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Documento:

EDUCACIÓN ESTÉTICA Y ANIMACIÓN CULTURAL:
REFLEXIONES

Autor:

Prof. Dr. VICTOR ANDRADE DE MELO
Universidade Federal do Rio de Janeiro. Brasíl.

Origen:

VIII Congreso Nacional de Recreación
Vicepresidencia de la República / Coldeportes / FUNLIBRE
27 al 29 de Mayo de 2004. Bogotá, D.C., COLOMBIA.

 

 

 

 

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victor@marlin.com.br


 

RESUMEN

 

A partir de la década de los 80, en el Brasil se tornó más común el esfuerzo de repensar el papel tradicionalmente ocupado por el profesional del ocio. Crecientemente han sido señalados los limites de una actuación tareista que restringe a tal profesional al papel de solamente ofrecer un conjunto de actividades, teniendo poco en cuenta las características del contexto en que actúa, así como la no comprensión completa de su importancia en cuanto educador que debe tener un claro compromiso con la intervención en el orden social en el sentido de una superación del status quo. A partir de entonces, han sido comunes las críticas al concepto tradicional de “recreación”, procurando destacar la necesidad de que este profesional asuma la dimensión de un animador cultural, tarea sensiblemente más compleja. Si tales reflexiones fueran de gran importancia, se puede entonces observar una cierta tendencia a la uniformización de los discursos, que muchas veces acaba por esconder la necesidad de buscar nuevas referencias teóricas, que puedan tornar más claro el proceso de intervención de la animación cultural. Algunos esfuerzos hasta priman el trazar un conjunto de características del animador cultural, sin que el propio proceso de animación haya sido discutido con profundidad e innovación. Este artículo tiene por objetivo discutir algunas miradas sobre la animación cultural a partir de aproximaciones con la Estética, comprendida como disciplina filosófica, y con las reflexiones construidas por los estudiosos de los Estudios Culturales. La pretensión básica es que este conjunto de miradas, más que afirmarse como verdad inamovible, pueda retomar y hasta reorientar la discusión acerca de la temática.

 

Palabras-Claves: animación cultural; Estética

 

 

 

 

Introducción:

 

“Lo que los grandes empresarios dicen en contra de los grandes agitadores es la mas pura verdad: son un  grupo de personas entrometidas y perturbadoras  que se dirigen a las camadas perfectamente contentas de la comunidad y esparcen en su seno las semillas del descontento. Esta es la razón por la cual los agitadores  son absolutamente necesarios. Sin ellos, en el estado de imperfección en que nos encontramos, no habría avances en la civilización[1].

 

 

A partir de la década de los 80, en el contexto de reevaluación de la instituciones brasileras, típico del periodo post-dictadura, se hizo más común en el Brasil el esfuerzo por repensar el papel tradicional que ocupa el profesional del ocio. El señalamiento de los límites de una actuación tareista que restringe a tales profesionales al papel a solamente ofrecer un conjunto de actividades sin tener en cuenta las características del contexto en el que actúan, ha ido en aumento, sobre todo en el ámbito del discurso, aunque menos en el de la formación profesional y los forum de acción. También se señala la no completa comprensión de su papel en cuanto educador, con un claro compromiso de la intervención que realiza en el orden social, en cuanto a la superación del status quo. A partir de entonces han sido comunes las críticas al concepto tradicional de “recreación”, procurando destacar la necesidad de que estos profesionales asuman la dimensión de un animador cultural, tarea sensiblemente más compleja.

 

Si tales reflexiones fueran de gran importancia, se puede observar una cierta tendencia a la uniformización de los discursos, que muchas veces acaban por esconder la necesidad de buscar nuevas referencias teóricas que puedan aclarar el proceso de intervención típico de la animación cultural. Algunas esfuerzos hasta priorizan la enumeración de un conjunto de características del animador cultural, sin que el proceso de animación en sí se discuta con profundidad e innovación, llegando a dar a veces, en casos extremos, la impresión que se trata de un problema resuelto.

He buscado conjugar iniciativas con el propósito de aclarar las posibilidades e intencionalidades  de la actuación del animador cultural, presentando los limites de sus consideraciones y formular nuevas comprensiones a cerca de este proceso especifico de intervención pedagógica.

 

Es así como este artículo tiene por objetivo discutir algunas miradas sobre la animación cultural a partir de aproximaciones  con la estética, comprendida como disciplina filosófica, y con reflexiones construidas por los estudiosos de los estudios culturales.

Mi pretensión básica está en que este conjunto de miradas más que afirmarse como verdad inamovible, pueda retomar y hasta reorientar la discusión acerca de la temática de alguna forma contribuyendo a ventilar los pensamientos en el área de estudio del ocio.

 

 

La educación estética

 

“Poco afecto a las formas de la escuela, no estaré en peligro de pecar contra el buen gusto por su mal uso. Mis ideas nacidas antes, del trato regular conmigo mismo que de la rica experiencia del mundo o de la lectura, no negarán su origen; serán culpadas de varias fallas, pero no de sectarismo; llegarán a caer antes por debilidad propia que quedarse en pie por autoridad y fuerza ajena [2]. 

La animación cultural es un proceso de intervención pedagógica que tiene como su preocupación y estrategia central la cultura, el núcleo de su actuación (“ánima”, alma). Desde el inicio entonces debemos comprender que la intervención en el ámbito de la cultura significa tener  en cuenta que, más que con valores estaremos trabajando también con percepciones, sensibilidades. De manera más explicita podemos afirmar que existe una permanente articulación entre ética y estética: determinadas percepciones, sensibilidades, pueden ajustarse o corresponder a un determinado conjunto de valores, pero más difícilmente podrán prescindir de estos. Al observar tal articulación de forma más compleja y dinámica, debemos hasta decir que las sensibilidades simultáneamente expresan y corresponden a conjuntos de valores, de la misma forma en que los valores se ajustan y corresponden a determinadas percepciones.

 

Teniendo en mente las reflexiones recientes sobre la intervención pedagógica en el ámbito del ocio, me parece posible sugerir que hemos invertido mucho esfuerzo en la formulación  de valores y menos en las posibles contribuciones de la interferencia con el ámbito de las sensibilidades. Preocupados por organizar ideas supuestamente desorganizadas en el sentido común (posición impregnada de un vanguardismo, a lo mínimo petulante), temo que poco nos hemos incomodado por la formación y la consolidación de miradas.  Admiro la provocación de Michel Onfray:

 

“ Yo siempre creí que los más olvidados constituyen (...) un fermento más eficaz para las revueltas lógicas o las revoluciones que los vanguardistas esclarecidos del proletariado, las punta en lanza de una eminencia de la clase trabajadora. Siento más empatía por la revolución artística (...) que por el ente de las revoluciones, por los poetas  y por los malditos(...) que por los revolucionarios dialécticos y profesionales (...) Blanqui y Rimbaud en lugar de Lenin y Trotski [3].

 

Al abordar las preocupaciones por las miradas, por las sensibilidades, recuerdo a Friedrich Schiller, cuando afirmaba:

“Espero convencerlos de que esta materia es menos extraña a la necesidad de lo que es al gusto de nuestro tiempo, y mostraré que para resolver en la experiencia el problema político es necesario caminar a través de lo estético, pues es por la belleza que se va a la libertad [4]..

 

Más adelante continua el autor:

“ La formación de la sensibilidad es, por lo tanto la necesidad más permanente de la época, no sólo apenas porque ella sea un medio para volver el conocimiento mejorado, eficaz para la vida, sino también porque despierta la propia mejora del conocimiento [5].

 

Por cierto, no se trata de restringir la belleza, notoriamente en su concepción clásica, a la función de una intervención en el ámbito de la estética. El objeto de la estética es más amplio, contemplando lo feo, lo grotesco, e incluso a partir de la reconfiguración, relativización y resignificación del concepto de lo bello. Considero “Estética” como el estudio de un modo especifico de apropiación de la realidad, donde se destacan las cuestiones ligadas a la sensibilidad, incluso vinculadas a otras formas de apropiación y a las condiciones históricas, sociales y culturales (esto es, incluso con autonomía, hay una cierta relación entre lo estético y lo extra–estético).

 

Adolfo Vázquez[6] es uno de los que considera que la categoría de estético no está solamente ligada al arte de los bello. Está también en la naturaleza, la técnica, la industria, la vida pública o privada, los centros de trabajo o de entretenimiento, en el hogar o en la calle. Wolfgang Fritz Haug apunta a algo semejante:

 

“Utilizo el concepto de estético de un modo que podría confundir a algunos lectores que lo asocian fuertemente con el arte. En principio, lo utilizo en el sentido cognitivo sensitivo -tal como fue introducido en el lenguaje erudito- como concepto para designar el conocimiento sensible [7].

 

Retomando la discusión sobre la importancia de las preocupaciones con la estética, vale la pena dialogar con Oscar Wilde:

 

Ansío el tiempo en que la estética tomará el lugar de la ética y el sentido de la belleza será la ley dominante de la vida. Justamente porque esto jamás acontecerá es que ansío por ese tiempo [8].

 

Considerando la propuesta de Wilde como provocación, como bien lo expresa su última frase, no podemos concordar con que se sobreponga a las preocupaciones estéticas las éticas, hasta por creer que la preservación de sus relativas autonomías no significa dejar de procurar entender dinámicamente sus relaciones[9]. Pero me parece valido llamar la atención sobre la importancia de la educación estética y reflexionar, si, en el ámbito de nuestras propuestas de intervención, no hemos disminuido la potencialidad de esa perspectiva.

 

Es fundamental comprender la estética no como una disciplina normativa, ni como una teoría inútil: ella es una teoría no-normativa que puede contribuir al esfuerzo de observación y creación. Ella resulta solamente válida al margen su realidad y de su existencia concreta (incluso cuando las obras son abstractas). Y aún más, ella debe estar siempre abierta para observar y procurar interpretar lo nuevo. Esto no solamente como exigencia científica, sino como opción ideológica que permite aceptar lo diferente y la diversidad. Tengamos cuidado entonces, para que la Estética no acabe funcionando entonces como un discurso de pocos para pocos, ya que ella no puede ser represora, restrictiva ni servir para separar la cultura de la vida cotidiana.

 

Siendo así, un proceso de educación estética, de educación de las sensibilidades, a lo mínimo les permite a los individuos desarrollar el acto de juzgar y criticar a partir del establecimiento de nuevas miradas (mas tolerantes y multireferenciales) acerca de la vida y de la realidad. Sin hablar de la no menos importante posibilidad de potencializar el placer de cada individuo. No podemos olvidar que todos estamos sometidos constantemente a las situaciones estéticas, como bien llama la atención Adolfo Vázquez:

 

“ Académicos o no, en determinados momentos de nuestras vidas todos vivimos en una situación estética, por más ingenua, simple o espontánea que sea nuestra actitud como sujetos en ella. Ante la flor que se regala, el vestido que se escoge, el rostro que cautiva, o la canción que nos agrada, vivimos esa relación peculiar con el objeto, que llamo situación estética y la vivimos guiados por cierta conciencia o ideología estéticas”[10].

 

Si no hay cómo sobreponer a las preocupaciones éticas las estéticas, no se puede tampoco estar de acuerdo con la sumisión de la estética por la ética. Contra la estetización de la política no creo que sea adecuada la politización de la estética. Parece interesante el pensamiento de Michel Onfray, cuando propone algo más complejo: una estética generalizada:

 

“Contra la estética particular, sometida a los imperativos separados, y con mucha frecuencia colocados como auxiliares del poder dominante, esta otra tiene en vista sobrepasar las oposiciones entre el arte y la vida, la calle y el museo, no para hacer como ocurre frecuentemente de la vida y de la calle referencias y criterios nuevos, pero para convocar al arte y al museo a una dinámica ascendente”[11].

                  

Una estética generalizada, buscará, por cierto no desvincularse sino responder al empobrecimiento de las sensibilidades, proceso difundido y estimulado por una falta considerable de mercado. Espera movilidad y circulación, descubriendo el pensamiento conservador establecido en tal difusión y que penetra por las aberturas de la sociedad. Entiende que la reducción de la capacidad de pensar está directamente vinculada a la reducción de la capacidad de sentir, cuya causa y consecuencia notables se encuentran en la intolerancia de la diversidad cultural. Por eso se comprenderá que la educación estética puede transformar la existencia cotidiana inyectando en ella un principio fundamental de libertad y  de escogencia.

Partiendo de estas reflexiones, creo que el animador cultural debe estar bastante atento a la dimensión de “educación para el ocio”, muchas veces hasta más que con la “educación por medio del ocio”, que además, si no está bien encaminada corre el riesgo de ser extremadamente autoritaria y de acercarse a otros modelos de intervención pedagógica, como el escolar, hiriendo la especificidad de la actuación en el ámbito del ocio. El animador cultural debe ser fundamentalmente un estimulador de nuevas experiencias estéticas, alguien que en un proceso de mediación y diálogo pretende presentar y discutir nuevos lenguajes; un profesional que educa al incomodar e informa sobre las posibilidades de mejor absorber, acceder y producir diferentes miradas.

Vale resaltar, entonces, que la experiencia estética no se agota y no está solamente ligada a la sensibilidad, al sentimiento y la emoción, estando también vinculada al conocimiento, al intelecto, a la razón. Una posición de equilibrio es fundamentalmente para pensar el proceso de animación cultural: 

“Se trata sobre todo de procurar la armonía entre la sensibilidad, la pasión y la razón, de conciliar el dualismo fundamental del ser humano constituido de naturaleza y cultura”[12].

Ese parece ser un desafío fundamental como bien lo apunta Jiménez:

“....en cuanto la razón y la sensibilidad sean rivales, o en cuanto una predomine en detrimento de la otra, el ser humano puede considerarse debilitado, desequilibrado. No conseguirá ser libre ni autónomo. Un hombre por demás racional, que solo obedece a las imposiciones de su intelecto, necesita de una moral, de una religión, de un orden trascendental. En compensación, un individuo por más sensible,  víctima de un exceso de sentimentalismo, necesita una ciencia y unas reglas bien ordenadas capaces de inculcarle alguna razón”[13].

No se trata de hacer opción entre la razón y la emoción, sino de trabajar por una razón que abandone la pretensión de ser universal y totalizante, al tiempo que considere que la sensibilidad también tiene aspecto racionales y generadora de conocimiento. Al intervenir desde esta perspectiva, el animador cultural debe percibir que no se trata de catequización, sino de un proceso para estimular oportunamente las experiencias.

Por último, la educación estética tiene también el desafío de evitar y /o revertir las rupturas entre la cultura y lo público, el de buscar esclarecer y reconciliar las provocaciones de los artistas con el gusto del público por ser educado.

 

El modo de direccionamiento

 

Desde este punto de vista no estoy preocupado por presentar el animador como alguien que va a organizar las ideas, pero como un destructor de mentalidades/miradas, como alguien que busca despertar cuestionamientos acerca de los “modos de direccionamiento”. Este es un concepto tomado originalmente de los estudios del cine que busca discutir cómo se establecen de forma dinámica las relaciones entre una película y el público. Su origen está en la inversión de la pregunta original acerca de lo que el espectador espera de la película. En vez de ello, se pregunta: “¿quién piensa esta película que es usted? ¿A quien esta película está siendo dirigida?”.

Supuestamente una película induce a su público a pensar de determinada forma, una indicación subliminal de una postura esperada, propagando una serie de valores e intencionalidades. Luego entonces, si el animador entendiese tal relación, podría enseñar a su público a asistir estando atento y subvirtiendo la lógica original. Se potencializaría así su posibilidad de intervención pedagógica.

Con todo esto, las cosas no son lineales, en función de las resignificaciones y de las diferentes historias y constituciones de cada subjetividad. Una película esta siendo dirigida a alguien que es imaginado, pero normalmente la diferencia es grande entre lo imaginado y lo que alguien es realmente, inclusive porque una película esta hecha para un grupo que nunca es homogéneo. No es posible pensar en encuadres lineales, desde mi punto de vista de la manutención del orden social ni desde el punto de vista de su superación.

Con esto no estamos diciendo que el modo de dirigirse (o modos de dirigirse,  en la medida en que en una misma película/texto son puestos en marcha varios), no tenga poder. Estos no están exentos, no son neutros, sino que seducen y están directamente relacionados a las intenciones del productor. Pueden estar buscando encuadrar por relaciones desiguales de poder, forjar inconscientemente subjetividades especificas e interesantes para determinado proyecto. Solamente no podemos decir que se trate de un proceso lineal.

Obviamente que si consiguiéramos en cuanto animadores culturales modos de direccionamiento  diferenciados, tenderíamos a obtener posicionamientos y reflexiones también diferenciadas, pero nunca tendríamos certeza de esa empresa, pues, recordemos siempre, este no es un proceso lineal. Y mucho menos se trata de sustituir una alienación a favor del orden social, por otra en contra de dicho orden, ni de negarle al público las posibilidades de placer, tan bien trabajadas de forma dinámica por la cultura de masas. Si la industria cultural es exitosa es en parte porque consigue de forma articulada, al mismo tiempo, despertar placer e inducir a una representación del placer interesante para sus fines. Esto solamente es posible de confrontar, si conseguimos paulatinamente despertar nuevas posibilidades y nuevas representaciones de placer.

Es así como se torna válido para el animador distanciarse de las dicotomías. Nuestro  propósito es el de contribuir a la formación de personas educadas, críticas e informadas, que puedan desarrollar nuevas miradas, sin que ello signifique: a) la restricción a solamente un producto juzgado por el animador como “el más correcto”;  b) informar linealmente lo que debe ser pensado; c) que ni siquiera los “informados” puedan “encuadrarse”, así como los supuestamente “no críticos” no puedan percibir diferencias. El proceso de encajar no es estático y depende del “uso” que el público hace del producto. Cualquier público, en menor o mayor escala, en diferentes momentos, simultáneamente absorbe y repele los valores encaminados por los productos a los que accede.

Con tal complejidad, podríamos preguntarnos con Elizabeth Ellsworth:

“... ¿puede el cambio social comenzar o ser estimulado por las formas en que el público es dirigido por una película? Y ya que la educación tiene que ver con el cambio, cómo un educador o una educadora puede reescribir algunas de estas cuestiones”.

 Más adelante responde la misma autora:

“El hecho de que no exista un ajuste exacto entre el direccionamiento y las respuestas, hace posible ver al direccionamiento de un texto como un efecto poderoso, más paradójico, cuyo poder viene precisamente de la diferencia entre direccionamiento y respuesta”.

Se trata exactamente de considerar en el proceso de animación cultural, el espacio de la diferencia en cuestión, teniendo en cuenta que está históricamente construida, cargado de imprevisto del inconsciente y que se constituye en gran recurso para el animador, desde que él no lo quiera controlar, pero sí tematizar y estimular el descontrol.

El proceso de animación cultural debe siempre abrir espacio para las diferentes aprensiones, considerando mejor al individuo, sus inestabilidades y escogencias, nunca a partir de la reedificación, del colectivo o de una objetividad solamente declarada, nunca alcanzable.

“De hecho, si fuera posible obtener ajustes perfectos entre las relaciones sociales y la realidad psíquica, entre  el yo y el lenguaje, nuestros subjetividades y nuestras sociedades estarían cerradas. Completas. Acabadas. Muertas. Nada para hacer. Ninguna diferencia. No habría ninguna educación. Ningún aprendizaje”.

El proceso debe ser abierto, posibilitando siempre el espacio para la escogencia, miedo, placer, fantasía, en fin la diferencia. El proceso de animación cultural no es lo que quiere el animador, no es lo que quiere el público, pero sí las reelaboraciones constantes a partir del estímulo que el público ocasiona en el animador, sin ninguna pretensión de que todo encaje, lo cual además, tendería a ser un fracaso si fuese llevado a cabo:

“Llegamos a la imposibilidad de ajustes perfectos entre aquello que un profesor o un currículo quiere y aquello que un estudiante comprende. Entre aquello que una institución educacional quiere y aquello que el cuerpo estudiantil responde; entre aquello que una profesora “sabe” y aquello que ella enseña; entre aquello a lo que el dialogo insita y aquello que llega sin ser convidado”.

Esa imposibilidad de encaje es un gran recurso y no una lástima, pues da espacio a la no conformidad, a la creatividad, la trasgresión. Y vale destacar que sería de gran valor si el animador cultural aprendiese con tales reelaboraciones, en vez de creer que solo él puede enseñarlas.

Es importante discutir la propia idea de mediación y dialogo, siempre tan presente cuando de la actuación del animador cultural se habla. Si considerásemos que cualquier diálogo nunca es neutro (ni lo debe ser en la medida en que contiene intencionalidades conscientes o no), podemos decir que es en sí un modo de direccionamiento.  

“El diálogo en la enseñanza no es un vehículo neutro que contiene las ideas y las comprensiones de quien habla para allá y para acá, a través de un espacio libre y abierto, entre los dos puntos: es un vehículo diseñado con una tarea particular en mente y el terreno accidentado que atraviesa entre hablantes hace que exista una circulación constantemente interrumpida y nunca completada”.

Luego entonces, si el proceso de dialogo y mediación fuese encaminado con el propósito de una conclusión común al final, estaría desconsiderando las diferencias e inadecuaciones que deben ser siempre respetadas, aunque tensionadas. El diálogo es siempre necesario, pero debe permitir las resignificaciones. Es válida entonces la alerta de Ellsworth:

“Se supone que el dialogo sea capaz de todo: desde construir conocimiento, resolver problemas, asegurar la democracia, implantar procesos cooperativos, asegurar la comprensión, construir virtudes morales y disminuir el racismo o el sexismo hasta satisfacer deseos de comunicación y conexión. Pero no es así de fácil”.

 Al final el animador cultural es un educador de sensibilidades que procura “embrollar” lo instituido al presentar posibilidades de reelaboración en los modos de direccionamiento. Pero debe tener mucho cuidado en no tratar de substituir lo establecido por una nueva institución, lo cual sería inadecuado e improbable. La idea central es la de abrir espacios para las construcciones subjetivas de manera que hasta se impida que la colectividad venga a agredir los individuos con más énfasis del necesario.

 

El papel del sujeto

 

Esta es una idea importante en nuestra comprensión: la defensa de un individualismo no egoísta. Me agrada mucho las posiciones de Michel Onfray cuando ataca los colectivismos que someten de forma extrema los deseos individuales. El autor cree que el paso inicial para la superación de ese orden social actual esté exactamente en la recuperación del papel de sujetos no sumisibles a priori. Esto quiere decir que una construcción social más justa solo puede darse con individuos fuertes y activos, sujetos que puedan expresarse y posicionarse de manera clara y explicita.

Es necesario entonces abrirle espacio al auto-descubrimiento de los individuos, lo cual sólo será posible al cuestionar los excesos de disciplina y control. Onfray  propone entonces al hedonismo como principio, una alternativa para la mediocridad que insiste en instalarse en el cotidiano, incluso en el de los supuestamente críticos y conscientes:

“Mi lógica permanece hedonista (...). Ya esclarecí con frecuencia, aunque no lo suficiente, que el imperativo categórico del hedonismo considera el gozar y el hacer gozar – esta segunda parte, inseparable, constituye la genealogía de la política que propongo– y que vale como modalidad de una ética alternativa a la del ideal ascético”.

En un mundo que parece presentar la faltas de alternativa como normal y los placeres superficiales y provisionales como suficientes, la propuesta de Onfray me parece clara e interesante: es fundamental que ayudemos (al despertar) a los individuos a que perciban que puedan obtener otras formas de placer, que pueden ser descubiertas, y que para ello no se deben someter con facilidad:

“Una política hedonista exige antes que cualquier otra cosa una ética preocupada con la erradicación de este infierno sobre la tierra, una moral de combate contra humaredas escapadas del Tártaro, un voluntarismo estético declarándole la guerra de manera radical e imperdonable a esa política de tierras y colectas destruidas donde gimen solamente aquellos que pasan la vida perdiéndola”.

Por eso defiendo que más que estar preocupados en construir una uniformidad de valores supuestamente revolucionarios, el animador cultural debería valorizar y resaltar las diferencias, las diferentes miradas sobre una realidad a partir  de la mediación y el diálogo en el campo de las representaciones diversas, siempre con miras a estimular a cada individuo en la búsqueda del placer en sus sentidos más amplificados. Y si aquello no significa un cruzada  directa  contra el trabajo, por  cierto, es al menos un cuestionamiento claro a la forma como este se organiza y a su consideración como categoría central de análisis: el trabajo no es la cosa más importante de la vida, el placer sí,  y este puede permitir, si su comprensión fuese ampliada, un reencantamiento del mundo:

“El desencantamiento del mundo surge a partir del abandono de un principio de divinidad,  en beneficio de otro, la riqueza , dado que de hecho triunfa siempre el ideal ascético que necesita, con el mismo  arrebatamiento del trabajo, esta perpetua expiación legitimada y justificada por cualesquiera que sean los dioses a los cuales los sacrificios son destinados”.

Onfray  no teme   al presentar  claramente  un diferencia de actuación  entre la derecha y la izquierda, dejando claro que la no existencia o negación de tal división solamente interesa  a la manutención de un orden social.  Entre  tanto, llama la atención  para que la izquierda no acabe, bajo el supuesto de buenas intenciones, utilizado los mismos mecanismos que la derecha. Para ello, procura recuperar lo que él llama la “ la mística de izquierda”, conjunto de principios que deben  cimentar una acción cuestionadora del  status quo.

De esta  manera, el autor apunta claramente a considerar el ideal ascético y disciplinador como una característica de la derecha conservadora, en cuanto las propuestas de izquierda deberían siempre incorporan un hedonismo contestador. Contrapone al principio libertario, el principio de la autoridad, resaltando que ella debe significar siempre la valoración del desarrollo de la capacidad de juicio independiente y de la acción autónoma.

Con ese entendimiento el autor deja clara la importancia de la educación estética:

“ No hay mística de izquierda sin un voluntarismo estético, sin la consentimiento de una escatología dentro de la cual la energía toma una parte, mínima para los pesimistas, pero importante, puesto que decisiva para los optimistas”.

Cabe el animador cultural, más que conducir rebaños por supuestos caminos de felicidad, busca despertar y ampliar en cada individuo el descubrimiento subjetivo del placer en cuanto principio transformador de la vida. Es obvio que cada individuo posee la capacidad de sentir placer y escoger, pero será aquello un principio en su vida? estará acaso tal facultad disminuida, reducida, intimidada? Se trata de descubrir nuevos principios de vida, con menos constreñimientos, con más poesía y arte  en el cotidiano, apagada en comprensiones estéticas diversas, ampliadas y divergentes, y no homogéneas y restringidas.

Con todo este hace el animador cultural una opción política clara, reconstituida si se compara con las estrategias tradicionales. La opción de una guerrilla cotidiana reforma la idea de un compromiso en la construcción de subjetividades fuertes para formar posible la destrucción de una colectividad que encuentra su fuerza en la opción   y sumisión de los individuos.

 

Terminando sin la Pretensión de Concluir.

 

No pretendo concluir este artículo de forma tradicional, inclusive porque su intención es exactamente lo opuesto: antes bien presentar un conjunto de reflexiones en construcción, buscando  el dialogo, la critica, la contestación. Diferentes reflexiones por cierto pueden traer nuevos desafíos y hay todavía mucho por hacer, trayendo incluso impacto para otros ámbitos, como la formación profesional .Pero por ahora son esas las contribuciones posibles.

Así se cierra nuestra reflexión. El compromiso fundamental del animador cultural es con los individuos, en la medida que la educación de sujetos fuertes es fundamental para el esbozo de una colectividad más justa. El compromiso del animador cultural no es el de determinar la construcción de esas subjetividades, pero incomodar los patrones establecidos al presentar nuevas miradas, representaciones y nuevas formas de obtener placer. El animador cultural, en fin, contribuye con:

“Una problematización de los placeres que autorizan una resolución de los deseos sin el parásito de la  culpa,  una nueva erótica y una nueva cultura de sí, que supone una definición amplificada de dietética entendida como ética generalizada, un gobierno  de sí en el cual el régimen de placeres parece menos una ocasión de sufrimiento que una posibilidad hedonista, una intersubjetividad contractual y jubilatoria  (...) el deseo ya no definido por la falta sino por lo pleno, la confusión de la ética, la estética y la existencia, la vida  pensada como una obra de arte”.

 

 

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[1] . Oscar Wilde. A alma do homem sob o socialismo. 1891.

[2] . SCHILLER, 1995, p. 23. El libro fue originalmente escrito en 1795. 

[3] . ONFRAY, 2001, p.63.

[4] . SCHILLER, 1995, p.26.

[5] . SCHILLER, 1995, p.50.

[6] . 1999.

[7] . 1997, p.16.

[8] . apud. BECKSON, 2000, p.84

[9] . Marc Jimenez (1999) afirma: “Insistimos, várias vezes, na ambigüidade da noção de autonomia estética: a estética constitui-se em esfera particular, separada dos outros domínios do conhecimento, mas, ao mesmo tempo, ‘autonomia’ significa também tomada de consciência das relações que ligam a estética às outras disciplinas” (p.192).

[10] . VÁSQUEZ, 1999, p.17.

[11] . ONFRAY, 2001, p.220.

[12] . JIMENEZ, 1999, p.24.

[13] . 1999, p.48.