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funlibre |
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Ponencia |
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Notas preliminares. Hay varios
eventos de desarrollo en esta propuesta. Lo primero será definir los términos
en que se entiende la lúdica para luego ver cómo califica a la pedagogía; qué
significado nuevo le imprime para tener claro
qué resultados se puede esperar en la acción. Teniendo este
contexto como referente se lo contrastará con la escuela que hoy vivimos, con
sus características fundamentales: qué tanto forma para la vida; en qué medida
refuerza las características positivas con que llegan los niños a ella; qué aprendizajes
significativos preparan la mente de los infantes para enfrentar problemas, cada vez más complejos, con mayor
iniciativa, imaginación y creatividad; qué tanto es capaz de despertar en ellos
el entusiasmo y deleite cotidiano de aprehender algo de conocimiento; qué tanto
se refuerza la natural curiosidad infantil para desarrollar una actitud crítica
y de indagación frente al entorno; cómo su capacidad de asombro frente al
descubrimiento de cada nueva situación se convierte en una actitud permanente de
valorar las cosas cotidianas bajo el prisma de la integración; en qué medida se
cultiva su espontaneidad para entablar relaciones horizontales que privilegien
la interlocución, la valoración de todas las posibilidades de aprendizaje; cómo
la igualdad y amplitud de relacionarse
no se llena con los prejuicios de los adultos que impiden ejercer las
relaciones en términos de igualdad, reciprocidad y respeto; en fin, qué tanto
la escuela refuerza las características con que los niños empiezan a enfrentar
el mundo de una forma holística para que más tarde no sean forzados a entrar en
la cuadrícula de los lineamientos rígidos del comportamiento social que la
mayoría aceptamos, pero que no nos permite ser sino que nos obliga, en la
mayoría de los casos, a tratar de ser, de acuerdo a como los moldes sociales
quieren que seamos. Será caracterizar el punto de partida. Al saber cómo la
escuela de hoy trata a los niños, la invitación es dispararnos a imaginar cómo
dibujamos la imagen de futuro deseada, cómo delineamos los trazos gruesos de
una utopía, cómo nos ponemos de acuerdo en un modelo hacia el cual apuntar, en
términos de conformar puntos de energía que nos ayuden a que lleguemos
progresivamente a su concreción. Aquí se enfatizará en la importancia del
comprender, de desarrollar la capacidad analítica interna que permita
interpretar adecuadamente lo externo. Un breve análisis
sobre las fuerzas de energía del campo interno y del entorno de la escuela nos permitirá acercarnos a vislumbrar la
situación futura probable que es
posible alcanzar por el aprovechamiento adecuado del juego de estas energías. Definido este
contexto se tendrán algunos elementos para pensar en las proyecciones
favorables que este nuevo tipo de escuela con los nuevos enfoques del
aprendizaje puede aportar a los procesos de organización política y social que
se están impulsando en el país. Será repensar lo
que hoy se hace en la pedagogía para descubrir los aportes con que la lúdica
puede contribuir para conseguir la aplicación de unos criterios más acordes con
los tiempos actuales en que la velocidad de los acontecimientos y las
transformaciones exige unos niveles de respuesta casi que inmediatos para estar
al ritmo actual del mundo moderno, con una rapidez no imaginada desde la óptica del contexto tradicional con que
todavía analizamos el presente. El mundo de las verdades y el mundo
de las mentiras. Siempre en todas
las circunstancias existe una dualidad de energías que son la causa misma de la
existencia: estamos aquí porque fue exitoso el acople de un óvulo con un
esperma, disponemos de luz porque en un mágico encuentro la produce el polo
positivo con el polo negativo en una interrelación de conflicto y armonía, a
veces nos emocionamos casi hasta el afloramiento del llanto como expresión de
la sensibilidad femenina que los hombres llevamos dentro, sin que la sociedad
machista nos permita evidenciarnos porque desde la casa y con el reforzamiento
de la escuela siempre creímos que los hombres nunca debían llorar, somos serios
por fuera y en nuestro interior tenemos un niño inquieto y travieso que le
encanta recochar, reírse duro, ser espontáneo, hablar por el disfrute de
hacerlo, pero muchas veces está reprimido porque “los mayores debemos ser
serios, sabernos comportar”. Así la sociedad
ha caracterizado también una dualidad de comportamientos, aquellos que se
acogen a los modelos de las instituciones formales de la sociedad y de los
centros educativos, en este caso, y son la gente “seria” ajustada a los moldes
vigentes, con poco interés de que las cosas cambien, sin que se atrevan a hacer
cuestionamientos, y por el otro lado la gente “extraña” que maneja propuestas
alternativas, que se apoya en los nuevos paradigmas para proponer los cambios,
que, a veces, vuelve su mirada hacia las sociedades tribales indígenas, hacia
la visión del mundo integrado y holísticamente organizado. Lo evidente es que
se den los acercamientos entre estas dos formas de mirar la vida, y mediante
propuestas dialogantes se llegue a unos acuerdos que permitan estimular los
cambios de actitud y de conducta para encontrar una calidad de vida más plena y
feliz. Nicolás
Buenaventura (1995) crea una argumentación holística alrededor de la
conformación de relaciones entre los componentes de la comunidad, unas que
determinan su estructura dura que es externa a la voluntad de sus integrantes y
otras que las hacen flexibles, que airean a las otras, que abren espacios, que
dependen de los comportamientos humanos, que son parte inherente de la voluntad
y de la libre elección. Entonces, habla de dos sistemas de relaciones humanas,
dos armaduras y dos tramas. Unas “las verdades” como los tejidos
de relaciones que se refieren a las cosas, a los objetos, lo tangible, lo
comprobable, todo aquello que gira en la órbita de lo evidente, como existencia
física: el pan como alimento, la mesa donde se sirve, como espacio múltiple
para la comida, el juego, la tertulia..., la casa donde se habita, el trabajo
en que se ocupa. Otras “las mentiras” como la red de relaciones humanas
referida a los símbolos, u objetos “simbolizados”, que cada quien construye y
ejerce, como el juego, la fantasía, el goce, que siempre están en función del
presente. A las primeras relaciones las llama sociales y a las segundas sociables;
cada grupo humano, como la familia, es algo complejo, que es al mismo tiempo,
sociedad y sociabilidad. La trama social o
sociedad está
hecha de relaciones materiales o naturales, aquellas que están antes de que uno
aparezca en escena, que no se escogen, ni se deciden.... están allí... nadie
escoge a su hermano, ni a su vecino, ni a su colega en el trabajo. En cambio la
trama sociable
está hecha de relaciones afines que uno escoge, que se buscan... dentro
de esta categoría el juego representa un importante componente. La sociedad y la
sociabilidad como sistemas de relaciones humanas son necesarios e igualmente
determinantes: la comunidad está viva, es real cuando logra el equilibrio entre
el universo del juego y el universo del trabajo, entre su mundo real y su mundo
simbolado. Esta interrelación equilibrada de la sociedad y la sociabilidad
conforma la cultura, como la manera en que esos dos mundos en una comunidad se integran, se cruzan en
la producción y en la recreación, alrededor de los objetos y el que se mueve
entre los símbolos; son
interrelacionados e interdependientes en una línea común de encontrar la
felicidad, de conseguir cada día mayores niveles de equilibrio y armonía[1]. No es posible,
entonces, ver e interpretar el mundo solamente desde el ángulo predominante del
paradigma racionalista de la física mecanicista newtoniana sino que es preciso
introducir elementos del paradigma holográfico que es la expresión de una
lectura cálida de la naturaleza y la sociedad, donde lo objetivo y lo subjetivo
se entrelazan por sutiles rizos de energía, llegando al concepto de que todo es
energía. Así, la categoría
de tiempo no puede estar fraccionada, como comúnmente se cree, que existe el
tiempo de jugar, el de trabajar, el de descansar, el de conversar....etc. sino que se establece el concepto del
tiempo total en el que el trabajo y el juego pierden su lindero natural,
confundiéndose; por ejemplo, la mujer que teje y conversa, por una parte lleva
el hilo de la lana haciendo la trama y por otra el hilo de la charla, en una
gran simbiosis de tejidos paralelos. En ese momento el juego puramente humano,
de hablar por hablar, la charla informal, es el más valedero por ser el más
común; vivimos una cultura en que la sociedad y la sociabilidad, o sea el mundo
del juego y el del trabajo, poseen un solo tiempo. En las
comunidades indígenas tradicionales, en las que el trabajo es manual, la
relación entre lo lúdico y lo laboral no es visible, porque parece como si se
tratarán de confundir los dos mundos. En las lenguas aborígenes danzar y sembrar no
requieren sino de un solo verbo, una misma palabra califica las dos
actividades, se supone que la germinación es el resultado de un ritual, una
danza de fecundación de la tierra. Igual sucede con los rituales indígenas de
caza, cosecha o pesca, se encuentra cómo las mismas palabras hacen el enlace juego-trabajo.[2] Se encuentra que
las culturas indígenas, las culturas tradicionales son las “culturas del tiempo
total” y las culturas modernas son las “culturas de tiempo libre”, como espacio
permitido a la recreación y el juego. En el edad moderna, cuyo centro es la
llamada “civilización occidental” toman cuerpo y se definen las culturas del
tiempo libre, pues el trabajo en serie deshumaniza, el obrero se objetiviza en
cuanto se integra él mismo al complejo mecánico. El símbolo de la cultura del
tiempo libre, es la famosa consigna obrera de finales del siglo XIX que desde
Europa se extendió por los cinco continentes: “Ocho horas para trabajar,
ocho horas para dormir y ocho horas para lo que nos dé la gana”. Esta cultura debe
prepararse para integrar el trabajo dentro del tiempo libre como otro espacio
lúdico, de goce y creatividad. Será la expectativa de un grupo humano donde el
goce de producir sea más creador, o rinda más en favor de la productividad, que
el lucro o el beneficio de producir.[3] La escuela: un espacio para
aprender? El profesor
Francisco Cajiao (1996) describe con precisos detalles la caracterización de la
escuela de hoy y elabora reflexiones tan profundas que no encuentro otra
alternativa que hacer una composición libre de su texto. El objetivo primordial
al entrar a la escuela es aprender a leer y escribir, es general para todos,
sin importar su ubicación geográfica, su cultura o su nivel de desarrollo. No
es fácil domesticar la herramienta corporal para conseguir este propósito. Los
niños todavía ligados al mundo de sus juguetes, con intereses relacionados con
ellos, con fantasías rondando en su corazón y pensamiento tienen que someterse
al adiestramiento de su mano, de sus ojos, de sus músculos, de sus falanges. En
este suplicio duran días, meses y hasta años de continuo esfuerzo para
domesticar esta herramienta. Así, se establece la frontera humana que separa a
los analfabetos de quienes saben leer y escribir. En esta ardua
tarea deben sacrificarse las horas destinadas al deporte, al juego, a buscar
tesoros, a mirar el mundo con ojos de ensoñación sin pretender consignarlo todo
en el cuaderno de tareas. Es posible que la obsesión por la lecto-escritura a
temprana edad haya sacrificado miles de posibilidades latentes en el niño. Sus
cuerpos, tal vez, no podrán desarrollar otros modos de leer el mundo, porque
los libros de letras habrán ocupado todo el tiempo que también merecía la
lectura de la naturaleza, de los objetos del entorno, del juego libre que
prolongado se aprende a vivir en comunidad. Se habrán castrado pintores,
músicos, poetas, actores, deportistas, ya que estos saberes comienzan por otras
formas de entrenamiento corporal que abren las puertas a nuevas sensibilidades
y nuevas escrituras. “Mientras, el
cuerpo se concentra en el desciframiento y reproducción de signos escritos,
pasará el tiempo de correr, de explorar con sorpresa cada novedad del entorno,
de pasar las horas conversando y narrando historias inverosímiles, a través de
las cuales se recrea el idioma y se fabrican los sentidos de la vida”. Los salones de
clase se convierten en un espacio para una guerra continua entre los maestros y
los niños, tratando de conseguir cada uno el cumplimiento de su misión; los
maestros se desgastan con expresiones persistentes, entre recomendación y
amenaza, y los niños en expresiones frecuentes de inconformidad con este tipo
de escuela. La escuela está
hecha para educar, para aprender a leer y escribir, para aprender a convivir
apaciblemente, no da lugar a la expresión delirante de una infancia de
movilidad perpetua, de carreras
desbocadas, de ansías de grito y de fuerza. Para pulir las mentes y adecuarlas
a las exigencias del pensamiento se requiere controlar la motricidad desbordada
del juego y de la risa. La fórmula es contenerse días tras día, entrenar el
cerebro para controlar los músculos. Contener las emociones, contener las
palabras, bajar la voz, contener el abrazo y el puño. Reir discretamente.
Evitar el contacto con los otros. Contener la orina, contener las lágrimas.
Todo esto se aprende a cada momento mediante consejos, admoniciones, sermones,
amenazas y hasta golpes. Se ha acuñado una
sentencia equívoca de que un ser humano educado es un ser humano
controlado, como producto de una lucha
permanente entre la concentración y la constancia por un lado, que algún día,
tal vez, garanticen la eficiencia en el trabajo fabril, el cumplimiento de las
rutinas que constituyen la base de la calidad del aparato productivo y por el
otro la distracción donde pueden desarrollarse la contemplación, la fantasía, la
ilusión, el afecto, dejando que los sentidos se paseen libremente por las cosas
y que la piel se impregne de sensaciones imprecisas que sin saber exactamente
cómo le darán su tonalidad particular a la vida. El mundo donde sea posible el
afecto cálido, la tolerancia, la risa y las lágrimas que surjan de la
contemplación estética, necesitará de pieles sensibles, ojos móviles, oídos
agudos que se entretengan distraídamente en las líneas de un paisaje o en el
registro de un poema que rebota sobre las paredes del alma. Concentrarse y
distraerse son momentos diversos de una misma música de la vida humana; en la
distracción surgen las intuiciones, en la concentración se escribe la ciencia;
en la ensoñación se reposan las ideas y en la acción se transforma el mundo.
Son sólo momentos de una sinfonía
humana, pero en la escuela pareciera no
haber momentos de distracción en el ritmo de los niños. Siempre deben
concentrarse, a pesar de que en esta primera fase de la vida todo el encanto
reposa en distraerse y fascinarse. Es, tal vez, difícil para los educadores
entender que no hay momentos para el cuerpo y momentos para el intelecto; si se
aceptara que el intelecto es cuerpo, que el cuerpo es sensibilidad, que la
imaginación es la puerta de la ciencia, las escuelas serían más divertidas y
los niños tendrían menos dificultad de concentrarse.[4]
Vale la pena
contrastar la otra experiencia en la tarea de educar en las comunidades
indígenas. María Teresa Alvarez (1989) registra la experiencia del etnólogo
William Torres entre los Kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta y los Uitotos
y Muinane del Amazonas alrededor de las formas tradicionales de ejercer la
educación. La educación la ejercen sobre la base del ejemplo; las niñas cogen
un cuchillo para pelar una papa o una yuca; los niños juegan a cazar, a recoger
las cosechas o enjalmar un burro. La vida lúdica de los niños tiene una fuerte
ligazón con la cotidianidad de los adultos, es un conjunto pedagógico orientado
a vincular el aprender a vivir dentro del medio con la necesidad de juego en
los niños. Los juegos están
muy ligados a la vida misma, a la cotidianidad, con el objeto de que la actividad
lúdica esté vinculada con aprender a vivir dentro del medio. Hay una gran
libertad, no es frecuente una relación de regaños, de prohibiciones, más bien
se los impulsa a que hagan cosas y en la medida en que los juegos están muy
relacionados con la actividad cotidiana no hay lugar a que sean mandados. Ir
por agua es parte del juego, llevan un calabazo pequeño hasta la fuente; si la
madre va por leña ellos recogen chamicitos; van creciendo sin que haya mayor
separación con las responsabilidades futuras, como que el vivir es todo un
juego. El orden del
conocimiento en los indígenas primero pasa por el “jugar a aprender a hacer” y
luego por la explicación mitológica e histórica en la que encuadran los hecho.
Los indígenas expresan profundas verdades mediante un mito o una narración, es
el poder de graficar verbalmente los conocimientos que necesitan transmitir. Su
cultura se entreteje con las descripciones orales en una fantástica combinación
de imaginación, creatividad y cotidianidad que permite grabar en la mente de
los niños y los adultos las verdades que deben preservar. Siempre hay una
relación entre lo mágico, lo sagrado y lo cotidiano pasando por lo lúdico, como
disfrute, como fruición. Los niños
indígenas del Amazonas al ingresar a la escuela de corte occidental sufren una
gran ruptura: mientras su casa es un espacio totalmente permisivo, en la escuela hay un orden que
sólo permite jugar en el recreo y la educación no es jugando como lo
acostumbran hacer sus padres; la escuela y la maloca son dos ambientes
totalmente distintos para aprender. Los misioneros,
que dirigen los internados, argumentan que hoy en día los niños tienen que ser
“civilizados” y por lo tanto deben aprender a leer y escribir. Como es de
suponer estos niños normalmente pierden varias veces cada grado escolar,
perdiendo su valioso tiempo en que podían ser incentivados a escuchar las
historias y mitos de su tribu e iniciarse en el aprendizaje de la “palabra” a
través de los rituales de las plantas sagradas, las plantas del conocimiento. Estas
descripciones nos acercan a un mundo, que aunque cercano geográficamente, está
a años-luz de nuestras concepciones occidentales sobre el universo, el hombre,
el niño, la educación, los aprendizajes.... si para nosotros la educación es un
proceso desarticulado del ritmo de la vida, para los indígenas hace parte del
orden cósmico que debe perpetuar la comunidad; si nosotros confiamos la
educación a unas instancias que poco o nada tienen que ver con la vida
cotidiana, entre ellos es toda la comunidad (abuelos, chamanes, padres de
familia) quienes participan en la difusión de la enseñanza de la “palabra”.[5] Cómo aprenden los niños. Si los adultos
tuviéramos la suficiente valentía para preguntarle a los niños cómo quieren que
se los eduque, posiblemente nos llevaríamos una gran sorpresa, al descubrir un
mundo inexplorado donde se utilicen otro tipo de parámetros, diferentes al
mundo de los adultos, pues el mundo de los niños -sin idealizarlo- es el mundo
de la imaginación y del contacto con esferas que los adultos hemos perdido toda
aproximación desde que nos dejamos introducir en el mundo de la “realidad”. Cuando la única
realidad permisible, audible a nuestros oídos es la del adulto, se está
permitiendo que se introduzca el desequilibrio en nuestros análisis, pues la
composición de fuerzas está igualmente repartida entre la visión del espíritu
adulto y la visión del niño. Con razón, alguien pensaba que los niños son los
que tienen la llave para abrirnos otro mundo, ellos nos dan la fuerza, el valor
para poder decir lo que tenemos en la cabeza; el niño quiere a toda costa
defender su mundo... y hay que escucharlo mucho, sin pretender educarlo. Hay dos polos en
la vida, cuando se es niño y cuando se es mayor. Siempre se dice: hay que
escuchar a los viejos, pero... a los niños por qué no los escuchamos? Ahí es donde
viene el desequilibrio, se está desarrollando un polo más que el otro porque no
se está alimentando el polo que corresponde a los niños, que plantea
concepciones diferentes del mundo, de la verdad, de la libertad. Por qué,
entonces, únicamente se vale la verdad y la concepción del mundo que tienen los
mayores? Si nos colocamos
en el punto equidistante de esos dos polos estaremos escuchando y aprendiendo
de esos dos polos y así nos podremos aproximar a una verdad, a un valor, a la
libertad. Pero, hoy como
antes, casi nadie escucha a los niños. Es fácil convertir los niños en objetos,
despersonalizarlos, colmarlos de elementos materiales pero no entender todo lo
que el niño puede darnos como sentido de vida, como enseñanza acerca del mundo,
todo lo que su energía es capaz de hacernos sentir que estamos vivos... Pero escuchar al
niño no solamente es oírlo, sino de pronto “irse a viajar con él” en el cuento,
en la historia que él nos está echando, porque esa historia la fabrica con la
visión que no sólo abarca el mundo material, que es la dimensión que
normalmente manejamos, sino que él está elaborando una “carreta” sobre la
concepción completamente libre de cómo enfrentar el mundo, la realidad; es
libre en la medida en que al niño no le da miedo enfrentar ese mundo, esa
realidad. El adentrarse en
el cuento del niño, el irse a viajar con él nos lleva a un momento en que toca
opinar, hay que confrontar su cuento con el nuestro, en que sin decir que se
está de acuerdo, los dos sabemos que estamos compartiendo parte del mundo de
cada uno. Ahí estará el equilibrio. Porque lo que siempre
pretendemos los adultos es querer meter al niño en nuestro mundo, en nuestro
”rollo”, en nuestras leyes, en nuestra normatividad. Y por qué no se integra el
adulto al niño, al mundo del niño, a su normatividad? Simplemente, porque somos
mayores? O porque somos sus padres, o sus maestros, o sus hermanos mayores? Pero, el niño
siempre estará tratando de armar el mundo de su concepción, mediante el juego,
con sus gestos, con sus danzas, con sus cantos, con su actividad.[6] Para acercarnos a
la medida con que los niños construyen su mundo disfrutemos de un cuento que un
escritor compartió con María Teresa Alvarez (1989) “Un
niño le preguntó, cómo son los tigres? n
Mira, el tigre es un animal grandotote,
haz de cuenta como si fuera un gato grandísimo, pero un gato que está pintado
de amarillo y de negro, y tiene unas garras y tiene unos colmillos... n
Ahora sí ya comprendo yo.. n
Qué es lo que comprendes tú? n
.Ahora sí comprendo que era un tigre el
que me había tragado! n
Cómo así, que te había tragado un tigre? n
Ahora comprendo que era un tigre el que
me había tragado, porque cuando estaba en el estómago del tigre, yo si veía que
el sol me entraba a rayas nada más”. El escritor
añadía: “Yo no podría decirte cuál tigre es más verdadero, si ese tigre que yo
conocía, que había visto en los circos, o más verdadero era el tigre que se
había tragado el niño. Ah! Y en efecto lo que el niño está leyendo son cuentos
de personajes a los que se los traga una ballena y yo estoy convencido que
todos cuando fuimos niños quisimos que nos tragara una ballena... entonces, la
visión que el niño tiene del tigre puede ser que esté ligada a lo que ha
escuchado de la ballena... por qué cómo se entiende que alguien pueda escribir
un cuento en el que a un personaje se lo haya tragado una ballena? Si hay
alguien que haya podido escribir esto, yo no puedo pensar que al niño que
estaba charlando conmigo no se lo haya tragado un tigre. Pero para que te
trague el tigre no es necesario que te trague efectivamente, sino que debes
tener la capacidad para sentir que te ha tragado el tigre y que estás dentro
del tigre... y cómo miras desde allí, que es lo más importante, desde el
estómago del tigre hacia afuera. Y la primera
relación que existe es la del sol, porque el sol es el que da la forma a las
cosas”[7]. La escuela imaginada. Si la escuela que
viene ejerciendo el papel de formadora del talento humano recorta las posibilidades
del ser, limita la iniciativa, trata de uniformizar a todos, frustra la emoción
de aprender desde las expectativas individuales, es la reproductora de las normas de una relación vertical, entonces,
imaginemos la escuela que deseamos sea el espacio adecuado para formar en el
presente pero teniendo en cuenta una
visión de futuro. Será una
instancia formadora donde nadie aprenda de la misma manera, una escuela que no
sea standarizada, respetuosa de las individualidades, que estimule la
autonomía, que integre a todos los agentes educativos en la meta común de la
formación integral de los niños, que estimule la vinculación con su entorno y
en una decisión arriesgada pero con futuro, rompa sus paredes para convertir
los espacios de su entorno en escenarios del aprendizaje, donde florezcan las
nuevas formas de educar que orienten a formar una nueva actitud frente al
conocimiento para activar el gusto, el disfrute que conlleva la aventura del
aprendizaje. Como el mundo no
sólo son las “verdades” de lo tridimensional, de lo tangible, de lo objetivo
sino que está compuesto por lo que, hasta ahora, puede ser considerado como las
“mentiras” del componente subjetivo de la vida, se necesita que la escuela sea
flexible en sus concepciones, que sea abierta a todas las lecturas de las
interpretaciones del mundo, para que los niños tengan amplia libertad de
desarrollar sus potencialidades internas según sus inclinaciones, según sus
potencialidades y según lo determine las íntimas motivaciones de su vocación. Será preciso
crear situaciones que promuevan el desarrollo de las competencias linguísticas y
simbólicas en el proceso del aprendizaje, de ahí que debe privilegiarse la voz,
el lenguaje y dentro de ellos, la voz de la familia. Hay que recuperar la voz
de la familia porque los medios de comunicación, principalmente la televisión,
la ha debilitado, prácticamente que la tiene acorralada; porque ante la
ausencia de los padres que la vida moderna los obliga a trabajar a ambos para
poder no sólo sobrevivir sino desarrollarse como personas, se han reducido
drásticamente las posibilidades de compartir los espacios, los tiempos, los
rituales cotidianos alrededor de la mesa. La escuela debe
ser el catalizador que promueva la vida en familia, porque este ambiente
familiar ejercido y vivido conscientemente facilita los procesos del
aprendizaje; se asegura que la voz materna-paterna va a influir positivamente
en la capacidad del niño de imaginar, de crear, de inventar y refuerza los
procesos de la lecto-escritura. Si se quiere preparar a los niños en forma
adecuada para los aprendizajes de la vida, la familia debe recuperar su voz que
se expresa en abrazos, caricias, besos, ternura hacia los hijos. Aparece,
entonces, el rescate de la oralidad en la familia, que en términos corrientes,
significa que los padres descubran los temas y situaciones que provoquen las conversaciones
con los hijos, que se rescate las tertulias alrededor del alimento, que los
intereses familiares nuevamente estén interrelacionados, que se recree el
“calor del hogar”. Este esfuerzo de recuperar la voz hay que alentarlo desde la
escuela estableciendo puentes de intercomunicación entre la escuela y la
familia. Será un volver al niño a la familia. La escuela debe
convertirse en un gran proscenio donde el niño hablando, interactuando
desarrolle su capacidad simbólica; jugando construya su propio pensamiento, su
propia manera de ver e interpretar el mundo; indagando, preguntando disfrute
del asombro al descubrir lo nuevo. Porque su mundo simbólico lo cimenta cuando
se da, cuando habla, cuando pregunta, cuando se ubica. Sobre esta base
el maestro necesitará trabajar más el fenómeno del habla, el símbolo que
determina la competencia lingüística del niño y aprender de las competencias
linguísticas del niño. No serán necesarias, en la primaria, las normas de la
gramática porque no hay división entre el significado y el significante. El niño es un
sujeto que habla y es hablado en una urdimbre de voces. Los cuentos de hadas le
permiten al niño construir los pronombres y entrar en un espacio-temporal donde
construye lo masculino y lo femenino. Aquí la ciencia-ficción juega un papel
fundamental por ser los niños unos grandes televidentes de las series de
dibujos animados. Un profesor que no de cuenta de los “Power rangers”, o de los
“Caballeros del Zodiaco” está limitado para hablar con sus alumnos de primaria,
porque simplemente no tiene la voz de los niños. Los comics, según trabajos de
Eco, constituyen una gran herramienta para el acceso progresivo de los niños al
campo de la lingüística simbólica primero y luego al campo de la escritura. La literatura y
la poesía ocupan también este espacio. El texto literario es ambiguo, tiene
múltiples significados, da la posibilidad para diversas interpretaciones, así
cuando el maestro lo lee, los niños llenan los espacios, que el texto no
trabaja lo suficiente, con sus propios aportes con base en la inmensa capacidad
imaginativa que transpiran. Es un aliento para sus imaginarios, es el oxígeno
para su vida simbólica, es un enriquecimiento que los llena de entusiasmo y de
placer. El maestro en la primaria debe jugar con la narración, debe convertirse
en un gran narrador, un cantor de la historia, la literatura, la poesía...Así
el niño estará encantado, fascinado con la oralidad, pues la lectura, por no obedecer a su cotidianidad ni a sus
intereses inmediatos, le cansa, se aburre. Cuando el profesor asume el papel de
narrador produce un encantamiento tal, que cuando habla de las ranas, el niño
ve que de su boca salta una rana. La poesía, por su
lado, está organizada con una métrica determinada, dispone de una sonoridad
propia, enlaza figuras y palabras en significados profundos y agradables,
siendo cada figuración una invitación al ensoñamiento y al embelesamiento. Para
los niños constituye su alimento principal para recargar las pilas de su
imaginación y de su creatividad. Lo sorprendente es que han descubierto que los
niños que han tenido una iniciación temprana con el texto poético,
posteriormente desarrollan habilidades especiales para entender la lógica
matemática. Empleando esta
metodología de la oralidad la escuela no produciría la brusca ruptura entre el
mundo imaginado infantil y el mundo normativo, serio y adusto de los adultos,
al cual los niños se resisten a entrar de una. En los relatos el niño adquiere
todas las competencias fundamentales para los otros saberes; desarrollan
mayores habilidades para la comprensión entendida como “el meterlo adentro” que
luego les permitirá la expresión como el sacar lo que se tiene adentro mediante
el lenguaje, el habla, el dibujo, los gestos,....etc. La expresión y la
comprensión son dos caras de una misma moneda: “aquello que no se cómo
expresar, no lo se”.[8] Al crear el
espacio del diálogo intergeneracional la escuela debe propiciar la
interrelación generacional vinculando a los abuelos en los ejercicios de la
oralidad; ahí se juntarán los extremos del proceso vital y seguramente los
abuelos aportarán su experiencia, sus vivencias y los niños su interpretación
mágica del mundo, dándose los elementos necesarios para crear nuevas
comprensiones de los procesos vitales. En esta gran sinergia todos saldrán
ganando, los abuelos al sentirse reconocidos, evaluados en sus conocimientos,
valorados en sus potencialidades y los niños entusiasmados enlazando los
productos de su inagotable imaginación con los cuentos y experiencias de los
abuelos. Esta propuesta
supone que cada escuela trabaje su propio modelo según el contexto cultural en
que se encuentre, analizando mucho los comportamientos de la gente, el tipo de
relaciones que establecen, los espacios culturales que manejan, los tiempos
ritualísticos que ejercen, en fin la esfera cultural en que se desenvuelve su
cotidianidad. La creatividad
logra integrar lo emocional y lo racional, estimula el desarrollo biológico y
cultural; se la considera como un mecanismo integrador del orden con el caos,
en la acción tanto física como mental. Los efectos en lo emocional y afectivo
tienden a ser básicos en los procesos cognitivos, si no hay emociones no
funciona bien lo cognitivo. Por lo tanto, la
escuela necesita crear ambientes pedagógicos en los que los actores del proceso
de creación del conocimiento, o mejor de re-creación del conocimiento,
disfruten de unas relaciones horizontales que les permitan ejercer su
autonomía, que sientan que hacen parte de la gran aventura de descubrir el
mundo, que disponen de toda la posibilidad de intentar transformar aquello con
lo que no estén de acuerdo, que siempre son bienvenidos la iniciativa, los
nuevos enfoques, así a primera vista parezcan locos; que toda opinión es
permitida; que la confianza y el afecto guían los procesos del aprendizaje. Se
aprende desde la tranquilidad, no desde la angustia, ni la opresión, menos
desde el stress. Sólo así se estará generando el escenario para que pueda ser
posible la creatividad como efecto lúdico. El juego, como
experiencia cultural, es determinante en la formación de la integralidad en lo
humano; cuando se liga al amor potencia la creatividad, si se vincula a lo
cognitivo potencia la inteligencia.[9] Estos elementos
que le dan colorido a la escuela son los que hay que ensayar para convertirla
en un espacio de crecimiento integral de todos los que ella convoca con el fin
de prolongar la felicidad de los niños en los adultos creativos e imaginativos
que necesita el país. Las fuerzas internas y las del
contexto. La situación de
la escuela de hoy dispone de algunas características favorables para
convertirse en el espacio que brinde una formación integral para los niños. La
mayoría de los docentes disponen de una formación profesional suficiente,
condición que los hace sensibles a los planteamientos de mejoramiento no sólo
desde el interés de los niños sino también desde la conveniencia de sentirse
integrados a un proceso que les aportará nuevos elementos para entender su
tarea y para disfrutarla. Sin embargo será necesario desarrollar procesos de
investigación para entender la calidad de vida de cada escuela para disponer de
la información que permita orientar los cambios según las demandas específicas
de cada una. La participación
de los diversos estamentos que componen la escuela ha empezado a implementarse,
existe ya alguna experiencia que facilitará los eventos de compromiso y
concertación para llegar a los acuerdo mínimos que alienten los cambios y se
empiece a sistematizar lo realizado. A través de los personeros estudiantiles y
de las juntas de padres de familia se podrá sondear las expectativas de estos
dos sectores para vincularlos activamente en la planeación y ejecución de la
escuela con que ellos sueñan. Pero, aún no es suficiente la información que
tienen los representantes de los organismos de participación en la escuela
sobre sus funciones y los mecanismos para ejercerlas. La mayoría de
escuelas disponen de su Proyecto Educativo Institucional como guía que ilumina
la consecución de los objetivos para alcanzar una mejor calidad en los
resultados del aprendizaje, y para conseguir la integración de la comunidad
educativa como requisito esencial para integrar los esfuerzos que permitan
alcanzar las metas programadas. Falta todavía profundizar en la aplicación de
la metodología en la formulación del PEI e integrar en ella a la mayor parte de
los actores sociales vinculados al proceso formativo. La existencia de
una política nacional para la educación consignada en el Plan Educativo Decenal
es un excelente referente para vincular los esfuerzos locales de la escuela con
las áreas prioritarias definidas y con los marcos conceptuales clarificados. La amenaza más
fuerte está en el escaso y deficitario presupuesto que siempre ha tenido la escuela
en nuestro país. El papel estratégico de la nueva
escuela. Si los procesos
de formación en la escuela le permiten a los niños comprender los contenidos
básicos de los aprendizajes en los cuales ellos han sido actores principales se
puede esperar que ellos tengan mayores facilidades para integrarse de una
manera exitosa en la escuela secundaria, pues estarán preparados para penetrar
en conceptos más complejos pero fundamentalmente tendrán mucho que expresar no
sólo oralmente sino que entrarán con entusiasmo en la lectura y en la escritura
como necesidades para ejercer la interlocución. Esta será una
ventaja mayor en la educación superior donde se requiere mayores habilidades
para la lectura, la síntesis y la
comprensión y también niveles adecuados de comunicación escrita. Hacia el
futuro será normal la sistematización de experiencias en los diferentes niveles
de la educación formal y con seguridad aumentará la probabilidad de que
aparezcan líderes que comanden la construcción teórica en los diversos campos
del saber desde el sentir y reflexión de nuestro país. Así se formarán
profesionales de alto rendimiento no sólo académico sino también profesional. Si la escuela
forma en ambientes de respeto a la opinión del otro, en la tolerancia, en la
posibilidad de ejercer la autonomía, en atmósfera de cordialidad, de equidad en
el trato, de afecto en las relaciones estará conformando legiones de personas
con alta autoestima, con gran sentido de pertenencia nacional, con capacidad
para ejercer el buen humor, para encontrar las soluciones a los problemas,
personas que van a ir sembrando por su paso equilibrio y armonía. Con estas
personas en el inmediato futuro será real el ejercicio de la democracia
participativa. La escuela comparte con la familia esta gran responsabilidad de
formar ciudadanos para el país que todos los días soñamos: en paz, próspero,
con alta equidad social pero sobretodo con altos niveles de felicidad y
armonía. |
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[1] BUENAVENTURA, N. La importancia de hablar mierda o Los hilos invisibles
del tejido social. Mesa Redonda. Cooperativa Editorial Magisterio. Bogotá.
1995. Pgs. 9-14.
[2] Ibid.
pgs.26-31.
[3] Ibid. p. 39.
[4] CAJIAO, F. La piel del alma. Cuerpo, educación y cultura. Mesa Redonda. Cooperativa Editorial Magisterio. Bogotá. 1996. Pgs. 24-36.
[5] ALVAREZ, M. El espíritu en las normas y reglamentos escolares. Tesis de promoción. Universidad de Nariño. Pasto. 1989 pgs. 69-87
[6] Ibid. pgs. 90-93.
[8] ZUÑIGA, G. La oralidad una opción increible de aprendizaje en los niños. Inédito. 1998. 3p.
[9] JIMENEZ, C. Pedagogía de la creatividad y de la lúdica. Emociones, inteligencia y habilidades secretas. Mesa redonda. Cooperativa Editorial Magisterio. Bogotá. 1998. Pgs. 31-32.