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Documento:

CRASH: LA FORMA DEL ENTRETENIMIENTO URBANO
PISTAS PARA COMPRENDER EL LUGAR DEL ENTRETENIMIENTO URBANO ENTRE JÓVENES INTEGRADOS.

Autor:

ROCÍO GÓMEZ
Universidad del Valle

Origen:

VII Congreso Nacional de Recreación - II ELAREL
Vicepresidencia de la República / Coldeportes / FUNLIBRE
28 al 30 de Julio de 2002. Cartagena de Indias, COLOMBIA.

 

 

 

 

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Ponencia


 

1.         A modo de resumen

Para el campo de la recreación, el entretenimiento y en particular las formas de entretenimiento urbano, son asumidas muchas veces como antagónicas, por no decir, como enemigos irreconciliables. En recreación, o mejor en varios de nuestros enfoque de recreación, hemos caído en el error de despreciar (por banales y alienantes) las formas de entretenimiento que los habitantes urbanos viven y recrear permanentemente (desde las pantallas de video, de computador, de televisión, hasta los espacios de encuentro como las rumbas, el parche, las barras bravas, el grupo de pares etc,). Nuestra apuesta es sostener que el entretenimiento urbano representa hoy en día una de las claves de estabilización psíquica mas importante para los habitantes urbanos. En ese sentido, es tarea nuestra comprender el lugar que el entretenimiento juega en la constitución de las subjetividades de los jóvenes urbanos (en particular) y de todos los que vivimos las ciudades de hoy (en general) para desde allí repensar el quehacer de los recreadores. Frente al entretenimiento contemporáneo tenemos dos opciones: a)desconocerlo y abonar así el terreno para que las industrias de entretenimiento - uno de los negocios más rentables de la actualidad - continúen lucrándose de la necesidad que los habitantes urbanos tienen de escapar - aún cuando sea momentáneamente - de la lógica enajenante del mundo contemporanéo (una lógica que según Sennett termina por corroer el carácter y hacer que permanentemente nos sintamos "a la deriva"); o b) asumir el reto de comprender lo que allí ocurre para potenciar las posiblidades que existen de encontrar en el entretenimiento urbano contemporáneo formas de vínculo y estrategias de reconocimiento y respeto - parafraseando a Maturana - del otro diferente como un otro legítimo.

 

2. Presentación

La ponencia que sigue a continuación intenta mostrar de forma esquemática uno de los resultados derivados del proyecto «Cuerpo joven y nuevas ciudadanías» que acabamos de finalizar en el Grupo de Educación Popular del Instituto de Educación y Pedagogía de la Universidad del Valle, con el auspicio de COLCIENCIAS.

El proyecto de investigación intentó ser un estudio sobre las formas cotidianas de invención del cuerpo joven y de las apariencias corporales en jóvenes integrados, y aspiró a comprender de qué manera la cultura somática (Pedraza, 1999 a y b) o lo sociosomático (Ewen, 1991) constituye un modo privilegiado no ilustrado de «ser ciudadano y ejercer ciudadanías». Exploró algunas de las vetas críticas y funcionales de esta cultura, e intentó descifrar sus promesas políticas y ciudadanas fundamentales. Para ello analizamos las interpretaciones que estos jóvenes hacen de sus «juegos corporales»; es decir, los juegos sociales en que invierten el cuerpo como recurso fundamental, y las inversiones que se juegan en el cuerpo para hacerlo rendir simbólica y socialmente, esto es, para 'integrarse a'.

 

3. Metodología

Para la selección de los jóvenes participantes, retomamos la categoría de "jóvenes juveniles" (Margulis y Urresti, 1996). Los jóvenes urbano integrados tienen de una moratoria social y vital mucho mas amplia que la de los jóvenes de sectores urbanos marginados. Se consideran "jóvenes juveniles" en tanto la desigual distribución de la moratoria social, les permite posponer el tiempo en que asumen responsabilidades adultas (hogar propio, hijos, vivir del trabajo) y aplazar mucho más que otros jóvenes - "jóvenes no juveniles", siguiendo a Margulis y Urresti - su inserción al mundo adulto. Se trata de jóvenes de capas medias y altas que vivencian los signos e imaginarios transnacionales de lo joven y están fuertemente integrados a los circuitos de consumo, diseño y autovigilancia del cuerpo.

Excluimos jóvenes miembros de grupos estructurados de participación, movilización y organización social, producción cultural o gestión política formal (partidos políticos, grupos artísticos formalmente constituidos, grupos juveniles ) por considerar que en ellos podía ya existir una visión crítica o de alguna manera contestataria frente al consumo. Privilegiamos aquellos jóvenes que desde sus nichos cotidianos construyen en ocasiones formas de resistencia y en otras proceden cómplices y pasivos frente a las imposiciones de los mercados del cuerpo y la belleza corporal.

En el proyecto no pretendimos cubrir muestras estadísticas representativas de la población joven urbana, sino acercarnos a jóvenes que nos pudieran indicar percepciones diferenciadas de trayectos y proyectos corporales, visiones plurales de los usos del cuerpo y experiencias múltiples de corporalidad. En ese sentido, privilegiamos estrategias metodológicas (Grupos de Discusión y Biografías de Cuerpos) que nos permitieran motivar en los jóvenes participantes la construcción de diversas formas discursivas y narrativas sobre sus propios cuerpos e identificar rutinas corporales, esquemas prácticos, creencias acerca del cuerpo, recorridos, prácticas corporales, formas de accesamiento y tratamiento del cuerpo y sus relación con la construcción de ciertos tipos de subjetividades y de formas propias de ejercer ciudadanía. Las otras estrategias metodológicas que desarrollamos fueron las siguientes: inventario de infraestructura pública o equipamento público para el diseño corporal en Cali; análisis de los preconceptos que tenían los monitores sobre su propio cuerpo; descripción compleja de espacios de encuentro juvenil en Cali y el Seminario de Investigación.

 

4. El aburrimiento: la urgencia de accidentes

Nada define mejor el «desencanto de los jóvenes urbanos» que el aburrimiento. El aburrimiento, que era una condición sencillamente impensable hace algunas décadas en nuestras sociedades, se ha instalado en la conciencia de los jóvenes urbanos y sus familias como signo y síntoma de que algo ha cambiado para siempre. En culturas y sociedades del hambre, subalimentadas, campesinas, la distribución del tiempo, el activismo del trabajo y sus rutinas, hacen impensable un estado o tiempo en que el joven, el adulto, el niño, incluso el viejo estén aburridos. Aburrimiento alude a inactividad, ganas de no hacer nada, inmovilidad, depresión: es decir, una experiencia personal y privada, un asunto interior que implica la posibilidad de estar en inactividad, sin hacer nada. Más que el desencanto lo que define algunas dinámicas y actitudes juveniles es el aburrimiento. Aburrimiento es «ausencia de proyecto», pero sobre todo «ausencia de voluntad de proyectos». Los jóvenes integrados viven como síntoma difuso y extendido, lo que los padres y adultos encubren con trabajo, drogas, terapias, consumo. El aburrimiento es el reverso de las demandas de experimentación.

Este impulso fuerte a la experimentación y hacia la maximización de las oportunidades de vivirlo todo, implica -de otro modo- una desmasificación y des-mediatización de la comunicación social; pone a la ciudad y sus dinámicas de encuentro en donde antes estaban los medios de comunicación masiva y las pantallas; instala un repertorio de rituales de encuentro corporal en donde antes estaban los códigos de conducta que ofrecían las modas y los media; y estimula iniciativas de exploración y experimentación personales y propias en relación con el grupo de pares, en donde antes había prescripciones proyectadas por los ídolos mediáticos. Esta desmasificación y desmediatización de la comunicación social, y la articulación de una red de prácticas de comunicación que integra lo que pasa por las pantallas con los nodos de encuentro en la ciudad, la invención de rituales y el refinamiento de toda suerte de formas de entretenimiento urbano (incluidos los juegos de guerra y combate, el impulso a la velocidad maquínica, la música-baile, los viajes de exploración y la comunicación telefónica), es consistente con las particularidades de esta cultura que se vuelca hacia la experimentación directa o vicaria de todo lo vivible con y en el cuerpo, y contra el aburrimiento.

Una idea, paradójica, puede ser muy útil para comprender en qué sentido podemos hablar de un dis-locación de lo que entendemos por «mente» y «cuerpo» en un entorno urbano en que las condiciones de vida se hacen «provisorias», por un lado, y «abundantes», por el otro.

Sennett nos alerta sobre cómo el neocapitalismo y en particular las nuevas condiciones laborales (contratos a termino fijo, empleos inestables, ausencia cada vez mayor de protección y seguridad social para los trabajadores), contribuyen especialmente a la conformación de subjetividades cada vez más fragmentadas y dispersas (imposible, pensarse a largo plazo), carentes de referentes estables que les permitan constituir narrativas lineales. El neocapitalismo corróe nuestro carácter. Todo está a la deriva, todo es provisional. El cortoplacismo es la ley. Sabemos por Virilio y Benjamin que es perfectamente compatible, en el ámbito urbano, una intensificación y multiplicación de los «accidentes» y «vivencias» con la desaparición de la sensación de «accidente» mismo, el anestesiamiento momentáneo de los sentidos. El shock. Con Benjamin sabemos que el incremento de las vivencias, de las situaciones límite, puede procurar un estado de cosas en que -sencillamente- perdemos el sentido, no podemos transformar en experiencia un caudal ilimitado de vivencias. Como los soldados que vienen de la I Guerra Mundial, el habitante urbano sometido a una andanada de vivencias extremas se abotaga, no puede entender, no puede narrar, no deriva sentido de todo aquello que pasa en la vida urbana. Con Virilio comprendemos que el régimen técnico contemporáneo ha exacerbado aún más lo que en la urbe benjaminiana apenas empezaba a revelarse. Es posible, simultáneamente, un incremento exponencial de la velocidad y, al mismo tiempo, un aumento congruente del control y la maniobrabilidad. Es un principio técnico muy significativo. Es decir, como lo sabe -por ejemplo- cualquier conductor de automóviles o cualquier operador de videojuegos, al incrementar la velocidad de las operaciones y coordinaciones técnicas aumenta la maniobrabilidad y fluidez, de tal manera que en un entorno de muchas coordinaciones y flujos veloces -como en la red internet, en la bolsa de valores, en la caminata urbana entre la muchedumbre y en el movimiento de capitales financieros en tiempo real- la velocidad es una condición para operar eficientemente. Alta velocidad, menor frecuencia de accidentes. Comparado con, por ejemplo, lo que ocurría al empezar la era del automóvil, el porcentaje de accidentes de tránsito no se ha incrementado al ritmo del parque automotor. Los accidentes de tránsito, en Colombia, suelen ocurrir en el día, los fines de semana o en las horas de mayor congestión. Sin embargo, mientras en el pasado había muchos accidentes, pero con efectos locales, muy poco abarcadores (el choque del caballo y el auto, en una esquina de Montevideo, que describe Galeano), hoy hay -comparativamente- menos accidentes, pero con efectos más abarcadores o globales: como esas colisiones de medio centenar de autos en las autopistas norteamericanas; o como los crash financieros en la bolsa de valores debido a «pequeños errores» de apreciación; o como la caída del Pathfinder en Marte por pequeños errores de conversión y programación al calcular ciertas medida en centímetros y otras en pulgadas. La ausencia de «accidentes» debido al incremento de la velocidad que procura una más eficiente coordinación de operaciones técnicas es, para Virilio, la gran catástrofe, el gran accidente, ese que no podemos percibir. Si la percepción del «tiempo» tiene que ver con las variaciones o accidentes, una intensificación extrema de la velocidad que ofrece una mayor eficiencia en la coordinación de operaciones, implica la supresión del tiempo mismo. O, podría decirse de una manera invertida: hay tantas variaciones o accidentes, ocurren a tanta velocidad, que ya no es posible percibirlos, es decir, derivamos hacia -lo que llama Virilio- una auténtica urbanización del tiempo. Un tiempo pavimentado en que las grandes irregularidades desaparecen mediante la veloz multiplicación de irregularidades capilares y pequeñas conduce a la paradoja de dejar de percibir variaciones, esto es, conduce al empobrecimiento de la experiencia, conduce a la catástrofe temporal por excelencia de que habla Virilio, aquella que nos sumerge en un continuo presente, la ausencia de tiempo, el aburrimiento. La caída en la calidad de vida urbana tiene que ver menos con que «ya no pasa nada», que con «pasa de todo cada día», de tal manera que estamos en shock continuo, vivimos la catástrofe de no percibir accidentes (esto es, variaciones en el tiempo) en virtud de la intensificación e incremento infinito de los pequeños accidentes, las pequeñas variaciones. Nada parece cambiar porque todo cambia muy rápido. No parece haber tiempo porque el tiempo (los accidentes que nos permiten percibirlo) se despliegan con mayor velocidad. El incremento exponencial de las velocidades (cercanas a la luz) en las operaciones teletópicas [en el doble sentido: la posibilidad de intervenir un topos a distancia (como en las cirugías a distancia o el telecomando -en tiempo real- de un dispositivo de viaje espacial), y la posibilidad de hacer un topos telemáticamente (realidad virtual, videojuegos)], procuran el sentido contemporáneo del «en tiempo real». Ya lo hemos dicho antes, usando a Virilio: un mundo en que el principio técnico es el incremento exponencial de la velocidad produce el incremento del control a gran escala, pero también deriva en el reverso: «los pequeños accidentes» se traducen en grandes catástrofes (exponencialmente se difunde el virus informático a través de la red; o un error minúsculo de programación echa al traste un nuevo software y las simulaciones que generaba). Virilio señala el talante de nuestro tiempo: oscilamos entre la «ausencia de accidentes» y la presencia de catástrofes cada vez más abarcadoras, e incluyen tanto las «reales» como las «imaginadas».

Sugerimos, entonces, que a la deprivación del tiempo (la pérdida de sentido del tiempo) le sucederá, como mecanismo compensatorio, la hipertrofia del espacio-cuerpo. Como si a falta del sentido del tiempo, afirmar el espacio-cuerpo, tantearlo -como ocurre cuando queremos asegurarnos de que no estamos dormidos, de que hemos sobrevivido, de que estamos «aquí y ahora».

Esta situación es esencial para entender el entretenimiento contemporáneo. La urbanización del tiempo, la rutinización que deriva de la ausencia de rutinas, despliega -por un lado- un orden que maximiza la maniobrabilidad a condición de moverse a la velocidad del descontrol; y por el otro lado, la amenaza de catástrofes cada vez más profundas y extendidas. De nuevo, el efecto-provisoriedad en los sectores integrados. No son las principales víctimas de la violencia homicida, pero la percepción de inseguridad (léase, la sensación de inminente catástrofe) se intensifica en sus vidas. De nuevo, las paradojas: puede haber -como ocurre en nuestras ciudades- un aumento sustancial del estándar de vida de los sectores integrados, y un aumento significativo de la percepción de inseguridad, esto es, de riesgo inminente. Respecto a esta situación desdoblada (maniobrabilidad en la velocidad y percepción de catástrofe), urbanización -modulación de toda accidentalidad- y catástrofe (imaginada y real) se entiende el papel que jugarán tanto la inversión en seguridad como en entretenimiento. Ambos operan eficientemente esta subjetividad que oscila continuamente entre la ambigua relación con lo catastrófico (a veces fascinada, a veces angustiada) y con el tiempo/espacio urbanizado (a veces deseado, a veces opresivo).

Algunas dinámicas de entretenimiento y algunas terapias (el turismo, el ascenso místico-religioso, los juegos de guerra, los deportes extremos) pueden ser leídos como mecanismos a través de los cuales sectores integrados de la población urbana se las arreglan para «fugarse periódicamente» de la catástrofe temporal. Fugas hacia «accidentes o riesgos controlados», los pequeños accidentes del cuerpo, que vuelven vívida la vida. Creemos que el problema de la vida intensa y emocionante como modelo deseable de vida, se manifiesta fuertemente bajo un deseo del «cuerpo accidentado» en diversas formas: a) la del evento trágico en el accidente de tránsito, en la tragedia natural y en la tragedia social asociada al robo/secuestro; b) la del evento controlado de riesgo limitado en el jumping, en el juego-parque de aventuras, en el consumo de drogas; y c) en el del riesgo calculado, en la forma de deportes extremos.

Si el trabajo contemporáneo, crecientemente intelectualizado, produce estrés, no es porque sea rutinario -dar clases no es una tarea rutinaria, escribir informes de investigación o informes técnicos en una empresa no es una tarea rutinaria- sino porque no lo es, es decir, porque cada día implica improvisar, inventar y regular, obrar oportunamente, evitar errores y desenvolverse en condiciones con márgenes importantes de incertidumbre. Respecto a este tiempo rico en accidentes que es el trabajo contemporáneo en los sectores más dinámicos e intelectualizados de la economía, el entretenimiento resulta, en primer lugar, un «accidente fuerte» y, en segundo lugar, un «accidente controlado». «Accidente fuerte» refiere a «extremo», es decir, fuertemente diferenciado respecto al tipo de «accidentes continuos» que ocurren en el todo los días de la vida urbana: esa diferencia puede encontrarse tanto en «la quietud» del yoga o las formas contemporáneas de la contemplación y la mística zen, como en «el golpe extremo» del jumping, paint ball, la rumba trance o el eco-turismo. Un espacio/tiempo sustancialmente distinto al de todos los días. Habrá cuatro formas básicas del entretenimiento en tanto «accidente». Cada una de ellas se configura alrededor de dos principios: fugarse del tiempo urbanizado y acentuar la relación cuerpo-espacio. Las fugas del tiempo urbanizado pueden adoptar la forma del retrotraimiento a un «tiempo otro» más lento, quieto, natural o pueden adoptar la forma de la inmersión en un «tiempo más veloz». Hablaríamos, entonces, de fugas hacia delante o hacia atrás respecto al tiempo urbanizado. Las formas de intensificación de la relación del cuerpo con el espacio se manifestarán como a) in-corporación o realización del ideal de mundo ilimitado y abierto, al ideal de «ser otros cuerpos» : formas de estimulación fuerte y orgiásticas mediante el rozamiento con otros, y b) in-corporación del ideal de representación del yo, el ideal restrictivo de una vida personal e individualmente vivida, que se expresa -por ejemplo- en la economía de la emoción romántica y sensibilera alimentada por una versátil y extendida industria de objetos de la ternura (peluches, tarjetas, música y canciones de amor).

 

5. Entretenimiento urbano y miedos: la ciudad masajea.

Los entretenimientos urbanos consideran una enorme diversidad de operaciones. Desde salir a vagabundear por la ciudad o ir al centro comercial, hasta caminar o desplazarse hacia sitios específicos de encuentro joven (La Loma de la Cruz, la Estatua de Sebastián de Belalcázar), desde ir a Pance hasta jugar maquinitas, desde ir de rumba hasta instalarse en la terraza de la casa a escuchar música y mirar las estrellas. Ir de paseo, ir de rumba, «salir», «viajar». Lo esencial del «entretenimiento urbano» es «salir/viajar»; es respecto a la interioridad doméstica o la interioridad escolar que adquiere sentido «tomar la calle». E implica una disposición de entrada. «Tener en la mente el deseo de divertirse o pasarla bien» (Daniela). El entretenimiento urbano se ofrece como un ejercicio de «viaje», «salida»; la disposición a «estar en otro lugar» y «otro tiempo». Demanda algún tipo de vagabundeo y, en algunos casos, de marcha en grupo. Las variaciones de itinerario son una fuente inestimable de placer, cambiar de rutas, entrar en terrenos desconocidos, explorar. Pilar suele reunirse son sus amigos en la estatua de Sebastián de Belalcázar, o en la Loma de la Cruz o en San Antonio. Van en la noche, la hora en que la ciudad se ilumina. Van en grupo; y en los últimos días ha dejado de ir desde que el «grupo de amigos» se disolvió. Le gustan estos lugares porque allá se arraciman otros jóvenes. «Uno sale para olvidar lo que es la casa y el colegio, [por eso] uno sale con los amigos. Llevábamos cámaras fotográficas y tomábamos fotos de la ciudad». Van a comer, conversar y sentir el viento. La cámara fotográfica (o de video) prolonga el con-tacto con la ciudad y el comer prolonga los placeres del cuerpo. Disponer el cuerpo y la mente para ello. Nótese que esta disposición difiere de la «posición del que ve televisión», en que se espera que el entretenimiento provenga del dispositivo, no del sujeto. El entretenimiento urbano supone un sujeto dis-puesto a «pensar en otras cosas», situar el cuerpo y la mente en otro lugar que no es el del día a día. Este dato es relevante porque sirve para situar una diferencia sustancial entre «el entretenimiento mediático y el entretenimiento urbano-espacial». Pero, sobre todo, es una operación de higiene y limpieza respecto al pensamiento de terror y miedo de todos los días, la procesión de pequeñas y grandes catástrofes imaginadas y plausibles que cruzan sus cabezas día a día. El miedo urbano encarna de manera particular en la síntesis y producción continua de ideas e imágenes de accidentes y catástrofes. Pero es necesario insistir en que lo catastrófico es, al mismo tiempo, repulsivo y seductor, galvaniza la vida urbanizada, introduce nuevas energías. Anima.

Dos tipos de miedos se repiten en los relatos y opiniones que manifiestan los participantes en los Grupos de Discusión. Por un lado, el miedo a cualquier forma de «predación o inhabilitación social». Por otro lado, están los miedos propios de la convivencia urbana: miedo a ciertas zonas y a ciertas horas de la ciudad, terror a las bombas, atracos, violaciones y accidentes de tránsito. El colegio y la casa constituyen dos nichos relativamente seguros o de baja exposición a los riesgos de la inseguridad urbana; pero es necesario un puente de desplazamiento seguro entre ambos: para ello se configura una red de transporte privado o semiprivado (no público) que reduce la exposición al segundo tipo de escenarios: la calle más o menos transitada y el bus de transporte público. En la escala de riesgos de seguridad, el imaginario de las capas medias urbanas prevé que el bus público y la calle son riesgosos. En una zona más gris estarían la vecindad y las casas de familiares y amigos. Y en esta topología del miedo habría dos lugares «abiertos o expuestos» cuya escala de riesgos es diametralmente opuesta: el centro comercial y el barrio popular. Las barriadas populares dejan de ser objeto de recorrido, pues consagrarían las zonas de mayor riesgo. En una zona intermedia estaría el centro de la ciudad. Y en el extremo de la seguridad y protección relativa estaría el centro comercial. La discoteca, el gimnasio y diversos centros de entretenimiento considerarían menores riesgos, pero implicarían algún tipo de dinámica de control/protección (auto/taxi, vehículo privado; control de tiempo, llamada telefónica para reportarse, celular). Entonces el miedo urbano ha derivado, en estos jóvenes una topología de la ciudad: zonas privadas de alto uso y de bajo riesgo (la casa y el colegio, en particular); zonas público-privadas de mediano uso y riesgo limitado (la vecindad, las casas de amigos y familiares); zonas privado-públicas de alto uso y bajo riesgo (el centro comercial, el gimnasio, la discoteca); zonas abiertas de alto riesgo (barriadas populares, el centro de Cali, el bus urbano público en ciertas rutas).

Los entretenimientos y los miedos urbanos derivan su sustancia del tiempo urbanizado. Dicho de otro modo, el entretenimiento urbano no es el entretenimiento que suele darse en la ciudad a través de una variedad de dispositivos técnicos, sino aquel que deriva de la urbanización del espacio/tiempo. Benjamin intuyó las claves de este entretenimiento -asociado a las condiciones de vida urbana- cuando puso el énfasis en la dimensión táctil (no la dimensión óptica y visual) del cine y la arquitectura. Benjamín describe el salto que va del recogimiento contemplativo de la plástica pictórica al escándalo y la distracción dadá, que es -en sentido estricto- el salto que va de la experiencia contemplativa visual a una táctil, como la del cine. ¿Qué quiere decir, según Benjamin, experiencia táctil, en qué reside lo táctil del dadá y del cine? ¿Qué es calidad táctil?. ¿Por qué según Benjamin es lo táctil el principio fundamental de distracción del cine?. Táctil alude, en Benjamin a tres cosas juntas: a) movilidad y cambio de escenarios, b) cambio de enfoques o puntos de vista (angulación, encuadre, movimiento de cámaras), que derivan en c) un choque (shock) que se adentra en el espectador. Táctil es un proyectil (en el sentido de que se adentra, penetra, sacude el cuerpo). Mientras ante un lienzo nos abandonamos a la contemplación; frente a un «plano cinematográfico» no. «Apenas lo hemos registrado con los ojos y ya ha cambiado». Benjamin cita a la opinión de Duhamel con respecto al cine: «Ya no puedo pensar lo que quiero. Las imágenes movedizas sustituyen a mis pensamientos» (Georges Duhamel, Scènes de la vie future, Paris, 1930). Esta experiencia se irá intensificando con el siglo hasta el punto en que algunos declararán que, frente a la velocidad de las imágenes, ha muerto el pensamiento. Es la velocidad de la imagen más que la imagen en sí misma lo que impide el reposo necesario para pensar de acuerdo al sentido clásico e ilustrado, es decir, de acuerdo a la distancia y contemplación reposadas, el recogimiento y la distancia. La velocidad es, entonces, un asunto táctil, no óptico. El efecto de choque en el cine consiste en que el pensamiento de quien contempla queda interrumpido conforme cambian las secuencias. El efecto de choque es una experiencia táctil por excelencia. En ese sentido, para Benjamin el cine es la forma artística del hombre contemporáneo, aquel que vive la ciudad en tanto continua exposición al choque y la velocidad, al tráfico, a la arquitectura.

Una cosa es poner el acento sobre el entretenimiento urbano en la visualidad/imagen y otra en la proxemia/espacialidad: mientras la visualidad/imagen está asociada a una cierta hipetrofia de la mirada, una cierta pulsión escópica (apetencia del ver) y pulsión icónica (voluntad de darle orden a lo visto) de acuerdo con Gubern (1996); la proxemia/espacialidad estaría asociada más bien al tacto y al sentido de la ubicuidad y la cenestesia (conciencia de lugar con el cuerpo). El entretenimiento urbano es sobre todo choque e inmersión (en el sentido de fuga). Choque e inmersión como ocurre en el videojuego, en el vagabundeo urbano, en el concierto de música a campo abierto. Como ocurre en la catástrofe vivida e imaginada. Implica el estremecimiento del cuerpo. Le demanda al cuerpo y al tacto todas sus posibilidades cinestésicas y cenestésicas: es más masajeo que mensaje. Implica contacto y rozamiento. Supone a la ciudad y al cuerpo mutuamente expuestos, abiertos, dispuestos, y los mecanismos anexos de entretención sólo vienen a sumarse a esa disposición: el baile, la cámara fotográfica, el rito de comer, la bebeta, trepar a lo alto de la ciudad sólo surten efecto si hay la disposición a «salir y exponerse a pasarla bien», es decir, una disposición en que el sujeto mismo -y no el texto, el medio, la técnica- es el recurso fundamental del entretenimiento. El entretenimiento mediático supone al texto mediático como fuente de operación; el entretenimiento urbano no necesariamente lo requiere. Se ofrece, además, como una oportunidad para «pensar en otra cosa». Y como ocurre con el entretenimiento en general, siempre opera transitoriamente, a diferencia del carnaval descrito por Bajtin, que desafía las restricciones de tiempo y espacio. Bajtin nos advierte que cerrar la dinámica del carnaval era un problema crucial, pues el pueblo siempre quería prolongarlo más allá del calendario oficial. Eso diferencia significativamente el entretenimiento contemporáneo del carnaval. Es respecto al entorno social en que funcionan que puede distinguirse la celebración orgiástica en el carnaval, el espectáculo de feria, y el entretenimiento (sea mediático o no). El primero instaura otro mundo, que invierte el de la vida ordinaria, lo trastoca temporalmente. «La fiesta se convertía en esta circunstancia en la forma que adoptaba la segunda vida del pueblo, que temporalmente penetraba en el reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia» (Bajtin, 1987). El espectáculo moderno, en cambio, escinde y separa lo que en el carnaval estaba junto: separa la negación del mundo -la parodia- y el mundo ordinario. El espectador se sumerge en el espectáculo que, al terminar, lo restituye a su vida ordinaria. De ahí la declaración, quizás nostálgica de Benjamin (1932) cuando cita a Leonardo Da Vinci: [el cine] «no tiene que morir apenas se llama a la vida». Pero en el mundo del espectáculo moderno, el show muere en cuanto se llama a la vida, es decir en cuanto se sale de nuevo a la calle después de disfrutar el filme. Ese mundo ilusorio y fílmico no se prolonga duraderamente en la vida propia. El espectador es un consumidor cuya fruición y placer no dura más que el tiempo del espectáculo, ese show que lo arroja temporalmente a un mundo que no controla. El entretenimiento nos sitúa en otro orden de cosas: el del control operativo. En el entretenimiento, desde el jumping hasta el videojuego, desde el viaje psicodélico hasta la rumba trance, desde la real tv hasta la montaña rusa, desde el viaje turístico hasta las citas a ciegas -vía agencias matrimoniales-, siempre es posible volver a empezar y retomar el control, reiniciar la marcha, detener el decurso, suspender, aplazar u ordenar el momento de start. Dicho de otra manera, en el entretenimiento toda la terapia consiste en el desafío de mantener durante el mayor tiempo posible el control sin distraerse, concentrarse en las secuencias, dominar a gusto (y hasta donde sea posible) los mecanismos que proveen las emociones. No hay sorpresas. Riesgo controlado.

Pero no sólo habría este tipo de «entretenimiento urbano», susceptible de una cierta administración a través de algunas industrias culturales. Existe el pequeño «entretenimiento urbano» que adopta la forma del «rito singular» y rinde simbólicamente en tanto introduce una brecha en el tiempo urbanizado: trepar a la terraza de la casa para ver la noche, encerrarse en el cuarto, hablar por teléfono, escuchar música, salir a dar una vuelta, disfrutar las noches de llovizna viendo la lluvia a través de las luces fluorescentes.

La invención de rituales personales, de grupo, de pares es también un modo de movilizar entretenimientos. Slavoj Zizek (1999) señala justamente esta condición del mundo contemporáneo: lo que en el pasado era un saber evidente, dado y heredado, se transforma en saber que elegimos y aprendemos. Pero esa condición -todo lo que antes sabíamos de manera heredada, ahora puede (posibilidad) o debe ser reaprendido, inventado, improvisado- indica un nivel de angustia e inseguridad sin precedentes. Los padres nunca están seguros de si deben regañar o no a sus hijos; no hay tradiciones legítimas que permitan afirmar la acción cotidiana. Entonces la excesiva ritualización (ritos nuevos y viejos) es lo que permite llenar de sentido este mundo rico en incertidumbres. En ese sentido, la «juvenilización» del mundo contemporáneo tiene que ver menos con la sobrevalorización formal de lo joven, que con la condición inestable del mundo mismo, la ruptura interna con las tradiciones. Decidir cómo alimentar a los chicos, cómo curar una enfermedad menor son «saberes» que progresivamente se profesionalizan, es decir, no hacen parte del stock de conocimientos heredados del grupo familia. Entonces materialmente el mundo se ha hecho «joven» al propiciar la necesidad continua de aprenderlo todo de nuevo para tomar decisiones. La invención de ritos expresivos se convertirá en mecanismo privilegiado para darle forma y contenido a un mundo en que las sensaciones auténticas y las emociones verdaderas se convierten en fundamento de una ética de nuevo tipo.La juvenilización del mundo y su sobrerritualización es un efecto del mundo inestabilizado, es la forma que adopta en virtud de la ampliación de posibilidades. Es el ritualismo profano (Abril, 1997) en que, de acuerdo con González Requena, «Los significados son restituidos por "pactos contingentes de lectura", y no ya por interpretaciones fundadas en robustos sistemas simbólicos compartidos socialmente».

Si pudiera resumirse en una metáfora topológica, habría que decirlo en los siguientes términos: en el pasado, la vida era como un viaje en tren, con sus rieles prefigurados (las tradiciones, la costumbre, los hábitos heredados, el sentido del deber y las prescripciones sobre lo que uno debía ser), que conducían a ciertas estaciones (ritos de paso: alargue del pantalón, primer sexo, corte de pelo, quince años, diplomas escolares, viaje al cuartel, matrimonio, jubilación). Nos movíamos en un terreno que consideraba rutas previsibles (alternativas de trabajo definidas por las condiciones y herencias -capitales- de la familia; novios y amores que pertenecían al propio entorno de vida -a menos que hubiera dinámicas migratorias...). La condición contemporánea es como el surfing: se trata de moverse sobre aguas y mares abiertos en que jamás se puede advertir trazas de la ruta seguida -memoria, tradición-, ni metas o proyección hacia delante; en que hay que aprovechar las corrientes (selectividad oportunista); y en que continuamente hay que hacerse a «islas» (ritos de llegada, celebraciones, mojones de referencia) para encontrarle sentido a ese viaje a mar abierto. Nunca se «sienta cabeza», porque eso clausura opciones y estrangula la vitalidad necesaria para seguir moviéndose. Los ritos permiten intensificar la navegación a mar abierto.

En el entretenimiento urbano hay la demanda de encontrar espacios en el que el "control" sea posible, en el que ocurran "accidentes" que rompan - paradógicamente - con la sobreexposición de accidentes a los que estamos sometidos los habitantes urbanos. Y eso implica que estamos frente a un terreno de trabajo complejo y urgente de ser encarado por el campo de la recreación.

 

Bibliografía

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