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Documento:

El JUEGO COMO INTERACCIÓN SIMBOLICA

Autor:

Mg. MAICOL RUIZ [i]

CINDE-Universidad de Manizales

Origen:

IV Simposio Nacional de Investigación y Formación en Recreación.
Vicepresidencia de la República / Coldeportes / FUNLIBRE
Mayo 19 al 21 de 2005. Cali, Colombia.

 

 

 

 

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Ø Ponencias del Simposio

 


Ponencia

 

 

 

Cuando hablamos de juego y re-creación, pareciera que hablamos de las cosas menos serias de las que se pudiese hablar académicamente, igualmente, muchos re-creadores no le otorgan la importancia suficiente a la reflexión académica en torno a su hacer, con lo que terminan agenciando prácticas mecánicas orientadas solamente por la intuición como en el viejo mito europeo del aprendiz de mago; a través de este artículo pretendo demostrar que el juego es esencial a cualquier actividad que se precie de ser humanizadora y que por tanto, su exclusión en el análisis de las diferentes experiencias de lo humano nos resta la posibilidad de entenderlas de una manera dinámica.

 

1. Simbolizando … ando

Para comenzar esta ponencia quisiera recordar algo que por obvio olvidamos con frecuencia, y es que los tiempos de respuesta a un estimulo ambiental son mucho más largos en el ser humano que en el animal, ello en tanto la conducta humana está orientada por inteligencia reflexiva, por tanto, aunque en el argot popular se diga que hay personas que actúan sin pensar y se promueva la máxima de que “el que piensa pierde”, no actuamos automáticamente siguiendo la secuencialidad del tiempo como lo hacen los animales, sino que actuamos intencional y voluntariamente teniendo siempre como referencia un futuro probable que inventamos y que le da significado y sentido a nuestros esfuerzos cotidianos.

Al respecto PARLEBAS plantea que la conducta motriz “es un acto motor total, una conducta práxica que implica a su afectividad, a su relación con los demás y a sus capacidades cognitivas y, en referencia a su entorno social, estos protagonistas otorgan una significación a su acción que desborda ampliamente la simple intervención biomecánica de sus segmentos corporales[ii].

Esa particularidad de poder romper la secuencialidad del tiempo y anticipar situaciones futuras ha sido el mayor logro de nuestra especie y constituye a su vez la esencia más profunda del ocio, en tanto es ese “no tener que actuar obligatoriamente, ni tener que vivir ocupados todo el tiempo respondiendo a las contingencias del instante”, la matriz que ha hecho posible la cultura “el intento más audaz por liberarse de los grilletes de la adaptación en tanto obstáculo para desplegar plenamente la creatividad humana”[iii] la cual a su vez nos ha permitido, más allá del aseguramiento de nuestra re-producción, la enorme posibilidad de re-crear-nos como especie transformando nuestra condición humana a partir del aventurar-nos en los tiempos de la imaginación de la mano de la libertad, el afecto y la racionalidad.

Ese futuro, que sirve de referencia a nuestras acciones, que nos moviliza y nos hace tomar decisiones es siempre un estado ideal que se debería alcanzar, por ello se expresa a través de ideas-imagen en las que prima el pensamiento metafórico, e ideas-concepto en las que prima el pensamiento analítico, ellas nos permiten irrumpir a través del horizonte de los fenómenos sensoriales que vivenciamos cotidianamente, para constituir ordenes imaginarios o re-presentacionales que nos permiten hacerlos inteligibles y significantes, poner tales ordenes en discusión con los ordenes establecidos socialmente en aras de explorar posibilidades de respuesta y actuar con base en ello, buscando que nuestras acciones puedan simultáneamente tener validez supraindividual y relacionarse de alguna manera con una realidad que existe a través de la multitud de interacciones individuales.

Todas nuestras ideas bien sean metafóricas o analíticas surgen de nuestra capacidad para aislar características particulares de una situación y hacerlas símbolo, es decir, de la capacidad para “recortar” selectivamente a partir de nuestro interés y conocimiento, ciertas características de una vivencia para que nos sirvan como referente evocador de la misma, marcarlas con algún signo concreto arbitrariamente elegido, relacionarlas con un significado que las distinga de otras y articular este significado con otros para tejer sentidos orientadores que nos permitan comprender y articular las acciones y presencias propias y /o ajenas, tanto en relación con determinados universos discursivos, que operaría como contexto referencial.

Para ejemplificar imaginemos que estamos perdidos y avanzamos por un camino rural empantanado y solitario y de repente encontramos una marca diferente a las demás que aparecen el, en tanto es regular, lineal y estrecha, la reconocemos entonces como asociada con una marca específica, se trata sin duda de la huella de un vehículo, sabemos que no es de un automóvil porque sólo se ve una línea y sabemos que no es una motocicleta porque la huella es demasiado estrecha, concluimos entonces asociando esa huella encontrada con un significado conocido, “una bicicleta pasó por aquí”, sin embargo deducción que por si sola podría parecer tonta, cobra especial relevancia cuando la asociamos con nuestra situación: “estamos perdidos”,  la cual entra a operar como contexto referencial del significado que la da especificidad y trascendencia a nuestro hallazgo, en este caso evidenciar que “una bicicleta pasó por allí” tendría un sentido esperanzador y en consecuencia decidimos seguir sus huellas para encontrar ayuda. Una síntesis de este ejemplo la encontramos en la siguiente gráfica:

 

 

Contexto referencial:

 

 

Significado:

“Una bicicleta pasó por aquí”

 


 

SENTIDO: ESPERANZA


Símbolo:

Huella de llanta


Referente:

Una marca regular, lineal y estrecha en el camino

“Estamos perdidos”

Gráfica 1: Ejemplo de un Proceso de Simbolización

 

Los símbolos son las herramientas fundamentales por excelencia en nuestros procesos de humanización ya que no sólo nos permiten focalizar y escoger los estímulos ante los que reaccionaremos sino también organizar las distintas reacciones a ellos de acuerdo a nuestras posibilidades en forma de acto reflexivo, lo cual nos permite romper con nuestra dependencia animal de los estímulos inmediatos y ganar con ello dos oportunidades maravillosas: de un lado la posibilidad para controlar la respuesta a tales estímulos al punto de llegar a inhibirla y de otro, la capacidad de responder también a estímulos que no están fuera de nosotros sino en nuestra intimidad imaginativa como los recuerdos, los sueños, las creencias y las ideologías.

En síntesis, simbolizamos a fin de que la reacción ante la aparición de un símbolo en una situación pueda estar presente en nuestra experiencia en forma ideal, como un deber ser que nos sirve de parámetro para relacionarnos con el entorno, de manera que siempre contemos con alguna noción acerca de que acciones son posibles para hacerlo, bien sean adecuadas, permitidas, exigidas o subvertoras del orden establecido, aunque no siempre las elijamos[iv]

 

2.  Del Juego a la Persona

El hecho de que nuestras acciones individuales sean actos reflexivos no significa que actuemos siempre de la manera más adecuada de acuerdo a las situaciones en que nos encontremos, sino tan sólo que actuamos de manera voluntaria, una manera en la que el error y el conflicto aparecen por doquier en tanto nuestra voluntad no depende exclusivamente, como en los animales, de la necesidad y de que como especie estamos vinculados a grupos sociales mediante redes de comunicación e intercambio, los cuales actúan como canal y soporte de nuestra práxis, en esta medida, nuestra realidad no es natural sino una construcción social dinámica, que si bien puede ser re-creada, se resiste a nuestras acciones individuales tanto como nosotros nos resistimos a asumirla como algo estable e inamovible.

En estas circunstancias existenciales nos vemos obligados a interactuar simbólicamente con los demás y con el entorno, ajustando permanente nuestras actuaciones y nuestras simbolizaciones a nuestros intereses, los de los demás, así como a las condiciones de posibilidad en las que nos hallemos, a jugar entre las “certezas” de lo instituido y las posibilidades aún no realizadas de lo instituyente, a fin de asumir la experiencia desacomodadora tanto de recibir cotidianamente en nuestras vidas el impacto dinámico de la realidad, como el de enfrentar extraordinariamente situaciones de indeterminación e ininiteligibilidad.

Este juego hace posible que nos auto-eco-instituyamos como las personas singulares que somos y es por esta razón que los símbolos y por extensión el sentido y el valor que se les otorga, no están aislados, ni sean definitivos, sino que emergen en el seno de redes complejas y dinámicas frente a las que cada uno de nosotros define su rol y construye una identidad, en la medida en que contribuimos a su preservación y desarrollo, ya que la praxis social en tanto experiencia cultural no es del todo exterior a nosotros sino que como bien lo anota WINNICOTT[v], ocurre en un espacio intermedio entre nuestro yo y el entorno a la cual denomina zona de juego, siendo así la sociedadun factor mediador entre las cualidades humanas universales y la condición empírica de lo humano[vi]

En esta zona según WINNICOTT  la separación entre la realidad psíquica interna de los sujetos y la realidad exterior de los objetos, tiene la posibilidad de convertirse en una forma de unión a través del juego[vii]; un juego en el que se involucran vivencias subjetivas externalizadas así como bienes culturales y sociales dotados de un valor de uso y un valor de cambio que operan como marco y testimonio referencial de acciones y valoraciones que trata de ser internalizado, para dar sentido, tanto a la existencia como a las interacciones de los sujetos y objetos, a través del lenguaje y la imaginación, un juego que no busca necesariamente la culminación pulsional de las experiencias culturales, sino hacer sentir que la vida es real y merece ser vivida (ver gráfica 2)

Este juego es posible gracias a que nuestro yo es un yo corporal que se manifiesta como objeto y se vive como sujeto y en tanto tal, como anotaba anteriormente actúa voluntariamente entrando en contacto con todo aquello que por ser un no yo aparece como diferente y se resiste sus acciones, esos no yo que son los otros, otros yo, otro entorno a través de los cuales llegamos al mundo, nos instalamos en él e iniciamos ese dialogo conflictivo que dinamiza nuestra existencia humana y afirma nuestra singularidad.

 


Grafica 2. Juego de Constitución de la Persona

 

Es gracias a esa movilización que nos constituimos socialmente como personas con capacidad dinámica pare re-presentar nuestro ser, hacer, tener y estar en el mundo a través del lenguaje y desarrollar re-creativamente las posibilidades de nuestra imaginación, todo ello en relación con los otros, nuestras principales fuentes de referencia a la hora de aprender a simbolizar, idea sintetizada por  PAREDES cuando plantea que “nos movemos porque existimos y por medio del movimiento nos situamos y somos capaces de estructurarnos mejor en y con el mundo[viii].

De lo anterior se desprende que en tanto personas, somos criaturas psicosomáticas que percibimos el entorno a partir de nuestros sentidos, pero también de nuestras emociones, ideas, imágenes y representaciones mentales y nos relacionamos con él a través de nuestro cuerpo y nuestra mente, buscando la individuación, y convergentemente somos criaturas socioculturales que percibimos nuestro entorno a partir de imaginarios, representaciones sociales, ideologías, creencias, conceptos y discursos racionalizantes y nos relacionamos con él a través de prácticas, formas y sistemas de organización social buscando la pertenencia a un nosotros colectivo.

Esa doble calidad de nuestra existencia, nos permite asumirnos como sujetos auto-reflexivos que podemos ser simultáneamente sujeto y objeto para nosotros mismos en situaciones  de encuentro con el otro, que podamos tomar distancia de lo que somos y referirnos a nuestro yo como un él del que podemos es decir algo, como si fuésemos un otro que nos mira desde contextos, roles y estructuras diversas y simultáneamente ser un yo capaz de diferenciarse de los demás y auto-identificarse.

No obstante, como decíamos anteriormente no somos personas a priori, sino que nos  construimos como tales a través de toda una variada gama de procesos de interacción social que vivimos desde el vientre de la madre hasta el lecho de muerte y gracias a los cuales aprendemos a vivir en sistemas simbólicos de roles, a mantenernos y transformarnos en y a partir de ellos.

En consecuencia podemos entender la zona de juego como un espacio de convergencia que hace posible la ocurrencia de situaciones de interacción simbólica (ver gráfica 3), en las que entran en juego acciones instituyentes a través de las cuales los individuos afirmamos nuestra existencia en el mundo desde ciertas posiciones y disposiciones subjetivas en el contexto de unas determinadas condiciones instituidas tanto materiales como simbólicas a través de las cuales la realidad socialmente construida se objetiva como “ese conjunto de sistemas simbólicos, estructuras y prácticas que constituyen a su vez un referente,  un sistema convencional y un orden que hace posible el intercambio y le otorga sus mayores significaciones[ix] del que nos habla EDMOND, un contexto referencial de acciones y valoraciones que es identificable de manera general como sociocultural y de manera específica como ámbito discursivo o comunidad.

Este juego haría posible la construcción de experiencias propias, a partir de los cuales las personas estructuran y asumen de manera particular, las cogniciones, decisiones, comunicaciones, acciones e identificaciones que orientan y ordenan su vida cotidiana, singularizando su existencia y enlazándola socialmente.

 

 


Gráfica 3: Construcción de la Experiencia a partir de Situaciones de Interacción Simbólica

 

 

3. El Juego en Situación

Podemos concluir entonces de manera provisional que las interacciones simbólicas que se produce en la zona de juego no se agotan ni en la descripción y análisis de sus aspectos objetivos sendero que nos conduce al control y la tecnificación de los juegos, así como tampoco en la descripción e interpretación de sus aspectos subjetivos, camino que nos permitiría comprender la vivencia subjetiva de las personas; hace falta una mirada más relacional y sistémica, capaz de comprender el juego como una situación de interacción simbólica generadora de experiencias contextualizadas, esas particulares prácticas de significación humana capaces de vincular estrechamente el conocimiento y el interés, lo objetivo y lo subjetivo, lo social-comunitario con lo individual.