las proporciones de los objetos imaginados,
dulcificándolos, seguro le facilitaríamos un lugar preponderante dentro de
los procesos investigativos, no de forma exclusiva en el marco de la
objetividad-subjetividad, sino también en el plano de la moral especulativa. El deseo sobre aquellas cosas reveladas en el deleite, desde un libro
hasta una prostituta, desde el derecho inconmensurable a la soledad hasta las
festividades carnestolendas, revelan convicciones, justificaciones,
ideologías. ¿Qué podría ser más nocivo para los hombres, si no una recreación
simbolizada por la convicción? ¿Por convicción? ¿Convicción de qué?, ¿para
qué? Debemos
llegar a ella como se llega al apetito, por necesidad, por egoísmo: Si es necesario morar nuestro apetito en una cosa, cualquiera ella
sea, por convicción, es decir, por convencimiento, por acción y efecto de
convencerse a través de un raciocinio que no puede ser negado más que por
otro raciocinio, debemos entonces dudar de la cosa y más aún de nuestro
apetito. Recreación es una
necesidad vital: un retrato sobre la condición esencial de los seres, porque
refleja de él todo lo que es, lo que será y lo que tampoco conseguirá ser. (Espero se me comprenda. Lo que yo ofrezco en este
relato, es la sub realidad de mi organismo; ofrezco una opinión concebida en
el seso y en mi profunda vocación de sacerdote; mentiras, mentiras. Entrego
sin resguardo mi moral sensible para el regocijo, indignación y exaltación de
vuestro carácter especulativo. Espero, muy, pero muy, muy en el fondo, no ser
inoportuno). Cualquier comentario al respecto puede ser comunicado al
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latinoamericanista el fortalecimiento y desarrollo del sector de la
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2008 Fundación
Latinoamericana de Tiempo Libre y Recreación - FUNLIBRE Costa Rica |
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[1] TABARES. José Fernando. Fundamentos Conceptuales de Ocio y
Recreación. Una relación necesaria entre su significado actual y la pertinencia
con el desarrollo humano. Medellín - Marzo de 2003
[2] NIETZSCHE, Friedrich. El Crepúsculo de los Ídolos. Fondo editorial progreso. Pág. 18.
[3] “Pero la voluntad de la especie tiene tanto poder sobre el individuo,
que el amante impone silencio a sus repugnancias y cierra los ojos acerca de
los efectos de aquella a quien ama; pasa de largo por todo, lo desconoce todo,
y se une para siempre al objeto de su pasión. ¡Tanto es lo que le deslumbra esa
ilusión que se desvanece en cuanto queda satisfecha su voluntad de la especie
(...)”. Tomado de: SCHOPENHAUER Arthur. El amor, Las mujeres y
[4] CASTRO. Laura
Victoria: Recreóloga. Magíster en Educación Sociológica de
[5] OSORIO. Esperanza. Ejes de Reflexión para la búsqueda de un Sentido a
[6] STENDHAL La cartuja de Parma. Madrid España: Ediciones Moretón S.A; 1983. Pág. 137
[7] Aportes tomados de la asignatura Administración del Deporte y
[8] GOETHE Johan Wolfgang. Fausto. Madrid: S.A. de promoción y Ediciones Club Internacional del Libro Londres; 1986. Pág. 46
[9] Esto es, su aceptación.
[10] Veo el porvenir. Está allí en la calle, apenas más pálido que el
presente. ¿Qué necesidad tiene de realizarse? ¿Qué ganará con ello? Tomado de: SARTE Jean Paul.