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Ponencia |
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Cuando
hablamos de juego y re-creación, pareciera que hablamos de las cosas menos
serias de las que se pudiese hablar académicamente, igualmente, muchos
re-creadores no le otorgan la importancia suficiente a la reflexión académica
en torno a su hacer, con lo que terminan agenciando prácticas mecánicas
orientadas solamente por la intuición como en el viejo mito europeo del
aprendiz de mago; a través de este artículo pretendo demostrar que el juego es
esencial a cualquier actividad que se precie de ser humanizadora y que por
tanto, su exclusión en el análisis de las diferentes experiencias de lo humano
nos resta la posibilidad de entenderlas de una manera dinámica. 1. Simbolizando … ando Para
comenzar esta ponencia quisiera recordar algo que por obvio olvidamos con
frecuencia, y es que los tiempos de respuesta a un estimulo ambiental son mucho
más largos en el ser humano que en el animal, ello en tanto la conducta humana
está orientada por inteligencia reflexiva, por tanto, aunque en el argot
popular se diga que hay personas que actúan sin pensar y se promueva la máxima
de que “el que piensa pierde”, no actuamos automáticamente siguiendo la
secuencialidad del tiempo como lo hacen los animales, sino que actuamos
intencional y voluntariamente teniendo siempre como referencia un futuro probable
que inventamos y que le da significado y sentido a nuestros esfuerzos
cotidianos. Al
respecto PARLEBAS plantea que la conducta motriz “es un acto motor total, una conducta práxica que implica a su
afectividad, a su relación con los demás y a sus capacidades cognitivas y, en
referencia a su entorno social, estos protagonistas otorgan una significación a
su acción que desborda ampliamente la simple intervención biomecánica de sus
segmentos corporales”[ii]. Esa
particularidad de poder romper la secuencialidad del tiempo y anticipar
situaciones futuras ha sido el mayor logro de nuestra especie y constituye a su
vez la esencia más profunda del ocio, en tanto es ese “no tener que actuar
obligatoriamente, ni tener que vivir ocupados todo el tiempo respondiendo a las
contingencias del instante”, la matriz que ha hecho posible la cultura “el intento más audaz por liberarse de los
grilletes de la adaptación en tanto obstáculo para desplegar plenamente la
creatividad humana”[iii] la
cual a su vez nos ha permitido, más allá del aseguramiento de nuestra
re-producción, la enorme posibilidad de re-crear-nos
como especie transformando nuestra condición humana a partir del aventurar-nos
en los tiempos de la imaginación de la mano de la libertad, el afecto y la
racionalidad. Ese
futuro, que sirve de referencia a nuestras acciones, que nos moviliza y nos
hace tomar decisiones es siempre un estado ideal que se debería alcanzar, por
ello se expresa a través de ideas-imagen
en las que prima el pensamiento metafórico, e ideas-concepto en las que prima el pensamiento analítico, ellas nos
permiten irrumpir a través del horizonte de los fenómenos sensoriales que
vivenciamos cotidianamente, para constituir ordenes imaginarios o
re-presentacionales que nos permiten hacerlos inteligibles y significantes,
poner tales ordenes en discusión con los ordenes establecidos socialmente en
aras de explorar posibilidades de respuesta y actuar con base en ello, buscando
que nuestras acciones puedan simultáneamente tener validez supraindividual y
relacionarse de alguna manera con una realidad que existe a través de la
multitud de interacciones individuales. Todas
nuestras ideas bien sean metafóricas o analíticas surgen de nuestra capacidad
para aislar características particulares de una situación y hacerlas símbolo, es decir, de la capacidad para
“recortar” selectivamente a partir de nuestro interés y conocimiento, ciertas
características de una vivencia para que nos sirvan como referente evocador de
la misma, marcarlas con algún signo concreto
arbitrariamente elegido, relacionarlas con un significado que las distinga de otras y articular este significado
con otros para tejer sentidos
orientadores que nos permitan comprender y articular las acciones y presencias
propias y /o ajenas, tanto en relación con determinados universos discursivos,
que operaría como contexto referencial. Para
ejemplificar imaginemos que estamos perdidos y avanzamos por un camino rural
empantanado y solitario y de repente encontramos una marca diferente a las
demás que aparecen el, en tanto es regular, lineal y estrecha, la reconocemos
entonces como asociada con una marca específica, se trata sin duda de la huella
de un vehículo, sabemos que no es de un automóvil porque sólo se ve una línea y
sabemos que no es una motocicleta porque la huella es demasiado estrecha,
concluimos entonces asociando esa huella encontrada con un significado
conocido, “una bicicleta pasó por aquí”, sin embargo deducción que por si sola
podría parecer tonta, cobra especial relevancia cuando la asociamos con nuestra
situación: “estamos perdidos”, la cual
entra a operar como contexto referencial del significado que la da
especificidad y trascendencia a nuestro hallazgo, en este caso evidenciar que
“una bicicleta pasó por allí” tendría un sentido esperanzador y en consecuencia
decidimos seguir sus huellas para encontrar ayuda. Una síntesis de este ejemplo
la encontramos en la siguiente gráfica:
Gráfica 1: Ejemplo de un Proceso de Simbolización Los
símbolos son las herramientas fundamentales por excelencia en nuestros procesos
de humanización ya que no sólo nos permiten focalizar y escoger los estímulos
ante los que reaccionaremos sino también organizar las distintas reacciones a
ellos de acuerdo a nuestras posibilidades en forma de acto reflexivo, lo cual
nos permite romper con nuestra dependencia animal de los estímulos inmediatos y
ganar con ello dos oportunidades maravillosas: de un lado la posibilidad para
controlar la respuesta a tales estímulos al punto de llegar a inhibirla y de
otro, la capacidad de responder también a estímulos que no están fuera de
nosotros sino en nuestra intimidad imaginativa como los recuerdos, los sueños,
las creencias y las ideologías. En
síntesis, simbolizamos a fin de que la reacción ante la aparición de un símbolo
en una situación pueda estar presente en nuestra experiencia en forma ideal,
como un deber ser que nos sirve de parámetro para relacionarnos con el entorno,
de manera que siempre contemos con alguna noción acerca de que acciones son posibles
para hacerlo, bien sean adecuadas, permitidas, exigidas o subvertoras del orden
establecido, aunque no siempre las elijamos[iv] 2.
Del Juego a la Persona El
hecho de que nuestras acciones individuales sean actos reflexivos no significa
que actuemos siempre de la manera más adecuada de acuerdo a las situaciones en
que nos encontremos, sino tan sólo que actuamos de manera voluntaria, una
manera en la que el error y el conflicto aparecen por doquier en tanto nuestra
voluntad no depende exclusivamente, como en los animales, de la necesidad y de
que como especie estamos vinculados a grupos
sociales mediante redes de comunicación e intercambio, los cuales actúan
como canal y soporte de nuestra práxis, en esta medida, nuestra realidad no es
natural sino una construcción social dinámica, que si bien puede ser re-creada,
se resiste a nuestras acciones individuales tanto como nosotros nos resistimos
a asumirla como algo estable e inamovible. En
estas circunstancias existenciales nos vemos obligados a interactuar simbólicamente con los demás y con el entorno,
ajustando permanente nuestras actuaciones y nuestras simbolizaciones a nuestros
intereses, los de los demás, así como a las condiciones de posibilidad en las
que nos hallemos, a jugar entre las
“certezas” de lo instituido y las posibilidades aún no realizadas de lo
instituyente, a fin de asumir la experiencia desacomodadora tanto de recibir
cotidianamente en nuestras vidas el impacto dinámico de la realidad, como el de
enfrentar extraordinariamente situaciones de indeterminación e
ininiteligibilidad. Este
juego hace posible que nos auto-eco-instituyamos como las personas singulares que somos y es por esta razón que los símbolos
y por extensión el sentido y el valor que se les otorga, no están aislados, ni
sean definitivos, sino que emergen en el seno de redes complejas y dinámicas
frente a las que cada uno de nosotros define su rol y construye una identidad,
en la medida en que contribuimos a su preservación y desarrollo, ya que la
praxis social en tanto experiencia cultural no es del todo exterior a nosotros
sino que como bien lo anota WINNICOTT[v],
ocurre en un espacio intermedio entre nuestro yo y el entorno a la cual
denomina zona de juego, siendo así
la sociedad “un factor mediador entre las cualidades
humanas universales y la condición empírica de lo humano”[vi] En
esta zona según WINNICOTT la separación
entre la realidad psíquica interna de los sujetos y la realidad exterior de los
objetos, tiene la posibilidad de convertirse en una forma de unión a través del
juego[vii]; un
juego en el que se involucran vivencias subjetivas externalizadas así como
bienes culturales y sociales dotados de un valor de uso y un valor de cambio
que operan como marco y testimonio referencial de acciones y valoraciones que
trata de ser internalizado, para dar sentido, tanto a la existencia como a las
interacciones de los sujetos y objetos, a través del lenguaje y la imaginación,
un juego que no busca necesariamente la culminación pulsional de las
experiencias culturales, sino hacer sentir que la vida es real y merece ser
vivida (ver gráfica 2) Este
juego es posible gracias a que nuestro yo es un yo corporal que se manifiesta como objeto y se vive como sujeto y en tanto
tal, como anotaba anteriormente actúa voluntariamente entrando en contacto con
todo aquello que por ser un no yo
aparece como diferente y se resiste sus acciones, esos no yo que son los otros,
otros yo, otro entorno a través de los cuales llegamos al mundo, nos instalamos
en él e iniciamos ese dialogo conflictivo que dinamiza nuestra existencia
humana y afirma nuestra singularidad.
Grafica 2. Juego de
Constitución de la Persona Es
gracias a esa movilización que nos
constituimos socialmente como personas con capacidad dinámica pare re-presentar
nuestro ser, hacer, tener y estar en el mundo a través del lenguaje y
desarrollar re-creativamente las posibilidades de nuestra imaginación, todo
ello en relación con los otros, nuestras principales fuentes de referencia a la
hora de aprender a simbolizar, idea sintetizada por PAREDES cuando plantea que “nos movemos porque existimos y por medio
del movimiento nos situamos y somos capaces de estructurarnos mejor en y con el
mundo”[viii]. De lo
anterior se desprende que en tanto personas, somos criaturas psicosomáticas que percibimos el
entorno a partir de nuestros sentidos, pero también de nuestras emociones,
ideas, imágenes y representaciones mentales y nos relacionamos con él a través
de nuestro cuerpo y nuestra mente, buscando la individuación, y
convergentemente somos criaturas socioculturales
que percibimos nuestro entorno a partir de imaginarios, representaciones
sociales, ideologías, creencias, conceptos y discursos racionalizantes y nos
relacionamos con él a través de prácticas, formas y sistemas de organización
social buscando la pertenencia a un nosotros colectivo. Esa
doble calidad de nuestra existencia, nos permite asumirnos como sujetos
auto-reflexivos que podemos ser simultáneamente sujeto y objeto para nosotros
mismos en situaciones de encuentro con
el otro, que podamos tomar distancia de lo que somos y referirnos a nuestro yo
como un él del que podemos es decir algo, como si fuésemos un otro que nos mira
desde contextos, roles y estructuras diversas y simultáneamente ser un yo capaz
de diferenciarse de los demás y auto-identificarse. No
obstante, como decíamos anteriormente no somos personas a priori, sino que
nos construimos como tales a través de
toda una variada gama de procesos de interacción social que vivimos desde el
vientre de la madre hasta el lecho de muerte y gracias a los cuales aprendemos
a vivir en sistemas simbólicos de roles, a mantenernos y transformarnos en y a
partir de ellos. En
consecuencia podemos entender la zona de juego como un espacio de convergencia
que hace posible la ocurrencia de situaciones
de interacción simbólica (ver gráfica 3), en las que entran en juego acciones instituyentes a través de las
cuales los individuos afirmamos nuestra existencia en el mundo desde ciertas
posiciones y disposiciones subjetivas en el contexto de unas determinadas condiciones instituidas tanto
materiales como simbólicas a través de las cuales la realidad socialmente
construida se objetiva como “ese conjunto
de sistemas simbólicos, estructuras y prácticas que constituyen a su vez un
referente, un sistema convencional y un
orden que hace posible el intercambio y le otorga sus mayores significaciones”[ix] del
que nos habla EDMOND, un contexto referencial de acciones y valoraciones que es
identificable de manera general como sociocultural
y de manera específica como ámbito
discursivo o comunidad. Este
juego haría posible la construcción de experiencias
propias, a partir de los cuales las personas estructuran y asumen de manera
particular, las cogniciones, decisiones,
comunicaciones, acciones e identificaciones que orientan y ordenan su vida
cotidiana, singularizando su existencia y enlazándola socialmente.
Gráfica 3: Construcción
de la Experiencia a partir de Situaciones de Interacción Simbólica 3. El Juego en Situación Podemos
concluir entonces de manera provisional que las interacciones simbólicas que se
produce en la zona de juego no se agotan ni en la descripción y análisis de sus
aspectos objetivos sendero que nos conduce al control y la tecnificación de los
juegos, así como tampoco en la descripción e interpretación de sus aspectos
subjetivos, camino que nos permitiría comprender la vivencia subjetiva de las
personas; hace falta una mirada más relacional y sistémica, capaz de comprender
el juego como una situación de interacción simbólica generadora de experiencias
contextualizadas, esas particulares prácticas de significación humana capaces
de vincular estrechamente el conocimiento y el interés, lo objetivo y lo
subjetivo, lo social-comunitario con lo individual. | ||||||||||||||||||||||||