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Documento:

LUDOLOGIA:
LA INDAGACION DEL JUEGO POR EL JUEGO

Autor:

Prof. PEDRO FULLEDA BANDERA [1]
INDER CUBA

Origen:

Colaboración del autor.

 

 

 

 

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DOCUMENTO

 

| Resumen | I. Introducción | II. La lúdica como función antropológica |

| III. La Lúdica como satisfactor de necesidades humanas | IV. La aparente gratuidad del juego | Bibliografía |

 

 

RESUMEN

 

Para las diversas disciplinas especializadas el acto lúdico –y particularmente el juego- es estudiado en la medida que contribuye a sus fines concretos. También en lo lingüístico se da a la Lúdica un sentido absolutamente instrumental, un exclusivo valor adjetivo –la actividad lúdica- y no el carácter sustantivo que merece. Ella surgió con un marcado valor utilitario, como una significativa acción antropológica derivada de la necesidad de subsistencia de los grupos humanos, que ha contribuido de forma notable al desarrollo de la Humanidad.

Las respuestas a preguntas básicas, como ¿qué? y ¿por qué?, pretenden desentrañar el verdadero sentido, las causas motivadoras del acto lúdico como expresión de la condición humana, independientemente de sus propósitos y campos de aplicación en el orden práctico.

     Un abordaje de la Lúdica de forma sustantiva requiere de otras herramientas del conocimiento, diferentes a las tradicionalmente empleadas por las disciplinas que han estudiado el juego de manera instrumental. Así pues, puede justificarse la existencia de la Ludología, como disciplina ocupada en el estudio del juego por el juego, del aparente sinsentido de esta acción antropológica. La espontaneidad y la “gratuidad” del juego no deben engañarnos... El  está limitado en el tiempo y, en definitiva, sus resultados son borrados. Sin embargo, como requiere la totalidad del ser, de forma voluntaria en función de una motivación determinada, tiene necesariamente unas consecuencias que varían según la calidad y amplitud del compromiso, según los rasgos dominantes del juego considerado. La obtención del placer lúdico, como resultado esencial de esta acción, tiene su sentido más profundo en procesos objetivos y dialécticos del desarrollo, que trascienden las aplicaciones concretas, pues determinan el  paso hacia una condición superior en la existencia del individuo y de la especie, en la conversión del Homo Ludens en Homo Sapiens.

 

 


INTRODUCCION

 

José Martí decidió concluir el artículo “Un juego nuevo y otros viejos”, incluido en su imperecedera obra dedicada a los niños y niñas de América, “La Edad de Oro”, con la anécdota de Chichá, la niña bonita de Guatemala, quien al preguntársele: “¿Por qué te comes esa aceituna tan despacio?”, respondió con la única desinhibida y natural motivación presente en toda acción placentera por parte de la infancia:  Porque me gusta mucho”.

Así, casi imperceptiblemente, expresó nuestro Héroe Nacional su interpretación de lo lúdico. Aun cuando este concepto no fuese abordado explícitamente en su obra, abundan, sin embargo, en el mencionado artículo las referencias a semejante acción mediante la cual los seres humanos pueden liberar sus impulsos internos, en la búsqueda de la satisfacción y el placer. “Los pueblos –escribió- , lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura”.

¿Cuál es la significación, la importancia, de esa aparente “locura”, al decir de Martí?. ¿Cómo surge, y se manifiesta, en los seres humanos la urgencia irresistible de ejecutar, de tiempo en tiempo, acciones en apariencia incontroladas y sin sentido?. ¿Qué secretos mecanismos, ocultos en lo profundo de la psique, desencadenan las acciones tendientes a la búsqueda del placer, de la satisfacción plena en los individuos de todos los grupos etarios, de géneros y ocupacionales?. ¿Cómo influye semejante satisfactor de necesidades primarias en el desarrollo a escala humana, tanto en lo individual como en lo social?.

A lo largo de la historia de las ciencias, diversas disciplinas han abordado el fenómeno de lo lúdico, pero siempre con un propósito instrumental, como un medio para la consecución de un determinado fin, y en ningún caso como un fin en sí mismo. Peor aún, esto se ha hecho comúnmente reduciendo el concepto de lo lúdico sólo a una de sus manifestaciones –en verdad, la más universal y significativa-, que es el juego.

Para los psicólogos, el acto lúdico –juego- es estudiado en la medida que contribuye a la mejor comprensión de las conductas individuales a lo largo de la vida. Los sociólogos lo valoran por su influencia en el marco de las interacciones sociales en que los grupos humanos se desenvuelven. Los pedagogos lo han empleado como recurso motivador y regulador en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Los etnólogos acuden a él como parte de los mecanismos socioculturales que les permiten hurgar en la prehistoria de la Humanidad. En cualquier caso siempre el juego –asumido como equivalencia de lo lúdico- será una herramienta en la indagación, un duende travieso que se “cuela” bajo el lente del investigador empeñado en desentrañar otros misterios, y que se topa con él incluso sin proponérselo, con lo que se manifiesta su carácter inseparable de la condición humana, su presencia tenaz y significativa en todo hecho antropológico, tanto desde lo ontogénico como desde lo filogenético.

También en lo lingüístico se da al término un sentido absolutamente instrumental, un exclusivo valor adjetivo – el acto lúdico, la actividad lúdica...-, y el diccionario de la Real Academia Española (RAE) de la lengua establece:  lúdico, ca. (del lat. ludus, juego, e -́ico). adj. Perteneciente o relativo al juego”.  No se le reconoce ninguna función sustantiva, la asunción de una personalidad propia; en definitiva, la Lúdica, como categoría superior, no está aún oficialmente reconocida en nuestro campo de conocimientos.

Sin embargo, ya desde la prehistoria el hombre ha experimentado los múltiples efectos de la Lúdica, desde el momento en que acudió a la representación simbólica de la realidad para resumir en una acción ritual, e incluso de tipo sagrado, la lucha por la supervivencia, o conjurar las fuerzas desconocidas a las que temía, a fin de apropiarse del sentido animista de tales procesos, y para establecer mecanismos de comunicación que les permitiesen actuar mejor en cooperación. La Lúdica surgió, por tanto, con un marcado valor utilitario, como una significativa acción antropológica derivada de la necesidad de subsistencia de los grupos humanos, que contribuyó de forma notable al desarrollo de la Humanidad. De tal modo se ponen de manifiesto sus rasgos esenciales:

·        Es una acción exclusivamente antropológica, asumida con absoluta libertad.

·        Históricamente se origina en la necesidad de subsistencia del ser humano.

·        Contribuye a la satisfacción de la necesidad de desarrollo de la Humanidad.

Un enfoque epistemológico que pretenda fundamentar cada uno de estos tres factores habrá de requerir de un criterio diferente al empleado hasta ahora, para el abordaje del juego, por la Psicología, la Pedagogía, la Sociología o la Etnología, entre otras ciencias. Se trata, en primer lugar, de sustantivizar el concepto, considerándolo como una categoría superior del conocimiento; y en segundo término, de enfocarlo como un fin en sí mismo y no como un recurso instrumental, priorizando las preguntas básicas: ¿qué? y ¿por qué?, en vez de las habituales: ¿para qué? y ¿cómo?.

Las respuestas al ¿para qué? y ¿cómo? se refieren a los fines utilitarios, las formas de aplicación y realización del acto lúdico, asumido entonces como medio hacia ese determinado fin, que será el objetivo principal del investigador. Es lo habitual en el proceder psicopedagógico, la indagación sociológica o la interpretación etnológica. En cambio, las respuestas al ¿qué? y ¿por qué? pretenden desentrañar el verdadero sentido, las causas motivadoras del acto lúdico como expresión de la condición humana, independientemente de sus resultados y campos de aplicación en el orden práctico. Y entonces será preciso abordar este proceso con un enfoque diferente al  de las ciencias humanísticas que tradicionalmente se han expresado sobre el juego: lo lúdico –y más acertadamente la Lúdica, como categoría superior- será el objeto de estudio, el sentido principal de una indagación en la que no se tratará de interpretar la intencionalidad, la actividad y los efectos en quienes juegan, sino sobre todo de comprender las profundas motivaciones que conducen al acto de jugar, pasar del papel del investigador al del jugador, de la visión exterior del proceso a la interior, a la esencia misma de una conducta humana que parece tener, para muchos, un evidente sinsentido, pero que, recordando a Martí, es expresión de esa “locura” que permite, tanto a pueblos como a niños, sacar fuera de sí, de tiempo en tiempo, aquello que se desea y que se va quedando sin hacer... Tal vez estos argumentos bastarían para justificar la existencia de una nueva rama del conocimiento, la Ludología, que tuviese a ese extraordinario campo del quehacer humano como objeto de estudio.

Algunos podrán calificarlo como un empeño inútil, considerando que en nuestras pragmáticas sociedades es absurdo hablar del juego sin una consecuencia concreta e inmediata, tal como ocurre con el trabajo. O se juega para aprender, o para socializarse, o para mejorar el comportamiento individual, o para aplicar procederes ludoterapéuticos, o en el mejor de los casos para ocupar el “tiempo libre”... Se ignora así que quien juega –¡de verdad!, y no de forma impuesta o planificada, que ya dejaría, por eso, de ser juego- lo hace porque quiere (¡porque le da la gana...!), sin dedicarse previamente a pensar que semejante acción le aportará tales o más cuales consecuencias, diferentes al hecho de pasarla bien, divertirse, recrearse. Para él lo primero es el placer, y lo demás, si ha de venir, será por añadidura...

Así la Ludología aportará la indagación del juego por el juego. Y obsérvese que estamos centrando la atención en solo una de las manifestaciones –la más universal y significativa- de la Lúdica. Pues lo aplicable al juego, en cuanto a dimensión simbólica de la realidad a través de un acto placentero con pleno ejercicio de la libertad, es igualmente válido para las otras manifestaciones del quehacer lúdico, en un abanico muy variado de alternativas, que incluye las expresiones artísticas, el humor y la broma, el jolgorio y la fiesta, el rito sacro y la liturgia religiosa, el acto creativo –incluso en el campo laboral-,  así como la sexualidad en el sublime acto de amor de la pareja humana.

Personalmente nos inscribimos en una corriente de pensamiento que potencia la existencia de ludólogos, como investigadores del acto lúdico desde su esencia, para brindar a los especialistas de las diversas disciplinas una interpretación más profunda y esclarecedora de ese extraordinario proceso que, volviendo a Martí, hizo exclamar a Chichá -desde lo más profundo de su convicción- la única verdad que motiva a quienes a lo largo de la historia de la Humanidad hemos jugado, bailado, reído, bromeado, creado, orado y amado,  y aún lo seguiremos haciendo, a pesar de todo... ¡porque nos gusta mucho!.

 

I.  LA LUDICA COMO FUNCION ANTROPOLOGICA

 

La característica esencial del acto lúdico, su definición por excelencia, es que se trata de una representación simbólica –en el interior de la conciencia humana- de la realidad, asumida de forma libre y placentera, a través de la cual se promueven en las personas los procesos de asimilación y acomodación a aquella, enunciados por Piaget. Por tal razón, además, se trata de una función absolutamente antropológica, pues los animales que carecen de capacidad de abstracción, en su pensamiento concreto no pueden representar simbólicamente el entorno, y en consecuencia no tienen acceso al juego, a la creatividad, a la comicidad, al arte, a la religiosidad, o a la sexualidad lúdicamente practicada.

La posible facultad de los animales para jugar es motivo de polémicas. Sobre todo, cuando se desconoce a la Lúdica como categoría superior que involucra a otras manifestaciones –como las mencionadas antes- cuya inaccesibilidad para los animales es aceptada, y se la reduce exclusivamente al juego. Pero, de igual modo que un cachorro canino no puede crear una obra artística, tampoco podrá jugar, aunque afirmarlo sea incluso ofensivo para quienes están acostumbrados a divertirse con su más fiel amigo.

    El simbolismo lúdico conduce a la práctica del hacer como si..., que es la base de los juegos simbólicos en la infancia (de roles, o hacer como si se fuera madre, padre, policía, bombero...). Según Piaget, el juego simbólico corresponde a la segunda etapa en la evolución de la personalidad del niño, manifestándose generalmente a partir de los 2 años de edad, y más exactamente cuando surge la capacidad del lenguaje, en la que el pequeño puede comenzar a representar con palabras (símbolos mentales regidos por el idioma que hereda de sus mayores) los objetos y procesos de su realidad. El juego simbólico, que para muchas teorías pedagógicas es el inicio de la facultad de jugar -R.I. Zhukovskaia en su obra "La educación del niño en el juego"; apuntó: "La primera forma de juego se caracteriza porque el niño, al reproducir el fenómeno que le ha impresionado desempeña, simultáneamente, el rol del objeto que ha suscitado su interés y el del hombre que opera con ese objeto"- , sólo puede ocurrir teniendo como soporte la capacidad del pensamiento abstracto, y es por tanto una cualidad absolutamente humana. Es condición inicial para la educación como sistema estructurado del conocimiento, y por eso es característico de la enseñanza prescolar.

    Pero antes de su aparición está presente, también según Piaget, otra manifestación lúdica, que es el juego de ejercicios, el cual surge ya en las primeras semanas de vida, e incluso hay investigaciones que extienden esta capacidad a la etapa fetal. La Psicología evolutiva reconoce en el recién nacido dos tipos principales de acciones físicas: las que tienen que ver con la satisfacción de su necesidad de subsistencia -como el llanto para expresar hambre e incomodidad, o el reflejo de succión ante la presencia de cualquier objeto entre los labios, imprescindible para el acto de alimentación en los mamíferos-, y otras no directamente vinculadas con la subsistencia del pequeño ser humano.

     Este, a las pocas semanas de nacido comienza a accionar, de forma aún irregular e inconexa, todo cuanto tiene de movible en su cuerpo: agita brazos y piernas, saca la lengua, gira el cuello, y progresivamente va incorporando nuevas posibilidades físicas a su estructura corporal, base indispensable de su evolución psicomotriz y de su vinculación con el entorno. Dichos movimientos responden a una congénita necesidad de desarrollo presente en el neonato, cuya satisfacción apunta a un mayor conocimiento de sí mismo.

     Incorporando la experiencia -que descubrió de manera casual- a su memoria en formación, el recién nacido va perfeccionando sus acciones corporales mediante su repetición de modo intencional, lo cual le causa un estado de satisfacción personal. Simplemente, disfruta del placer de sentirse "moviente". De tal modo estamos en presencia de la manifestación innata del impulso lúdico vital en los seres humanos. El psicólogo austríaco Karl Bühler denominó esta etapa como del "juego funcional", por estar relacionada con el desarrollo de las funciones primarias en el ser humano -aquellas que condicionan sus acciones corporales y la coordinación psicofísica de su comportamiento-, y es para Piaget el inicio de lo que denomina juego de ejercicios, punto de partida en la evolución de la actividad lúdica a través de las diferentes etapas de desarrollo en las estructuras mentales en el niño.          En todo caso, se trata de un acto biológicamente determinado e inherente a la condición humana, y que es la base del proceso individual -ontogénico- destinado a la satisfacción de la necesidad de desarrollo.

    ¿Se cumple aquí el rasgo característico de la actividad lúdica, de ser una acción consciente?. Por supuesto que sí, considerando que existe en ella una cierta intencionalidad previa a partir del instante de su descubrimiento. Es obvio que tal manifestación consciente es sui géneris, pues carece de la presencia de conceptos que la definan -solo posibles a partir de la aparición del lenguaje-, por lo que el recién nacido ignora las causas de su actuación, no es "racionalmente consciente" de ella por carecer de símbolos, o conceptos, con que designarla. Pero él experimenta la necesidad de su ejecución, y en respuesta actúa voluntaria e intencionalmente. Por casualidad descubre que accionar sus miembros le es agradable. Ignora el por qué y ni siquiera comprende qué está haciendo. Mas, siente el placer de entrar en conocimiento de sí mismo, de su propia presencia, de aquello que puede poner en acción a voluntad. Y de tal modo comienza a disfrutar plenamente, y por primera vez, del ejercicio de su libertad, que es precisamente donde radica la magia del acto lúdico.

    Este tipo sui géneris de juego, carente de racionalidad consciente, es absolutamente físico, corporal, y corresponde al retozo, que la RAE define así: 1. Saltar y brincar alegremente. || 2. Dicho de una persona o de un animal: travesear con otros. || 3. Dicho de personas de distinto sexo: travesear con desenvoltura. || 4. Dicho de una pasión: moverse, excitarse impetuosamente en lo interior. Es, por cierto, lo que define la acción animal que muchos identifican como “juego”. Los cachorros retozan, no juegan. Es preciso apuntar otros argumentos para marcar la diferencia en este sentido, sobre todo cuando tal “juego funcional”, o retozo humano, se convierte en juego de ejercicios.

    Efectivamente, lo que comenzó siendo una acción irracional en el neonato terminará siendo superada, pues, como apuntara Piaget, cada nueva forma de juego no sustituye totalmente a la anterior, sino que la incorpora y perfecciona. El “juego funcional”, de primaria coordinación psicomotriz,  pasará rápidamente a una forma más perfeccionada de juego de ejercicios por la amplitud de la relación del niño con su entorno al comenzar a deambular (se arrastra, gatea, se incorpora y anda, motivado por sus juguetes). Pocos años después el juego simbólico integrará las formas del ejercicio: cuando el niño juega a hacer como si fuese policía correrá, saltará, luchará corporalmente con sus compañeros, etc. Esta capacidad de desarrollo diferencia al juego infantil del retozo de los cachorros, pues estos jamás pasarán a una siguiente etapa. En la relación que se establece entre un niño y su perro mediante una pelota, el primero juega, mientras que el segundo solamente se limita a retozar, pues otra cosa le es imposible.

    Otra diferencia sustancial está en la intencionalidad de la acción. En los seres humanos siempre el juego tendrá como consecuencia la satisfacción de la necesidad de desarrollo, interpretada como materialización de un estadio superior en la formación de la personalidad, que apunta al perfeccionamiento de la condición humana a través de la autosatisfacción alcanzada mediante el placer que brinda la acción lúdica ejecutada de forma libre y espontáneamente elegida. Así el “juego funcional”, que tiene un origen innato y biológicamente determinado, adquiere tempranamente la componente sociocultural que caracterizará a la Lúdica a todo lo largo de la existencia humana.  Lo lúdico está condicionado por la cultura, al tiempo que es generador de ella.

    El retozo animal siempre responde a causas biológicas, vinculadas con la satisfacción de necesidades de subsistencia como preparación para los futuros actos de la caza y la lucha para sobrevivir. Es un mecanismo natural de formación de hábitos y habilidades en el cachorro para su vida adulta, y nunca perderá esa condición. Jamás se convertirá en proceso sociocultural, aun cuando Huizinga en “Homo Ludens afirme que “El juego es más viejo que la cultura; pues, por mucho que estrechemos el concepto de esta, presupone siempre una sociedad humana, y los animales no han esperado a que el hombre les enseñara a jugar", estableciendo, de paso, la capacidad de los animales para crear cultura y desconociendo así que esta es el fruto de un proceso consciente de acumulación histórica de resultados en la actividad creadora, lo cual es solamente una facultad humana.

    Incluso las acciones de los animales entrenados para el circo -que aparentemente "juegan"- están regidas por los reflejos condicionados de subsistencia que bien conocen y aplican los domadores: la amenaza al castigo en caso de fallar, y la recompensa alimenticia o afectiva, de hacerlo bien; y de ese modo tales acciones "ludiformes" resultan un medio para la obtención de un propósito diferente, lo que contradice la peculiaridad esencial del juego, que le define como un fin en sí mismo, realizado con el único objetivo de la obtención del placer.

    La significación de la Lúdica como función antropológica tiene igualmente que ver con el sentido de la espiritualidad, cual esfera de los sentimientos, concepciones, valores y fundamentos ético-morales, cualidades exclusivamente humanas. En las memorias al Primer Encuentro Nacional e Internacional de Lúdica (Bogotá, 1998), Manuel Guillermo Rodríguez apuntó: "...Podemos empezar a pensar en la existencia de una actividad que denominamos Lúdica, como expresión de la imaginación, del entretenimiento, unida a la actividad creativa del hombre. Porque es gozo y conciencia del gozo. En todas las culturas es un refinamiento de la vida humana, que incluso adopta formas heterodoxas, como la contemplación ociosa y la magia, allí donde no existe la Filosofía.

     "La Lúdica se relaciona con el pasado y el presente de la Humanidad desde las perspectivas de su pasado animal, que se mantiene dentro de un presente que cada vez pasa por más civilizado. Dentro de él se dan diversas etapas o modelos diferenciales que permiten considerar, aunque no estrictamente, aquellas manifestaciones lúdicas infantiles y las más maduras. Una de estas es la que se ha denominado ‘alta cultura', como un tipo de Lúdica propio de las épocas más recientes.

     "Se trata de una construcción cultural sumamente sofisticada, en donde se encuentran aspectos profundos del conocimiento de alta tecnología, de consideración de las esferas profundas de la personalidad humana, de la consideración de la polifonía universal de las creaciones culturales de todo el mundo, las producciones africanas, orientales, sudamericanas y europeas. Donde se incluyen aspectos de todas las ciencias naturales y sociales. En ellas deberían reconocerse y comprenderse los derechos fundamentales de los seres humanos, plantearse alternativas de acción y transformación de la realidad natural y social".

    Así, tal como lo laboral puede vincularse al estado de bienestar, entendido este como el disfrute de medios y servicios que surjan como resultado de su ejecución y que propicien una superior calidad de vida,  lo lúdico aporta efectivamente a una dimensión del bienser, donde lo significativamente importante son los indicadores de desarrollo desde el punto de vista de las potencialidades individuales y su adecuada vinculación con lo social.

    La modernidad, desde la óptica de la sociedad de consumo, acostumbra a medir el bienestar a través del poder adquisitivo y la capacidad para acceder a mejores condiciones de existencia material. A este enfoque se aproxima la interpretación del desarrollo como proceso de crecimiento económico, de expansión rápida y sostenida de la producción, la productividad y el ingreso por habitante. Por otra parte, según el informe publicado anualmente por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el desarrollo se concibe como “un proceso que aumenta la libertad efectiva de quienes se benefician de él para llevar adelante cualquier actividad a la que atribuyen valor”. Y entonces la resultante de este empeño será una dimensión superior de la condición humana: el ser mejores... el bienser.

    La Lúdica es un satisfactor del desarrollo humano. En realidad, es el principal agente del desarrollo concebido con la óptica del PNUD, pues desde la dimensión individual se desencadenan los procesos sinérgicos que aseguran las proyecciones sociales. El Homo Faber ha de quedarse a la mitad del camino en el empeño por el desarrollo. Sólo el Homo Ludens puede llegar a ser verdaderamente Homo Sapiens, el hombre sabio que no solamente trabaja, sino que además -y sobre todo- es capaz de jugar, construyéndose desde el ejercicio de la Lúdica un destino superior para toda la Humanidad.

 

II.  LA LUDICA COMO SATISFACTOR DE NECESIDADES HUMANAS

 

     El abordaje de la Lúdica de forma sustantiva requiere de otras herramientas del conocimiento, diferentes a las tradicionalmente empleadas por las disciplinas que han estudiado el juego de manera instrumental. Para penetrar en la esencia misma del acto lúdico y dar respuesta a las preguntas básicas ¿qué? y ¿por qué?, estamos proponiendo un enfoque desde los conceptos filosóficos que nos permitan superar las limitaciones de las ciencias específicas, más comprometidas con el ¿cómo? y el ¿para qué?.

     Para la Filosofía, todo comienza con la necesidad. Como categoría filosófica, la necesidad surge de la esencia, de la naturaleza interna de un fenómeno en desarrollo. Es algo constante y estable para todo proceso determinado, y por tanto es condición universal de la existencia material, a la que está sometido todo cuanto existe.   En el caso de los seres vivos, en cualquier nivel de la escala biológica, como necesidad vital ella se manifiesta a través de dos formas concretas e intrínsecamente relacionadas: la necesidad de subsistencia y la necesidad de desarrollo. La primera rige principalmente la acción de los organismos individuales en su lucha por la supervivencia, como son los actos de la alimentación, defensa, descanso, etc., por lo que tiene un marcado carácter ontogénico. La necesidad de desarrollo, por su parte, rige sobre todo la acción de los organismos en función de la preservación de su especie, como son los actos de la reproducción y los evolutivos en general, por lo que tiene un esencial carácter filogénico.

     Para ejemplificar el peso específico de cada una de estas manifestaciones de la necesidad vital en el quehacer de los organismos, puede decirse que subsistir implica el mantenimiento de la condición alcanzada, mientras que desarrollarse significa el tránsito hacia una condición superior. El desarrollo es indispensable para evitar el estancamiento y la consiguiente extinción. Y la subsistencia igualmente lo es, como garantía de la estabilidad de las especies en las nuevas cotas alcanzadas, sin lo cual surgiría también la extinción. Por otro lado, ambas tendencias se manifiestan indisolublemente unidas en la actividad de los seres vivos, pues las acciones ontogénicas determinan en gran medida las posibilidades filogénicas, y estas a su vez condicionan a aquellas.

     La solución de la necesidad, en su doble vertiente, la consiguen los organismos vivos mediante su actividad. Y es justamente en este punto donde concurren las diferencias sustanciales que califican a los diversos estadios biológicos. La primera de ellas radica en la clasificación de los seres vivos en vegetales y animales. Mientras para los primeros, en términos generales, las manifestaciones de su actividad orientada a la satisfacción de ambos tipos de necesidad transcurren sobre todo en el marco de su individualidad, para los segundos están regidas por una condición cualitativamente diferente y superior, al requerir tanto de la acción individual como de la grupal.

     Así pues, todas las funciones vitales en los vegetales se satisfacen por el mismo individuo, mientras que en los animales, como consecuencia y condición de su facultad de locomoción, las necesidades de subsistencia pueden ser en general satisfechas por el individuo aisladamente, pero las de desarrollo exigen inevitablemente -salvo excepciones en el inframundo animal- la presencia como mínimo de la pareja, creándose de tal modo las premisas para la convivencia grupal -en manadas- de los animales, que tiene en la sociedad humana su máxima expresión.

     Otra gran diferencia tiene que ver particularmente con el comportamiento sensorial de las especies animales, en una escala que va desde las formas más primitivas hasta las más evolucionadas, representadas por el ser humano. Y en este caso es preciso definir primeramente dos conceptos: lo instintivo y lo consciente. La actividad instintiva responde a impulsos naturales, determinados por factores absolutamente biológicos y por tanto hereditarios, sin la presencia de reflexión como condicionante previa. Por su parte, la actividad consciente requiere de una intencionalidad reflexiva como condición inicial, lo que implica la toma de conciencia sobre la acción y sus resultados.

     En los animales -excepto el hombre- toda actividad será siempre instintiva, tanto orientadas a la satisfacción de la necesidad de subsistencia como a la de desarrollo. En el ser humano, por las superiores facultades de su corteza cerebral la actividad en una u otra dirección será generalmente consciente, aun cuando presenta acciones absolutamente instintivas, particularmente vinculadas a la supervivencia, como las regidas por el instinto de conservación.

     De tal modo, el hombre es el único animal capaz de abordar la solución de su necesidad de subsistencia con un tipo exclusivo y superior de actividad, que es el trabajo. Solo el hombre trabaja, pues los restantes animales resuelven dicha necesidad mediante acciones instintivas, biológicamente determinadas. Lo que diferencia, por ejemplo, el trabajo del peor arquitecto de la labor de la mejor abeja es que aquel antes de acometer la construcción de un edificio la realizó previamente en su mente, por lo que su actividad es muy superior al permitir la incorporación de soluciones creativas y novedosas, imposibles de lograr en el panal, instintivamente construído por las abejas, según un patrón transmitido genéticamente.

     Y por igual causa, el hombre es el único animal capaz de abordar la solución de su necesidad de desarrollo con otro tipo exclusivo y superior de actividad, que es justamente el acto lúdico. En consecuencia, solo el hombre juega -así como igualmente solo él tiene acceso al arte, a la risa, a la liturgia religiosa y a la creatividad- tal como argumentamos anteriormente.

    La civilización ha potenciado la primacía del trabajo sobre lo lúdico, como generador de medios de consumo –tanto materiales como espirituales-, lo cual es históricamente acertado, pues la subsistencia es la primera exigencia de la especie. Pero solo a través del desarrollo pudieron los hombres primitivos distanciarse de la condición animal, sin lo cual también la especie habría desaparecido bajo la acción de depredadores físicamente mejor dotados.  El dominio del fuego no sólo contribuyó a la defensa y alimentación de los protohombres, sino que además les permitió iluminar y calentar las profundas cavernas donde establecieron las relaciones sociales del clan, practicaron sus ritos sagrados y dejaron el testimonio pictográfico de sus experiencias vitales, en una práctica de marcado contenido lúdico -como representación simbólica de la realidad-  que fue la base del desarrollo indetenible del arte, la ciencia y la comunicación, en vías de conformación de la cultura humana.

    Aquellas incipientes manifestaciones de la Lúdica poseían una profunda significación en las agrupaciones humanas, asumiéndose con todo el rigor de una necesidad vital. A lo largo de la historia de la Humanidad, el desarrollo de las fuerzas productivas y la consecuente división y especialización del trabajo establecieron una diferenciación entre las que pasaron a ser formas serias y no serias de lo lúdico. La Lúdica en sus orígenes involucraba tanto a niños como a adultos, cuando no existían  diferencias significativas entre los implementos empleados por unos y otros en la tenaz lucha por la subsistencia, así como tampoco entre los fines del acto lúdico –ritual y utilitario- y los del trabajo. No eran aquellos aún los tiempos de la infancia, como tampoco del juego...

    Al complejizarse los instrumentos de trabajo su empleo escapó de las posibilidades de los más pequeños, que solo pudieron acudir a representaciones de ellos para adiestrarse en su manejo como preparación para la vida adulta.  Surge así el juego como dimensión simbólica de la realidad y campo de acción de la infancia,  perdiéndose el inicial sentido de seriedad de la Lúdica en la medida en que sus resultados se distancian de la apropiación inmediata de resultados concretos. Sus manifestaciones no serias se acrecientan cuando los seres humanos, en asentamientos más estables y con una supervivencia más asegurada, pueden dedicar parte del tiempo a festejar los éxitos en las cosechas o en los combates,  o a celebrar otras actividades sociales caracterizadas por el jolgorio y la fiesta. Por otro lado, el culto sacro, asumido con el rigor que impone el temor a lo desconocido,  se consolida como vertiente seria de la Lúdica dedicada a rendir tributo a los dioses, conjurar desastres y enfermedades, o predecir el porvenir,  entre otras funciones.

     En los tiempos clásicos, la vertiente seria de la Lúdica se erigió, además de lo cultual,  en "tiempo de aprendizaje" -la sckole griega-, pues en ese instante liberado de las obligaciones impuestas por la subsistencia -de las cuales se encargaban principalmente los esclavos-, los hombres libres podían dedicarse a la contemplación filosófica de la realidad y al diálogo. Fue, de tal modo, el origen de la educación como método estructurado del conocimiento, cumpliendo una indiscutible función por el desarrollo, al menos para una parte de aquella sociedad.

    Es en la Edad media cuando se inicia la gran crisis de la Lúdica, como parte del estancamiento que representó para la cultura en general la larga noche del oscurantismo feudal, donde -gracias a un absoluto funcionalismo religioso- nada que no resultase conveniente en función de la Iglesia podía prosperar. Así la pintura, la música, la literatura, la arquitectura, como formas principales del arte medieval, debieron limitarse a los intereses de la institución eclesiástica para continuar desarrollándose.

     El ocio en el feudalismo fue un privilegio de la nobleza, y más que al aprendizaje -como ocurrió en la etapa clásica- se dedicó al entretenimiento y la diversión mediante festines, torneos y juegos de salón, convirtiéndose en el típico modo de vida de la aristocracia.      También las clases bajas de la sociedad ocuparon con juegos su escaso tiempo de ocio. Junto a los juegos infantiles -con un fundamento semejante al actual, de representación de la vida adulta- se generalizaron las acciones lúdicas entre las personas mayores, sobre todo por parte de la soldadesca que ocupaba su tiempo libre en juergas y apuestas. El carnaval, en cuyos orígenes vinculados al  culto pagano  se identifican  ritos  y prácticas  de hechicería, como las del sabat,  aquelarres o festividades de las brujas, llevó la expresión no seria de la Lúdica - la fiesta y el jolgorio- a una dimensión masiva dentro de la cultura popular.

     Desde sus castillos y catedrales la clase dominante veía con temor tales acciones lúdicas del pueblo, a las que calificó de satánicas por su no subordinación al funcionalismo religioso. y en consecuencia las estigmatizó. La Lúdica quedó así dividida en "buena" -la practicada por la nobleza- y "mala" -la de las clases bajas, considerada peligrosa y pagana-.

    A los tiempos modernos llega la Lúdica con el estigma heredado del feudalismo, lo cual aumenta la cada vez mayor separación entre sus manifestaciones serias y no serias, así como el marcado divorcio entre el juego y la educación. Se consolida la interpretación del juego como pérdida de tiempo, lo improductivo y banal, a lo cual contribuye extraordinariamente el funcionalismo existencial que caracteriza a la sociedad capitalista. Si para el funcionalismo religioso lo único valedero es el "creer", para el existencial todo estará en función del "estar" y del "tener", como consecuencia de un proceso que todo lo convierte en mercancía y que desata la enajenación por el consumo.

     La separación entre el juego y el trabajo se profundiza con el reconocimiento de este como lo único verdaderamente valedero, rentable y socialmente útil. Incluso la Pedagogía se enfrasca en empeños de escolarización precoz, como vía para acortar el tiempo "improductivo" de la infancia y lanzar, cada vez más tempranamente, nuevas masas de aspirantes al mercado laboral, donde se ofrezcan al mejor postor. Se compromete así seriamente el ejercicio del derecho -y el deber- del niño al juego. Ni qué decir de las posibilidades de los adolescentes, jóvenes y adultos para satisfacer sus necesidades lúdicas de forma adecuada a los intereses del desarrollo social. En consecuencia, estos grupos humanos desatan sus impulsos lúdicos vitales -como una necesidad antropológica impostergable- de cualquier modo, con acciones que conducen al vicio y la delincuencia, al alcoholismo, la drogadicción, los "juegos" prohibidos, etc. El deporte, que comenzó como la expresión lúdica de la cultura física en los seres humanos, igualmente se mercantiliza y se transforma en un empeño para profesionales, donde el objeto del trabajo es el propio hombre, convertido en máquina para ganar en la competición deportiva a cualquier precio.

    ¿Qué ha pasado con el ejercicio de la Lúdica hasta nuestros días?. En su afán innato por el desarrollo el hombre busca constantemente lo divino -en su justa significación de "lo extraordinario, lo excelente"-. Apunta a lo más alto, como ente superior de la escala biológica. Tanto el funcionalismo religioso como el existencial han orientado tal búsqueda hacia lo externo: el primero, en la representación idealista de Dios; el segundo, en el pragmatismo de la riqueza material.

     El hombre ha de buscar lo divino dentro de sí mismo, en lo más profundo de su espiritualidad. La Lúdica es expresión de la divinidad interior que se manifiesta durante el pleno ejercicio de la libertad en el afán del individuo por satisfacer su necesidad de desarrollo, de alcanzar la excelencia, lo perfecto, en la dimensión esencial de su condición humana.

 

III.  LA APARENTE GRATUIDAD DEL JUEGO

 

     En esta propuesta epistemológica debemos destacar tres categorías que condicionan el concepto de lo lúdico: la necesidad, la actividad y el placer.

     La necesidad lúdica es la inevitabilidad, la urgencia irresistible de ejecutar, bajo un impulso vital, acciones de forma libre y espontánea como manifestación del movimiento dialéctico en pos del desarrollo.

     La actividad lúdica es la acción misma, conscientemente dirigida a la liberación voluntaria del impulso vital generado por la necesidad.

     El placer lúdico es el bienestar, la satisfacción estimuladora del desarrollo, alcanzada durante la realización de la necesidad a través de su actividad peculiar, que en este caso es el juego.

     La necesidad lúdica tiene carácter instintivo e innato. La actividad lúdica comienza con semejante motivación natural, con el juego denominado "funcional", pero pasa muy rápidamente a ser un producto social como resultado de la inserción del individuo en su medio. El placer lúdico es consecuencia, sobre todo, de la imbricación de los factores individuales e instintivos generados por la necesidad, con los colectivos y sociales propiciados por la actividad, como resultado de lo cual podrá surgir un estado de realización, en caso positivo, o de frustración, en el negativo, con el consiguiente efecto estimulador o inhibidor en los componentes de la personalidad.

     La necesidad lúdica nunca pierde su carácter biológico e interno, aun cuando se verá influida, de forma constante, por los factores sociales que propician su realización en el placer a través de la actividad, en una estrecha relación interactiva. En ella radica la causalidad del fenómeno antropológico del juego, en tanto la actividad misma resulta expresión de la casualidad, cuya presencia no es forzosa y -como señala la Dialéctica- no surge de la naturaleza del objeto dado, es inestable, temporal, y su razón no se halla en el propio objeto, sino fuera de él, en las condiciones y circunstancias externas. Así, tal como la casualidad complementa a la causalidad y es una forma de su manifestación, la actividad lúdica es la concreción de la necesidad biológica esencial de ejecutar acciones libres y espontáneas en aras de la obtención del placer por la vía del desarrollo.

     De tal modo identificamos a la necesidad lúdica como factor esencial y primigenio, derivado de la existencia misma del ser humano cual ente biológicamente activo, y por tanto poseedor de capacidad, o impulso vital, para actuar sobre sí mismo y sobre el medio que le circunda. La Lúdica es, por tanto, la manifestación de ese vital impulso antropológico destinado a propiciar el desarrollo mediante la realización de acciones ejecutadas de forma libre y espontánea, presididas por el reconocimiento que hace el individuo sobre su propia y personal capacidad existencial, por lo que se relaciona con el más importante de los estados de ánimo que puede regir a los seres humanos: el del ejercicio de la libertad.

     Esa es la piedra angular de la Lúdica, su elemento definitorio por excelencia. Lo que diferencia principalmente al juego del trabajo es que mientras este es heterocondicionado -o impuesto de forma obligatoria por normas dictadas más allá de la voluntad del hombre, que lo acepta por responder a su necesidad de subsistencia-, la actividad lúdica solo será real cuando resulte autocondicionada, o determinada por la propia voluntad, u obligación interior, de los participantes en ella.

     Un análisis objetivo del campo de acciones del hombre como ser social indica que todas ellas estarán inevitablemente matizadas por la influencia exterior del medio socionatural en que se inscriben, y por tanto serán, en algún grado, heterocondicionadas. Es imposible vislumbrar un tiempo humano liberado de influencias externas, entendiendo estas como la manifestación de necesidades vitales, de subsistencia y de desarrollo, las que tendrán en igual medida componentes auto y heterocondicionados, tanto de origen interior como exterior. De hecho, y aun en el supuesto caso de acciones humanas exclusivamente autocondicionadas, estas seguramente apuntarán al perfeccionamiento del hombre, lo que no será jamás en abstracto, sino verificable a través de su relación con el entorno en su integralidad biosocial, por lo que los factores e influencias heterocondicionadas estarán presentes e incluso, en última instancia, regirán tal actividad. En resumen, como afirma el recreólogo argentino Pablo Waichman, la libertad -y el grado de desarrollo de la misma- no consistirá en la falta de obligaciones exteriores, sino en la mayor o menor carga de obligaciones interiores (lo que echa por tierra cualquier tendencia al libre albedrío).

     Semejante cualidad de libertad es la razón esencial que convierte al acto lúdico en un momento de desarrollo personal, cuando el ser humano puede poner espontáneamente en acción todas sus potencialidades individuales en el plano físico, volitivo, moral, social, y en todos los demás aspectos que condicionan y definen su personalidad.

     Siendo el ser social una cualidad de la condición humana, semejante ejercicio de la libertad solo puede interpretarse en el marco de intereses de la especie en su conjunto. El respeto por el derecho, propio y ajeno, al ejercicio de la libertad en el necesario marco social es, por consiguiente, la más importante razón existencial de la condición humana. El impulso lúdico vital, que tiene su génesis en mecanismos innatos e individuales, biológicamente determinados, se convierte en fenómeno cultural cuando resulta herramienta para el desarrollo de la sociedad, conjugándose así los procesos ontogénicos y filogénicos durante la concreción del acto lúdico.

    En este punto se impone la necesidad de revisar las interpretaciones sobre la aparente banalidad y sinsentido del juego, la actividad lúdica por excelencia, lo que constituye el argumento principal en su devaluación por las sociedades pragmáticas contemporáneas. Sabido es que las ciencias específicas han encontrado múltiples aplicaciones a la actividad lúdica, en función de...

    Pero, de lo que se trata es de comprender que el juego por sí mismo, el juego por el juego, está dotado de una profunda intencionalidad, aunque ella se oculte tras la apariencia del libre albedrío, de la inconsecuencia en las conductas autocondicionadas que han de regir al individuo cuando juega verdaderamente, de modo espontáneo y desinteresado, con el único afán de recrearse y pasarla bien.

    ¿Acaso la recreación, la obtención del placer, no es suficiente razón para justificar el aparente sinsentido del juego?. ¿No basta ese empeño para hacer valederas las acciones individuales y sociales tendientes a propiciar el ejercicio de la Lúdica como satisfactor sinérgico del desarrollo humano?.

         Al respecto apunta el ludólogo francés Jean Vial:  La finalidad del juego es el juego mismo”, escribió Roger Caillois. Fundamentalmente, el juego se definiría, como dice Karl Groos, por la gratuidad de la acción. La actividad sólo tiene razón de ser lógica en su desarrollo, y pertinente en su conclusión, dentro del diálogo sujeto-juego que nace y muere con esta actividad. La espontaneidad y la “gratuidad” del juego no deben engañarnos... El juego está limitado en el tiempo y, en definitiva, los resultados son borrados. Sin embargo, como requiere la totalidad del ser, aparentemente de forma voluntaria en función de una motivación determinada, el juego tiene necesariamente unas consecuencias que varían según la calidad y amplitud del compromiso, según los rasgos dominantes del juego considerado. Por eso, si bien evitamos hablar de las “funciones” del juego, insistiremos en sus “efectos”. Somos conscientes de que estamos alterando el orden de los fenómenos y analizando unas consecuencias más que unas causas. Por lo menos los efectos son más perceptibles y permiten juicios objetivos de simple constatación.                                    

“Más allá de una aparente gratuidad, se despliega una función hedonística que lleva al niño desde el placer exteriormente afirmado a la felicidad íntimamente experimentada. Placer del movimiento ejercido  voluntariamente que tiende al desarrollo de todo el ser; del pleno ejercicio de sí mismo, de este modo orientado hacia el éxito final, incesantemente fortificado por las satisfacciones de los éxitos intercalados; de las superaciones dentro de la oposición y alegrías dentro del compromiso...”

El autor es claro ante la evidencia: no hay sentido de gratuidad en el juego, como no lo habrá en ninguna otra de las actividades humanas, pues todas responden al principio de la necesidad. Vial expone los siguientes efectos del juego: de dominante corporal, mental, social, y personal, que coinciden en su esencia con lo que otros especialistas relacionan como aspectos de la personalidad que el juego contribuye a desarrollar, en lo físico, lo intelectual, lo colectivo, y lo afectivo, respectivamente.

Por supuesto, el hecho de que los efectos del juego actúen sobre la necesidad de desarrollo del ser humano, y que los requerimientos de esta escapen generalmente a la percepción común, oculta su utilidad práctica en beneficio del individuo, del grupo social y de la especie, quedando solo como evidentes sus manifestaciones a través de la  satisfacción obtenida durante su realización. Pero tal placer tiene su sentido más profundo en los procesos objetivos y dialécticos del desarrollo: el  paso hacia una condición superior en la existencia del individuo y de la especie.

    La necesidad lúdica, como principal mecanismo del desarrollo humano, surge en la cuna y no desaparece ya a todo lo largo de la vida, manifestándose de diferentes modos en cada etapa etaria. Si bien en las edades infantiles el juego ha de contribuir a la formación de la personalidad y de las capacidades físicas y mentales del individuo, durante la adolescencia, la juventud y la adultez tendrá como misión esencial reafirmar los aspectos que definen su posibilidad de enfrentar y resolver los retos que le plantea la existencia misma. Esto es: el desarrollo de sus aptitudes para aplicar estrategias de pensamiento lógico, táctico y creativo con las que salir adelante frente a cualquier situación de la realidad, el fortalecimiento de la voluntad y el ejercicio de la toma de decisiones, la integración a colectivos humanos para incrementar sus esferas de influencia sobre la base de la cooperación, y la reafirmación de la autoestima a partir de una cabal comprensión de sus potencialidades.

     Una inadecuada atención a la necesidad lúdica de adolescentes, jóvenes y adultos podrá provocar como consecuencia deformaciones en sus conductas, tales como la drogadicción, el alcoholismo, la práctica de juegos de azar con fines lucrativos, y la delincuencia en sentido general, que atentan contra la estabilidad y buena marcha de la sociedad, por lo que esta debe propiciar a dichos grupos humanos alternativas para una sana recreación, a través de una efectiva educación en y para el tiempo libre.

     "El hombre que juega -dice la psicóloga y filósofa colombiana Marta Inés Tirado- confía en que en su experiencia de mundo hay algo más que está por venir. Esto es claro en la vida cotidiana: un hombre desamparado y desesperanzado no tiene deseos de jugar. Juega el que aún cree en la posibilidad de algo más, el que aún cree que es posible soñarse y construirse una nueva realidad personal y social para que la convivencia y la dignidad humanas sigan siendo posibles".

      La necesidad lúdica es necesidad de desarrollo materializada en el impulso vital congénito en los seres humanos, de ejecutar acciones de forma libre y espontánea, como expresión de su capacidad existencial, o ejercicio de determinadas formas de poder.         Entendamos como poder la razón en virtud de la cual un elemento participante en el proceso dialéctico del desarrollo es capaz de transitar de una cualidad inferior a otra superior con la concertación de otros elementos presentes en el medio donde se inserta, y que conforman sus esferas de influencia. Esto es, que puede actuar sobre sí mismo y sobre el entorno natural y social que le rodea.

     Todo cuanto existe, tanto en la Naturaleza como en la sociedad, quiéralo o no está insertado en determinados sistemas de poder, lo cual significa que al tiempo de ejercer su actividad sobre los elementos que conforman sus esferas de influencia, forma parte de las esferas de influencia de otros elementos cualitativamente superiores en cuanto a desarrollo. El hombre no es comúnmente consciente de esta situación de dependencia, pero ciertamente la familia, la comunidad, la nación, la sociedad, la Humanidad en su conjunto, son ascendentes sistemas de poder en los que está insertado, formando parte de las esferas de influencia de otros elementos más desarrollados que él. La aspiración de ascender en la pirámide social hasta la cúspide de cada actividad -fin loable y humano, cuando se persigue por los nobles métodos de la superación personal- tiene su razón en el afán del desarrollo por ampliar cada vez más las esferas de influencia con el dominio de un mayor sistema de poder, de lo cual solo los individuos mediocres se abstienen.

     Insertado en diversos sistemas de poder, el ser humano podrá asumir cuatro actitudes: adaptarse a las reglas ya establecidas por quienes los rigen, intentar transformar dichas reglas según sus propios intereses, abandonar el sistema que le resulte adverso, o intentar crear uno propio en dependencia de sus necesidades. Todos hemos transitado por estas decisiones a lo largo de nuestras vidas sin percatarnos. El ejemplo más significativo es la familia. Al venir al mundo, el recién nacido queda insertado en este inicial sistema de poder, donde las reglas son dictadas por los adultos.

     Por su corta edad, al niño le es imposible intentar transformar dichas reglas -las que ni siquiera aún es capaz de comprender-, lo que sí sucederá a partir de la adolescencia, siendo esta la causa de rebeldías y de traumáticos enfrentamientos intergeneracionales. Tampoco podrá el niño abandonar el sistema adverso, solución propia de los jóvenes, que dejan atrás la tutela del hogar paterno para emprender sus propios caminos. Solo queda al niño la alternativa de adaptarse a las reglas establecidas, y el mejor modo para lograrlo es justamente creando sus propios sistemas de poder, en los que reproducirá la realidad donde se inserta, a fin de comprenderla y acomodarse a ella (proceso de asimilación-acomodación expuesto por Piaget). Surge así la necesidad vital del juego como sistema de poder al servicio del niño para propiciar su propio desarrollo con la consiguiente obtención del placer mediante la satisfacción de tal necesidad vital.

     Los juguetes, sus compañeros de juego, él mismo, forman parte de las esferas de influencia sobre las que el niño podrá actuar libremente durante la actividad lúdica, sin que le interfieran las reglas adultas que rigen los sistemas de poder mayores, que son la familia, la escuela y la sociedad. Por eso defienden su territorio y pierden la espontaneidad ante la intromisión adulta que pretenda regir su actividad de juego. Si deseamos jugar abierta, franca y libremente con los niños es indispensable insertarnos en sus esferas de influencia, es decir: abandonar las adultas posturas directivistas y permitir que nos incorporen a sus sistemas de poder, donde las reglas son dictadas por ellos, dejando afuera el mundo real que intentan comprender por distanciamiento.

     En ese empeño de comprensión del mundo, el juego se manifestará principalmente como campo de experimentación, de lucha incruenta y amistosa del individuo frente a sus contrarios. Al jugar, y como expresión del sistema de poder establecido durante la actividad lúdica, el niño se enfrentará a tres tipos de contrarios: consigo mismo, con el entorno natural y con el social

     La primera tarea del hombre a todo lo largo de su existencia es enfrentarse a sí mismo, como resultado de lo cual descubrirá sus limitaciones, se perfeccionará y aprenderá a confiar en sus posibilidades, desarrollando el importante sentimiento de autoestima. Bajo el influjo del medio en que vive, pasa progresivamente el niño a enfrentarse a su entorno: el natural, formado por los procesos de la Naturaleza que inciden en él -a los que debe aprender a no temer y a dominar-, y el social, formado por sus semejantes, en el creciente marco de sus relaciones desde la familia hasta la comunidad. Todos los actos del ser humano serán, de tal modo, el resultado de su lucha contra sus contrarios -a los que está dialécticamente unido-, en la búsqueda de su propio desarrollo. Ninguna acción escapará a tal designio, manifestándose en dos tendencias principales: la laboral y la lúdica.

     Mientras que en el accionar lúdico tal enfrentamiento será siempre fraternal y positivo, en el campo laboral puede adoptar formas violentas, debido principalmente al hecho de que en la realidad -regida por reglas impuestas al hombre desde afuera- los errores suelen ser costosos, mientras que en el juego es posible fallar sin traumáticas consecuencias, pues bastará en todo caso con modificar las reglas. Así, la actividad lúdica favorece la experimentación -tan necesaria para alcanzar una adecuada comprensión de la existencia-, al eliminar los efectos traumáticos en el error, que siempre es probable en el afán de desarrollo del individuo, lo cual concede al juego una cualidad insustituíble a los propósitos de la educación.

      La integración al colectivo como vía para incrementar sus esferas de influencia, el sacrificio de la individualidad en aras del interés general, la disposición a transformar la realidad, la tendencia al mayor perfeccionamiento personal, el incremento de la voluntad y la autoestima, la maduración del intelecto y del pensamiento creativo, son propósitos que el ser humano tiene la posibilidad de alcanzar mediante la actividad lúdica, preparándose desde la infancia para la vida en el contexto de los sistemas de poder que rigen su sociedad, bajo el universal estímulo del desarrollo en el ascenso cualitativo hacia las etapas superiores que dan cima a la condición humana.

     Paradójicamente, hoy la Humanidad entra en el Tercer Milenio de nuestra era con una realidad caracterizada por las desigualdades sociales, que actúan como detonadores de la violencia. En el afán por hacer de la fuerza y la riqueza las principales manifestaciones del poder, el ser humano se ha condenado a una existencia en oposición a las leyes del Universo, y en la que la degradación moral, la destrucción física y la devastación ecológica caracterizan su quehacer en virtud de una "tecnología del desastre", palabra que significa "ruptura con los astros" (des-astre), o en igual sentido, con la Naturaleza.

     Todos quienes deseamos mirar al porvenir con las expectativas del mejoramiento humano, comprendemos la necesidad de generar una transformación revolucionaria en el terreno de las ideas, que asegure la vigencia de los más elevados valores, como la honestidad, la solidaridad, la  aceptación de las diferencias en las relaciones interpersonales... con la preponderancia del bien-ser sobre el bien-estar.

      El hombre disfruta de la etapa no adulta más prolongada entre todas las especies de la fauna planetaria, pues gracias a ese período natural de preparación para la vida -donde el juego es el recurso fundamental- puede alcanzar su capacidad intelectual el nivel que le situó en la cúspide de la Naturaleza. Más que jugar porque se es niño, se es niño porque se juega, lo cual significa que aquel desprovisto de la posibilidad de jugar plenamente, de alcanzar el placer mediante la liberación voluntaria de su impulso lúdico vital, lo será también de su infancia, y en consecuencia de su futura condición de hombre cabal, por haber sido frustrada la satisfacción plena de su necesidad de desarrollo. A tales premisas responde el derecho del niño al juego, recogido en el Artículo 7 de la Declaración Universal de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de la ONU el 30 de noviembre de 1959.

     Si aspiramos a una Humanidad cada vez mejor, formada por hombres y mujeres que hoy son niños y niñas, debemos asegurarles ahora que se formen adecuadamente, del modo  que solo la actividad lúdica bien concebida puede lograr. Jugar no es solamente un derecho, sino es un deber que nuestra infancia tiene que cumplir para realizar la misión que le corresponde en esa importantísima etapa de la vida individual, dentro del destino mayor de la especie: alcanzar, con cada generación, un escalón superior en el perfeccionamiento de la condición humana, en pos de convertirnos en seres cósmicos, en los verdaderos habitantes del Universo.

 

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[1]  (Santiago de Cuba, 1945). Ludólogo y Comunicador Social. Se desempeñó como periodista especializado en temas históricos y culturales. Fue funcionario nacional de la Sociedad de Educación Patriótico-Militar (SEPMI), y posteriormente Jefe del Departamento Metodológico de la Dirección Nacional de Recreación (DNR) del INDER, hasta su jubilación. Actualmente es Metodólogo Asesor de dicha institución. Investigador de lo lúdico y promotor de las ludotecas en Cuba, es autor de diversas publicaciones sobre el tema, y de múltiples juegos instructivos para adolescentes, jóvenes y adultos, así como ha impartido cursos y conferencias en países de Iberoamérica. En la actualidad es Coordinador del proyecto FLEDO (Fragua Lúdica Edad de Oro), de la Asociación de Pedagogos de Cuba (APC).