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Ponencia / nestordsl@yahoo.es |
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JUEGO: Es
estar contento y amando. (Ricardo
Mejía 10 años)[1] Introducción Vamos a intentar realizar un acercamiento
al juego como fenómeno y sus implicaciones, quizás más intuitivas que
empíricas, sobre su relación con el desarrollo humano; este recorrido se hará
inicialmente desde la amnesia adulta que nos acompaña para reconocer el mundo
infantil y las posteriores consecuencias que ello tiene en la vida de niños y
niñas, luego pasamos a la infancia juguetona, donde intentaremos retomar
algunos aportes que el juego le hace a la vida de los y las adultas; sin
excepción alguna; pues todos y todas pasamos por ese estadio de la existencia
humana y por ultimo adentrarnos en la relación que el juego como elemento
presente en la vida de todas las culturas aporta a su desarrollo,
particularmente en la condición humana. Amnesia adulta[2] y Miopía crónica Antes había una capacidad para la alegría y los
juegos, que hasta cierto punto ha sido inhibida por el culto a la eficiencia[3] Los datos, conocidos por todos y todas y que
no es necesario repasar nuevamente, nos hablan de las condiciones en que los y
las adultas de nuestro país obligamos a vivir a los niños y las niñas; no como
noción de futuro, que es bastante incierto, sino como realidad presente: El maltrato, el abandono, el asesinato,
el abuso, las violaciones, las condiciones dadas “gracias” al desplazamiento,
las víctimas de minas anti-persona (con relación a la infancia); en fin; muchas
más atrocidades de la civilización de occidente podríamos nombrar, que se constituyen
en el entorno en que arrinconamos a nuestros niños y niñas, para que hagan su
vida. Esta situación, parece cruzar el umbral
del olvido; olvido que se traduce en el abandono que hacemos, los adultos y
adultas de: “EL RINCÓN DE LOS JUGUETES[4]”.
Este rincón, como el espacio que alguna vez habitamos, pero que
abandonamos para ser adultos. Así, olvidamos el juego y lo que él
significó para nosotros y nosotras; Despreciamos su práctica y regañamos a
nuestros hijos e hijas si ensucian la ropa que se ponen en juegos “infantiles”. Proponemos abiertamente que el trabajo
forma en el carácter y la responsabilidad, a sabiendas de que un niño o una
niña que trabaja, empobrece su presente y su futuro y que en el juego, esta
formación, es más agradable, y tiene más posibilidades de fijarse como estilo
de vida para un desarrollo futuro. El estado Colombiano es incapaz de
garantizar el derecho a la recreación[5] y al juego[6]; aun sabiendo, que somos pioneros en
América latina en la formulación de un plan nacional de recreación y que este
mismo ha sido modelo para la formulación de otras políticas sectoriales, como
es el caso de la educación física y del deporte. La legislación que poseemos en este
sentido es importante; firmamos tratados internacionales; después de ello los
incorporamos en la legislación interna y regulamos a las instituciones que
prestan servicios de esta índole, pero no somos capaces de ir más allá. En este sentido, dejamos la iniciativa de
programas recreativos en manos de la institucionalidad privada y ello significa
la exclusión de miles de personas, de ofertas recreativas de calidad, que
signifiquen apuestas por mejorar su calidad de vida. Entre la normatividad nacional
encontramos: CONSTITUCIÓN
NACIONAL: ARTICULO 44. Son derechos fundamentales de los niños: la vida, la integridad
física, la salud y la seguridad social, la alimentación equilibrada, su nombre
y nacionalidad, tener una familia y no ser separados de ella, el cuidado y
amor, la educación y la cultura, la recreación y la libre expresión de su opinión.
Serán protegidos contra toda forma de abandono, violencia física o moral,
secuestro, venta, abuso sexual, explotación laboral o económica y trabajos
riesgosos. Gozarán también de los demás derechos consagrados en la
Constitución, en las leyes y en los tratados internacionales ratificados por
Colombia. .. . . Los derechos de los niños
prevalecen sobre los derechos de los demás. Otro
artículo constitucional brinda el derecho a todas las personas a la recreación: ARTICULO 52. Se reconoce el derecho de todas las personas a la recreación, a la
práctica del deporte y al aprovechamiento del tiempo libre. El Estado fomentará
estas actividades e inspeccionará las organizaciones deportivas, cuya
estructura y propiedad deberán ser democráticas. ARTICULO 64. Es deber del Estado promover el acceso progresivo a la propiedad de
la tierra de los trabajadores agrarios, en forma individual o asociativa, y a
los servicios de educación, salud, vivienda, seguridad social, recreación, . .
., con el fin de mejorar el ingreso y calidad de vida de los campesinos. De esta normatividad se desprende la ley
181 o del deporte y la recreación; que a varios lustros de su promulgación,
sigue sin desarrollarse plenamente; pues son pocos los procesos adelantados por
el gobierno, para garantizar acceso a los servicios recreativos de toda la
población, con miras a construir opciones para que vidas más felices sean
posibles. En este orden de ideas; la sociedad o el
mundo adulto perpetúa su incapacidad para ubicarse en el lugar de los niños y
las niñas. Nuestra miopía para reconocer
sus condiciones es de lo más alta; contando, conque un día, sin excepción
alguna, todos y todas fuimos niños y niñas. Quizá todo este adulto-centrismo,
facilite la ceguera gubernamental para renunciar a invertir grandes sumas de
dinero en programas recreativos que puedan cobijar a grandes segmentos
poblaciones, mejorando sus condiciones de vida desde el disfrute y se gasten
los recursos en viajes de representación y en unas cuantas personas que se
dedican al deporte de alto rendimiento. ¿Qué le sucede entonces a esta condición
adulta? Nuestro tránsito de la vida infantil a la
adultez, está cruzado por un conjunto de renuncias; renuncias que se van
convirtiendo en elementos atravesados por la realidad social y por el sistema
económico imperante que nos “PRO-IMPONE”: “trabajar, trabajar y trabajar, como
un pilar fundamental de la sociedad moderna y capitalista. En esa “trampa de la razón” abandonamos a
nuestra suerte el ser de la infancia, lo olvidamos y cercenamos de nosotros y
nosotras nuestra historia personal. El juego queda relegado a los niños y a
las niñas. El trabajo, lo “serio” se
convierte en nuestra única posibilidad de vida y desechamos en el mundo adulto
la posibilidad de jugar, de divertirnos, de encontrarnos con nosotros mismos y
con quienes nos rodean, de una manera menos impuesta que la que la sociedad de
mercado nos propone. Para los adultos y adultas, jugar es una
pérdida de tiempo y el mundo valida la construcción[7] de un parque infantil para la
distracción de los niños y las niñas, pero una vez construido, no permitimos
que ellos y ellas lo visiten, es más somos miopes para ofrecerles compañía. El juego adulto, es censurado; “esas
infantilezas” se dejan para la intimidad del hogar, porque el permiso social,
aquí no es necesario. Podremos reconocer
incluso que el juego posee para la infancia, todas esas ventajas que aquí
dejamos entrever, en el discurrir de este texto, pero satanizamos al adulto que
ríe, juega con sus pares y también con los niños y niñas que le rodean. Olvidamos que así como en la infancia el
juego produce encuentros, en la adultez también; así como niños y niñas
acuerdan reglas de juego para su vivencia, los adultos que juegan también
tienen que hacerlo; así como se construyen opciones de vida desde el juego,
para los y las más pequeñas, los adultos también pueden cruzar sus vidas por
experiencias placenteras que les enriquezcan y les ayuden a mejorar sus
relaciones de pareja de amigos y amigas, vecinales etc. Con atrevimiento, se nos ha propuesto
dejar emerger “el niño que llevamos dentro”; y renunciar a construir proyectos
de ocio desde nuestra condición adulta, como si éste, cómo ya lo mencionamos;
sólo fuese una posibilidad infantil.
Además, esto se convierte en una contradicción, cuando la cultura, la
sociedad y la economía nos grita en casi todos los rincones del mundo; cada vez
a más temprana edad, que ya no somos niños y niñas; que nuestra edad adulta se
asoma al alba y que asumamos el nuevo papel; el de la producción. Con todo esto, desechamos de nuestra
vida, la posibilidad de que ese espíritu infantil que acompañó nuestros juegos
y que hoy denominan acertadamente los y las expertas la dimensión lúdica[8]; se transforme con nuestro ser a medida
que “nos vamos haciendo viejos” y sigamos vigentes para el goce y el disfrute
propio de nuestra edad. Los adultos no podremos ser niños o niñas
para el juego; pero si podremos desarrollar o potenciar nuestra dimensión
lúdica, así nos encontremos en el ocaso de la existencia; pues el disfrute y el
goce de la vida humana, no se agotan en la infancia, ni le pertenece solo a
ella. En este sentido, a los adultos y a las
adultas, se nos sigue imponiendo la moral capitalista y se presenta el mercado,
y en él la producción como la única posibilidad de construir proyectos de vida;
asunto que al final del milenio anterior y a principios de este, parece una
mentira que sigue siendo verdad por orden del “tío Sam”. Nuestra amnesia se instala en la
condición adulta y dejamos de lado la diversión y el placer como posibilidad
para la construcción de estilos y proyectos de vida, que van más allá de que
todos, todas tengamos necesariamente que vivir en y con una sonrisa permanente
a flor de piel. Desde la producción, no podremos
reconocer que en el ocio, también es posible construir proyectos y estilos de
vida; tampoco será posible pensar en menos horas de trabajo y más alternativas
para construir una ciudad lúdica, que desconozca la exclusión de las
diferencias y parta de ellas para una sociedad más justa. Creemos sin duda, que el apasionamiento
por el trabajo, casi como un meta discurso que pretende dar cuenta de toda la
vida humana, se agota en sí mismo, en la medida en que millones de seres
humanos, que trabajan a diario, no han logrado construir condiciones dignas
para su subsistencia. Sin vacilaciones, nos atrevemos a decir,
que el reencuentro con nuestra infancia, ha de servirnos para reconciliarnos
con nuestro presente; y puede constituirse como referente para construir vidas
más completas y felices, pero ello pasa por curarnos de la miopía crónica que
no nos permite ver la realidad en la que viven nuestros niños y nuestras niñas
y de la amnesia profunda que nos hace olvidar cuanto aprendimos, cuánto
crecimos como personas y cuán felices fuimos corriendo por el barrio con los
amigos y las amigas. Una infancia
juguetona: “La convención sobre los derechos del niño
hace hincapié en la importancia que representan para los niños y adolescentes
los vecindarios seguros y acogedores. El
documento reconoce también el derecho al juego y la recreación, a la
participación en la vida cultural de sus comunidades, así como su derecho a
asociarse con otros, a disponer de acceso a la información y a recibir
preparación para convertirse en ciudadanos responsables dentro de una sociedad
libre”[9] El juego, es un elemento que ha estado
presente en la vida de todos los seres humanos; sus expresiones,
características, acciones, canciones (letras), varía de acuerdo a las condiciones
sociales y geográficas en las que nos ha tocado vivir a todos y a todas; quién
no jugó bajo la lluvia, embarró sus zapatos, su ropa; quién no se encontró con
amigos o amigas a correr y a saltar; quién no sumó en la calculadora manual de
mamá, algunas desobediencias por quedarse a compartir con los vecinos o
vecinas; quién no rodó un carro de rodillos por la cuadra de encima, de al
lado; quién no ayudó a recoger leña para el almuerzo familiar en la manga, en
el plan o cerca a la quebrada, al caño; quién no metió a sus padres en
discusiones con los vecinos o vecinas por alguna pelea ocasionada por una
travesura infantil. Reconocidos estos elementos, desde
nuestra condición adulta, en los que sin duda estamos ubicados, sino en todos,
por lo menos en algunos cuantos; es claro que el juego ha estado presente en
nuestra infancia, en nuestra vida, en nuestro desarrollo. Cuando decimos que el juego ha estado
presente en nuestro desarrollo, planteamos sin mucho susto a equivocarnos, que
todo aquello que en él se vivió, como expresión de las experiencias infantiles;
hizo parte importante, sin duda, de nuestro proceso de crecimiento como
personas. Siempre que jugamos en nuestra infancia,
más allá de las teorías propuestas por los expertos, se nos permitió a niños y
niñas encuentros: expresados en nuevos amigos, amigas, lugares; que ayudaron a
ampliar nuestra visión del mundo, del espacio que nos rodeaba o rodea; facilitó
desencuentros entre los mismos amigos y amigas; desavenencias que permitieron
reconocer a otros y otras en escena, para hacer la vida común; con diferentes y
no con iguales; ello obligó a construir acuerdos para que el juego fuese
posible en la pluralidad. En estas divergencias, aprendimos a
“perder” o mejor a tolerar la frustración, que se constituye en un asunto muy
importante para nuestra madurez; esto nos puso en un mundo común, en donde
existen otros y otras con intereses, con capacidades y con conflictos que
pudieron ser elementos incorporados para vivir en sociedad, desde la infancia
misma. El juego ayudó, a la construcción de
pre-conceptos que facilitaron acercamientos con las letras y los números; no es
gratuito que éste sea el elemento primordial de los preescolares y el grado de
transición, para dar el salto necesario a los programas de lecto-escritura. Hoy, si bien se oye nombrar como una
invención de la técnica moderna: “LA PEDAGOGIA LÚDICA”; seguimos asistiendo a
un divorcio escandaloso entre educación y juego, entre educación y placer,
entre educación y lúdica, entre educación y afecto. Este divorcio, se reconoce, en la medida en
que las instituciones educativas siguen siendo expulsoras de los y las
estudiantes del sistema formal, debido a sus cánones rígidos y que no consultan
la realidad de los estudiantes, sus gustos y aspiraciones; a ello se suma que
desde estancias del orden nacional, solo importan las estadísticas; lo que
también obliga a muchos y muchas docentes e instituciones a vaciar contenidos
que pasan desapercibidos por la vida de los y las estudiantes. El refrán popular de que: “La letra con
sangre entra”, parece no aplicarse hoy, debido a que existen normas que
castigarían este evento, pero no a la convicción de que “jugando se aprende” en
la infancia y en la vida adulta también. En la infancia, la felicidad, pasó sin duda,
por espacios de juego que se convierten en eternidad para adultos, pero que
para niños y niñas, apenas son instantes que no desean terminar. Las marcas dejadas por los juegos de
nuestra infancia, van desde amigos inmortales, hasta peleas callejeras; desde
novios y novias hasta rencillas estudiantiles; en suma, gustos, disgustos y
opciones de vida que en muchos casos fueron soñados en el alba de la existencia
humana. Estas marcas supusieron siempre y aun lo
son, equipajes de aquellos que nadie puede desprenderse. El JUEGO como POSIBILITADOR de DESARROLLO: “Consideran el trabajo como debe ser considerado, como
un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que
pueden disfrutar, la obtienen en sus horas de OCIO[10]. El desarrollo humano, se refiere a
las personas y no los objetos[11]; en este sentido, es importante
tener en cuenta que nos referimos al juego desde la condición humana y no desde
la vida animal. Bajo este presupuesto,
imaginémonos una comunidad donde el juego es una prioridad, para la infancia;
comunidad ideal por supuesto, pero elemento que nos sirve como referente: Cuando el juego se convierte en
prioridad para los niños y las niñas, necesariamente los y las adultas que les
rodean, se convierten en co-protagonistas de la historia; esta comunidad cuanta
con un espacio de desarrollar juegos y diversas propuestas artísticas de las
que pueden usuarios y usuarias todas las personas que habitan este
entorno. Aquí, jugar se convierte en un
dispositivo de encuentro, que fortalece la organización comunitaria, para
adelantar propuestas recreativas. La inversión que pueden hacer los
entes públicos para el desarrollo del juego en esta comunidad, puede ser un
gasto frívolo, reconociendo que existen unos recursos limitados y altos niveles
de corrupción. Esto puede dificultar las
posibilidades para jugar, pero un proceso organizativo para adelantar
propuestas a partir del juego, puede reconocer que los requisitos para éste,
pueden ser más simples de lo que parecen: basta en múltiples ocasiones con
espacios seguros y compañías de pares; se supone por nuestro ejemplo que esto
ya lo tenemos. Este espacio de juegos, puede
considerarse como un lugar con cierta sobriedad que puede invitar a niños,
niñas y adultos a entrar en contacto con la naturaleza, el ambiente y con otras
personas; ello puede ayudar en la apropiación de dicho espacio y supone
necesariamente para la comunidad, apropiación de sus espacios; lo que redundará
necesariamente en ir asumiendo la participación social desde el juego como una
apuesta política que construye condiciones de vida para los y las habitantes. Las actividades a desarrollar;
planeadas y propuestas colectivamente, pueden convertirse en posibilidades
constructivas y satisfactorias para las personas de la comunidad de la que
hablamos, lo que significa un grado importante de participación en la
construcción de condiciones sociales favorables para la infancia y las otras
personas que les rodean; esto puede ayudar a fortalecer la identidad
comunitaria y la vida cultural, partiendo de los intereses y recursos que la
comunidad posee y que además puede gestionar en el gobierno local. Si se tiene en cuenta que la
participación ha de desarrollarse de manera intergeneracional, pueden
construirse lazos menos endebles con los adultos mayores y estos con los y las
jóvenes y facilitar que estas relaciones, se medien menos por la critica mutua
y más el encuentro; situación esta que puede fortalecer la vida comunitaria e
individual. Para las niñas, el desarrollo de
ofertas recreativas comunitarias, ha de atenderlas de manera importante, ya que
tienen las mismas necesidades que los niños y normalmente, su actividad se ve
truncada, ya que deben asumir oficios domésticos. Los juegos permiten establecer
amistades que duraderas o no son potenciadoras del compartir y ayudan a ampliar
el mundo, más allá del circulo familiar. Estas consideraciones, sobre el
juego, le ubican en un lugar privilegiado para el desarrollo de los seres
humanos; pues desde el mismo, puede constituirse en un gran aporte a mejorar
las condiciones de vida desde una actividad sencilla y compleja como el
encuentro En esta medida, desde el juego; es
posible construir opciones y posibilidades para el desarrollo; entendido éste
como un aporte en concreto para la vida de las personas. Así, tendremos que apostarle menos
al juego que nos destruye, como al juego de la guerra y proponer más juegos que
sirvan para: Jugar a la vida, a vivir
que se nos hace esquivo. Jugar a la libertad que se
nos vuelve deber sin retribución alguna. Jugar al encuentro tan
subversivo en estos tiempos. Jugar a la risa en todo
momento para que la vida no sea tan seria: en el culto; cuando los mayores
hablan; en la clase; en la esquina… Jugar al saber compartido,
a que me soplen lo que no se, para “el saber” mismo menos rígido, menos
patriarcal, menos verdad infinita; más alegría, más encuentro, más combo, más
gallada. Jugarle a los vericuetos del
sistema para que florezca la resistencia
como posibilidades de construir otros mundos; otras utopías. Jugar a crear propuestas para
el encuentro; nuevas risas y nuevos HA – SERES; más infantiles y menos
adultos. Jugar a la infancia en si
misma; que los niños sean niños y que las niñas sean niñas. Jugar a crear nuevos
abrazos, nuevos besos; afectos no cercenados, por el sistema y el
autoritarismo. Jugar al hombro a hombro, al
mano a mano, para recrear y reconfigurar el mundo de ganadores y
perdedoras. Queremos jugar, a los derechos
del lado izquierdo; el derecho a la vida, a la educación, a la recreación,
al buen trato, a la propiedad común de un juguete que recree mundos cotidianos. Queremos jugar al juego de
soñar, de imaginar ya para los quince minutos siguientes. Queremos en suma, recrear la
existencia humana; de los niños, de las niñas; de los y las adultas, de los
y las jóvenes; no para el mañana, para el hoy, el aquí y el ahora. En fin, creemos que todo este
juego y esta manera de jugar que no es otra que la infantil debe contarse,
vivirse, compartirse, reconstruyendo. . . la esperanza. . .[12] Bibliografía: v NARANJO, Javier. Casa de las estrellas. Ed. Alfaguara. Bogotá.
Febrero de 2005. v RUSSELL,
Bertrans. “El Elogio de la Ociosidad” en
Revista Colombiana de sicología. Copias
sin más referencias. v SÁNCHEZ, Néstor. “Desde el rincón de los juguetes”. Documento Publicado en: www.redcreación.org v Derecho consagrado en
la constitución nacional. Articulo 52. v Al respecto; ver la
convención de los derechos de los niños y las niñas. v Al respecto; ver:
CINDE: Modulo de desarrollo humano.
2002. v UNICEF. “Ciudades para la niñez”. – Vecindarios para los niños – Pg 145. Bogotá Colombia. Febrero de 2004. v NEEF, Max. En Desarrollo a escala humana.
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