|
Para
cotejar éstas, que podríamos nombrar dimensiones del ser humano, diferenciemos
primero, para el caso de la ética, al cual nos referimos y poder salvar lo
que al momento nos significa la reflexión que se adelanta desde el ocio. Tal
vez resulte un tanto esclarecedor a nuestra pretensión.
La ética
se suele decir, es una disciplina filosófica que se ocupa de la dimensión
del deber ser, en cuanto ésta,
puede brindar pautas normativas para la acción. Para
algunos la ética se diferencia además del derecho positivo, la economía y
la política, aún, cuando éstas tengan que ver también con las acciones
humanas. La diferencia residiría en el hecho de que la ética tematiza
valores universales, mientras que las ciencias mencionadas se resisten
justamente a toda interferencia de enunciados valorativos –esto no aplica
para las consideraciones de la ética social-. Ésta concepción de la ética,
defendida a nivel teórico por buena parte de los científicos y también
difundida ampliamente a nivel del sentido común, es sólo una de las
posiciones del debate contemporáneo. Uno de los problemas es que no es, en
efecto, evidente –ni lo ha sido en la historia de la filosofía– que la
ética sea una disciplina entre otras ni que el criterio de su
diferenciación se la contraposición entre ser y deber – ser.
Pero lo
anterior es sólo para ilustrar que el problema ético –el problema del bien
, la vida buena o de la felicidad-, es una de las preocupaciones centrales
de la humanidad, que ya, desde sus inicios en Grecia ha sido tratado bajo
diferentes formas y ocasionalmente, como objeto de vivas polémicas. Dicha
reflexión ha estado siempre presente.
La
polémica frente a la ética se agudizó, con el advenimiento de la modernidad. Tanto
la filosofía moderna – al igual que las otras ciencias de dicha época –
irrumpió con enorme autosuficiencia, convencida de estar inaugurando un
periodo inédito en la historia, en el cual era necesario empezar todo de
nuevo. Los modernos creyeron que era necesario dar paso a una nueva
reflexión, que esta vez habría de ser científica y rigurosa, era preciso
desechar la ética y la política de Aristóteles.
La
conciencia triunfalista de la modernidad halló su expresión más acabada en
el lenguaje y el programa de la ilustración. La luz de la razón debía servir
de fundamente último de todas las cosas y era justamente la razón el juez
que debía obligar a la historia toda, a rendir cuentas ante el tribunal de la crítica. Hubo
en este mismo contexto voces que pusieron en cuestión la pretensión
desmesurada de la razón y la ilusión
del progreso hacia el infinito. Develaron el abismo insalvable que se había
construido entre el concepto absoluto de la razón y las formas concretas de
la existencia social, histórica o natural. A este movimiento polémico
frente a la ilustración se remonta la denuncia de la alienación: este
término designa, en efecto, la situación de extrañamiento o desgarramiento
en la que vive el hombre – definido como pura razón –
Con
respecto a la naturaleza y al mundo, ambos, mundo y naturaleza, le son,
como señala literalmente el término “ajenos”. Fue precisamente la conciencia
de esta alienación, la conciencia de la profunda escisión entre la razón y
el mundo empírico o positivo, la que impulsó al movimiento romántico a
traer la antigüedad clásica e identificar un modelo de integración cultural
que permitiese relativizar los dualismos de la ilustración y le sirviese
además de alternativa.
Moralidad
y eticidad – hayamos acá una digresión semántica – son etimológicamente
equivalentes. “Moralidad”, del latín mos,
moris, “eticidad” del griego ethos; tanto mos como ethos significan
costumbre, hábito, modo de ser. Ética y moral son nombres sinónimos
derivados de aquel significado originario de “costumbres”.
En cuanto
disciplinas filosóficas, ambas se proponen brindar una fundamentación
racional de dichas costumbres. Pero dicha fundamentación en el plano de lo
ético sería un acuerdo, un código que permita que fluya las posibilidades
de comunicación, de establecer ciertos límites que permitan la comprensión
de una cierta equidad, en el sentido de reconocer la igualdad de oportunidades.
- Así, la ética acerca a la democracia -. Donde no se valore sólo desde lo
normativo – formal, sino desde la apertura de la posibilidad de un habitar
en el mundo de manera auténtica. Esto conlleva necesariamente a pensar que
siendo la ética personal e intransferible, aunque su rasgo fuerte sea que
pueda ser universalizable, es decir,
que no dependa del criterio de gusto – podría convertirse en patética –
sino de otros criterios a los que solemos llamar fundamento. Criterios que
o son públicos o hay el deber de poder publicitarlos. Y algo más, esa misma
publicidad es el paso natural hacia la política, por ejemplo, tal como lo
aprecia Berlín, cuando afirma, que la política puede ser definida
como el hacer común la ética. Queremos una ética pública pero lo que en realidad
tenemos es una ética privada. Ya sea institucionalizada en la empresa
privada o en sus representantes
gubernamentales que ejercen sus intereses personales.
Lo
anterior apunta, al contexto en el que consideramos, se comprende el ocio y
en el que fortalece su sentido. Hablamos de una ética que aplica la ley
moral al dominio social y al individuo en cuanto miembro de la sociedad. Sus
normas surgen de la esencia del hombre como ser social y constituyen el
aspecto normativo de la filosofía de la sociedad. Sería
como una ética de carácter solidario – solidarismo - en donde la
responsabilidad de cada individuo con respecto al todo es la base del
propio bienestar y el de los demás. Ello supone una ética incluyente en la
que ya necesariamente participa la ética política, la económica y la ética
profesional.
Por esto
la ética social es un proyecto en
el sentido de estar lanzado, pero a través de un trayecto, que significa, que requiere un recorrido. Pero
siguiendo el carácter ya anunciado, volvamos a los puntos de apoyo que ha
tenido. La universalidad y la responsabilidad con independencia de su
eficacia, el juicio ético es en sí universalizable. No expresa una
prefrencia inmotivada o restricta. Lo que se busca es que su efecto sirva
de guía para la acción. Además, un juicio ético compromete a
quien lo emite, es decir como se decía antes, entraña responsabilidad. Y
siendo, o mejor, pareciendo la responsabilidad más adusta que el goce – una
característica del ocio – éste no margina dicha responsabilidad. ¿Pero
dónde está la responsabilidad que
implica el ocio? Y que parece que nadie exige? A esto la ética responde que
en el propio sujeto. Exigencia que para quien esté formado en el ocio, que
nombramos acá como propio, no
debe responder a una coerción externa, social o grupal, porque acá es donde
aparece el carácter ético del ocio que implica - en esto coinciden la
mayoría de los autores – una libre elección de la actividad, sin
condicionamientos ni presiones externas, una autonomía en el qué y en el
cómo, que supone tanto la libertad para elegir la actividad, como la
responsabilidad sobre el desarrollo de la actividad.
Implica
también, autotelismo, es decir, la finalidad de la actividad está en sí
misma, no en consideraciones extrínsecas sino que su valor es intrínseco. Ello
supone pensar que no debe el ocio en este contexto considerarse como ergón,
esto es, como obra acabada, ni está tampoco mediada, - porque no le interesa - por una especie de dromoracia, como un gobierno de la
velocidad en todos los ámbitos. Lo que interesa es rumiar, dedicar el
tiempo que se requiera demorarse en lo que nos gusta, en lo que nos
interesa. Es importante que se construya desde la apertura y la posibilidad
y no desde el interdicto.
Como el
ocio, elige actividades que generan placer, disfrute y bienestar, que
implica un proceso de subjetivación y no de sujetación, sus implicaciones
éticas están exentas de introyectar, modos
de ser que lo conduzcan a su minimización, al tedio y al aburrimiento.
Hablamos de
un ocio que propicia vivencias, si se quiere experiencias significativas que estén orientadas por la propia
y libre convicción.
Entonces
no es un ocio, pensado desde una ética situacional, al estilo de Santo
Tomás, ya que sería necesario poseer primero la virtud de la prudencia,
sería un condicionante y pensamos que un ocio planteado desde esta ética
niega su carácter dinámico y recíproco que genera la interacción social. Ni
tampoco el utilitarismo de Bentham que establece una especia de versión
ética de la democracia parlamentaria - el mayor bien para el mayor número –
sólo que acá es el bien establecido
desde las jerarquías, tal vez inconsulto.
No
consideramos que sea oportuno para el momento, retornar al platonismo, que
sería un ocio desde una ética de los valores o axiológica, en la cual la
vida humana o los hechos, en ciertas condiciones, se hacen portadores de
valores, entidades puras que son reconocidas, estimadas y buscadas. O un
ocio, soportado en el deber ser kantiano, el cual tiene que cumplirse sin
condición alguna; tiene que haber un imperativo categórico que sea
absoluto, que mande sin condición. Este imperativo es el hecho de que la
voluntad quiera lo que quiere, por puro respeto al deber, sólo así, una
acción puede tener valor moral. Quien hace algo mal infringe la ley moral
universal como falta o excepción, lo cual la afirma. El yo es
colegislador en el reino de los fines o mundo de la libertad moral. La
ética kantiana es formal, no prescribe algo concreto, ninguna acción
determinada, sino la forma de la acción que es obrar por puro respeto al
deber. El concepto de persona moral es entendido como libertad, pero una
libertad puramente espiritual, que deja a un lado el elemento físico,
natural. La crítica que hace Hegel por ejemplo a Kant es que la ley moral
obliga acá a elegir sólo las máximas que puedan convertirse en ley
universal. Si mi máxima, por ejemplo para el caso del legislador, es no
volver a propiciar espacios para el ocio o la recreación a nadie que esté a
mi alcance, coincide o no con la ley moral, no hay motivo alguno para
responder negativamente, porque nada me impide imaginarme una legislación
universal que permita tal cosa. El imperativo categórico eleva cualquier
contenido a ley moral.
Si con la
oposición radical a la realidad se quería ganar la autonomía de la razón. Dicha
ganancia se esfuma por la irrelevancia de la razón – o de la norma –
respecto de las acciones concretas. Todo intento de someter la voluntad a
criterios teológico, tradicionales u ontológicos dice que el peso de la
legitimación de la ética se ha desplazado al ámbito de la razón. Es
posible plantear a cambio, una forma de expresión de la racionalidad que no
sea de la mera postura de una razón pura. De lo contrario la razón seguirá
siendo enemiga de la historia y la historia, como es natural, seguirá su
propio curso.
Entonces,
¿a que ocio nos referimos y cómo vemos esa relación con la ética?
El ocio
lo entendemos como una “vivencia” que tiene el carácter de experiencia, una dimensión que le es
propia al ser humano, que le es connatural y por ende considerado incluso
por organismos mundiales estudiosos de ésta temática como un derecho
fundamental e inalienable. Para diferenciarlo de otras nominaciones le
acuñamos el término de propio en
el sentido de estar orientado a favorecer un ser, que en su afectación,
diferencia y reconoce un acrecentamiento
– como lo diría Spinoza -, y en cuyo tránsito, que es dinámico, elige
libre, y en forma autónoma, actividades que le generan placer y disfrute,
optando por negar las que la distancia de obtener mejores condiciones de
vida, que sería el ocio impropio.
Dicha
experiencia se relaciona con la ética, que acá hemos reconocido como
social, en el sentido que conlleva a maneras de ser, comportarse, y
manifestarse, mediado por categorías consideradas en algunas éticas y tiene
que ver con la elección libre, el autotelismo, y el disfrute que ello
genera.
Retomando
lo que dice Deleuze y abordando un poco ese desde donde, este ocio debe
estar articulado al acontecer, pues, según él – y estamos de acuerdo
–, ello significa que no sólo
buscamos sentido sino además proyectantes
de sentido. Así el sentido se manifiesta como ilusión, como imaginario,
como proyección de nosotros. Al buscar sentido podríamos entender que ello
es una fuente que nos alimenta permanentemente, hasta que esto cambie de
condición. Lo que se dice de la fuente es que tienen un doble sentido,
tanto real como ideal de nuestra vida, en todas sus dimensiones. No somos
sólo seres físicos, biológicos ni solamente razón, o fácticos… somos.
Ese desde
donde dice que de alguna manera estamos determinados por el sentido. Esto
tiene que ver con la orientación de nuestra existencia – dimensión
ideal, y real, el ejercerla -. Así,
el desde donde involucra las experiencias significativas, tanto personales
como una cierta disposición de los otros y de lo otro, porque la
experiencia no se agota sólo en el sentido sino además en donde ejercerlo
que no es sólo en mi sino en lo que hábito, en el espacio real y en las políticas
que se crean para que dicha experiencia no sea sólo coyuntural, de
determinadas situaciones políticas y sociales ni en los periodos de
determinados gobiernos. Por eso esas formas de ser, se advierte, sean cada
vez más exigentes, más críticas, más insuficientes, más insatisfechas para
que puedan surgir soluciones. La ética no se agota en la adquisición de una
costumbre, surge otra que quiere superar la adquirida, no hemos sido
siempre como ahora somos.
Aquello
que nos hace más cualificados, la madurez, digo, la sabiduría requiere el
rumiar, y el tiempo que ello requiere demorarse en lo que nos interesa,
demorarse en lo que el ser identifique posible de elevarlo hacia su
grandeza, diría Nietzche, hacia un supremo poder creador de nuevos valores.
BIBLIOGRAFÍA
SENECA. Tratados
filosóficos. Cartas. Editorial Porrua, México, 1971.
VARCARCEL, Amelia. Ética
contra estética. Editorial Critica grijalbo Mondadori. Barcelona, 1998.
TAYLOR, Charles. La ética
de la
autenticidad. Editorial Paidos. Barcelona, 1994.
KANT, IMMANUEL.
Fundamentación de la metafísica de las constumbres. Editorial
Porrua. México, 200.
|