|
|
funlibre |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
DOCUMENTO |
|
|
|
Resumen | I. Introducción | II. La lúdica como
función antropológica | | III. La Lúdica como satisfactor de necesidades humanas
| IV. La
aparente gratuidad del juego | Bibliografía | RESUMEN Para las diversas disciplinas
especializadas el acto lúdico –y particularmente el juego- es estudiado en la
medida que contribuye a sus fines concretos. También en lo lingüístico se da
a la Lúdica un sentido absolutamente instrumental, un exclusivo valor adjetivo
–la actividad lúdica- y no el carácter sustantivo que merece. Ella
surgió con un marcado valor utilitario, como una significativa acción
antropológica derivada de la necesidad de subsistencia de los grupos humanos,
que ha contribuido de forma notable al desarrollo de la Humanidad. Las respuestas a
preguntas básicas, como ¿qué? y ¿por qué?, pretenden desentrañar el verdadero
sentido, las causas motivadoras del acto lúdico como expresión de la
condición humana, independientemente de sus propósitos y campos de aplicación
en el orden práctico. Un
abordaje de la Lúdica de forma sustantiva requiere de otras herramientas del
conocimiento, diferentes a las tradicionalmente empleadas por las disciplinas
que han estudiado el juego de manera instrumental. Así pues, puede
justificarse la existencia de la Ludología, como disciplina ocupada en el estudio del juego
por el juego, del aparente sinsentido de esta acción antropológica. La espontaneidad y la “gratuidad” del juego no deben engañarnos...
El está limitado en el tiempo y, en
definitiva, sus resultados son borrados. Sin embargo, como requiere la
totalidad del ser, de forma voluntaria en función de una motivación
determinada, tiene necesariamente unas consecuencias que varían según la
calidad y amplitud del compromiso, según los rasgos dominantes del juego
considerado. La obtención del placer lúdico, como resultado esencial de esta
acción, tiene su sentido más profundo en procesos objetivos y dialécticos del
desarrollo, que trascienden las aplicaciones concretas, pues determinan
el paso hacia una condición superior
en la existencia del individuo y de la especie, en la conversión del Homo Ludens en Homo Sapiens. INTRODUCCION
José Martí decidió concluir el artículo “Un juego nuevo y otros viejos”,
incluido en su imperecedera obra dedicada a los niños y niñas de América, “La Edad de Oro”, con la anécdota de Chichá, la niña bonita de Guatemala, quien
al preguntársele: “¿Por qué te comes
esa aceituna tan despacio?”, respondió con la única desinhibida y natural
motivación presente en toda acción placentera por parte de la infancia: “Porque
me gusta mucho”. Así, casi
imperceptiblemente, expresó nuestro Héroe Nacional su interpretación de lo
lúdico. Aun cuando este concepto no fuese abordado explícitamente en su obra,
abundan, sin embargo, en el mencionado artículo las referencias a semejante
acción mediante la cual los seres humanos pueden liberar sus impulsos
internos, en la búsqueda de la satisfacción y el placer. “Los pueblos –escribió- ,
lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr
mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede
hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de
tiempo en tiempo, como una locura”. ¿Cuál es la
significación, la importancia, de esa aparente “locura”, al decir de Martí?.
¿Cómo surge, y se manifiesta, en los seres humanos la urgencia irresistible
de ejecutar, de tiempo en tiempo, acciones en apariencia incontroladas y sin
sentido?. ¿Qué secretos mecanismos, ocultos en lo
profundo de la psique, desencadenan las acciones tendientes a la búsqueda del
placer, de la satisfacción plena en los individuos de todos los grupos etarios, de géneros y ocupacionales?.
¿Cómo influye semejante satisfactor de necesidades primarias en el desarrollo
a escala humana, tanto en lo individual como en lo social?. A lo largo de la
historia de las ciencias, diversas disciplinas han abordado el fenómeno de lo
lúdico, pero siempre con un propósito instrumental, como un medio para la
consecución de un determinado fin, y en ningún caso como un fin en sí mismo.
Peor aún, esto se ha hecho comúnmente reduciendo el concepto de lo lúdico
sólo a una de sus manifestaciones –en verdad, la más universal y
significativa-, que es el juego. Para los psicólogos,
el acto lúdico –juego- es estudiado en la medida que contribuye a la mejor
comprensión de las conductas individuales a lo largo de la vida. Los
sociólogos lo valoran por su influencia en el marco de las interacciones
sociales en que los grupos humanos se desenvuelven. Los pedagogos lo han
empleado como recurso motivador y regulador en los procesos de
enseñanza-aprendizaje. Los etnólogos acuden a él como parte de los mecanismos
socioculturales que les permiten hurgar en la prehistoria de la Humanidad. En
cualquier caso siempre el juego –asumido como equivalencia de lo lúdico- será
una herramienta en la indagación, un duende travieso que se “cuela” bajo el
lente del investigador empeñado en desentrañar otros misterios, y que se topa
con él incluso sin proponérselo, con lo que se manifiesta su carácter
inseparable de la condición humana, su presencia tenaz y significativa en
todo hecho antropológico, tanto desde lo ontogénico como desde lo
filogenético. También en lo
lingüístico se da al término un sentido absolutamente instrumental, un
exclusivo valor adjetivo – el acto lúdico, la actividad lúdica...-,
y el diccionario de la Real Academia Española (RAE) de la lengua establece: “lúdico, ca. (del lat.
ludus, juego, e -́ico).
adj. Perteneciente o relativo
al juego”. No se le reconoce
ninguna función sustantiva, la asunción de una personalidad propia; en
definitiva, la Lúdica, como
categoría superior, no está aún oficialmente reconocida en nuestro campo de
conocimientos. Sin embargo, ya desde
la prehistoria el hombre ha experimentado los múltiples efectos de la Lúdica,
desde el momento en que acudió a la representación simbólica de la realidad
para resumir en una acción ritual, e incluso de tipo sagrado, la lucha por la
supervivencia, o conjurar las fuerzas desconocidas a las que temía, a fin de
apropiarse del sentido animista de tales procesos, y para establecer
mecanismos de comunicación que les permitiesen actuar mejor en cooperación.
La Lúdica surgió, por tanto, con un marcado valor utilitario, como una
significativa acción antropológica derivada de la necesidad de subsistencia
de los grupos humanos, que contribuyó de forma notable al desarrollo de la
Humanidad. De tal modo se ponen de manifiesto sus rasgos esenciales: ·
Es una acción exclusivamente antropológica, asumida con absoluta
libertad. ·
Históricamente se origina en la necesidad de subsistencia del ser
humano. ·
Contribuye a la satisfacción de la necesidad de desarrollo de la
Humanidad. Un enfoque epistemológico
que pretenda fundamentar cada uno de estos tres factores habrá de requerir de
un criterio diferente al empleado hasta ahora, para el abordaje del juego,
por la Psicología, la Pedagogía, la Sociología o la Etnología, entre otras
ciencias. Se trata, en primer lugar, de sustantivizar
el concepto, considerándolo como una categoría superior del conocimiento; y
en segundo término, de enfocarlo como un fin en sí mismo y no como un recurso
instrumental, priorizando las preguntas básicas: ¿qué? y ¿por qué?, en
vez de las habituales: ¿para qué?
y ¿cómo?. Las respuestas al
¿para qué? y ¿cómo? se refieren a los fines utilitarios, las formas de
aplicación y realización del acto lúdico, asumido entonces como medio hacia
ese determinado fin, que será el objetivo principal del investigador. Es lo
habitual en el proceder psicopedagógico, la indagación sociológica o la
interpretación etnológica. En cambio, las respuestas al ¿qué? y ¿por qué?
pretenden desentrañar el verdadero sentido, las causas motivadoras del acto
lúdico como expresión de la condición humana, independientemente de sus
resultados y campos de aplicación en el orden práctico. Y entonces será
preciso abordar este proceso con un enfoque diferente al de las ciencias humanísticas que
tradicionalmente se han expresado sobre el juego: lo lúdico –y más
acertadamente la Lúdica, como categoría superior- será el objeto de estudio,
el sentido principal de una indagación en la que no se tratará de interpretar
la intencionalidad, la actividad y los efectos en quienes juegan, sino sobre
todo de comprender las profundas motivaciones que conducen al acto de jugar, pasar del papel del
investigador al del jugador, de la visión exterior del proceso a la interior,
a la esencia misma de una conducta humana que parece tener, para muchos, un
evidente sinsentido, pero que, recordando a Martí, es expresión de esa “locura” que permite, tanto a pueblos
como a niños, sacar fuera de sí, de tiempo en tiempo, aquello que se desea y
que se va quedando sin hacer... Tal vez estos
argumentos bastarían para justificar la existencia de una nueva rama del
conocimiento, la Ludología,
que tuviese a ese extraordinario campo del quehacer humano como objeto de
estudio. Algunos podrán calificarlo como un empeño inútil, considerando que en
nuestras pragmáticas sociedades es absurdo hablar del juego sin una
consecuencia concreta e inmediata, tal como ocurre con el trabajo. O se juega
para aprender, o para socializarse, o para mejorar el comportamiento
individual, o para aplicar procederes ludoterapéuticos, o en el mejor de los casos para ocupar
el “tiempo libre”... Se ignora así que quien juega –¡de
verdad!, y no de forma impuesta o planificada, que ya dejaría, por eso, de
ser juego- lo hace porque quiere (¡porque le da la gana...!), sin dedicarse
previamente a pensar que semejante acción le aportará tales o más cuales
consecuencias, diferentes al hecho de pasarla bien, divertirse, recrearse.
Para él lo primero es el placer, y lo demás, si ha de venir, será por
añadidura... Así la Ludología aportará la indagación del juego por el juego. Y
obsérvese que estamos centrando la atención en solo una de las
manifestaciones –la más universal y significativa- de la Lúdica. Pues lo
aplicable al juego, en cuanto a dimensión simbólica de la realidad a través
de un acto placentero con pleno ejercicio de la libertad, es igualmente
válido para las otras manifestaciones del quehacer lúdico, en un abanico muy
variado de alternativas, que incluye las expresiones artísticas, el humor y
la broma, el jolgorio y la fiesta, el rito sacro y la liturgia religiosa, el
acto creativo –incluso en el campo laboral-,
así como la sexualidad en el sublime acto de amor de la pareja humana. Personalmente nos inscribimos en una corriente de pensamiento que
potencia la existencia de ludólogos, como investigadores del acto lúdico desde su
esencia, para brindar a los especialistas de las diversas disciplinas una
interpretación más profunda y esclarecedora de ese extraordinario proceso
que, volviendo a Martí, hizo
exclamar a Chichá
-desde lo más profundo de su convicción- la única verdad que motiva a quienes
a lo largo de la historia de la Humanidad hemos jugado, bailado, reído,
bromeado, creado, orado y amado, y aún
lo seguiremos haciendo, a pesar de todo... ¡porque nos gusta mucho!. I. LA LUDICA COMO FUNCION ANTROPOLOGICA
La característica
esencial del acto lúdico, su definición por excelencia, es que se trata de
una representación simbólica –en el interior de la conciencia humana- de la
realidad, asumida de forma libre y placentera, a través de la cual se
promueven en las personas los procesos de asimilación y acomodación a
aquella, enunciados por Piaget. Por tal razón, además, se trata de una función absolutamente antropológica, pues los
animales que carecen de capacidad de abstracción, en su pensamiento concreto
no pueden representar simbólicamente el entorno, y en consecuencia no tienen
acceso al juego, a la creatividad, a la comicidad, al arte, a la
religiosidad, o a la sexualidad lúdicamente practicada. La posible facultad
de los animales para jugar es motivo de polémicas. Sobre todo, cuando se
desconoce a la Lúdica como categoría superior que involucra a otras
manifestaciones –como las mencionadas antes- cuya inaccesibilidad para los
animales es aceptada, y se la reduce exclusivamente al juego. Pero, de igual
modo que un cachorro canino no puede crear una obra artística, tampoco podrá
jugar, aunque afirmarlo sea incluso ofensivo para quienes están acostumbrados
a divertirse con su más fiel amigo. El simbolismo lúdico conduce a la práctica del hacer como si..., que es la base de los juegos simbólicos en la infancia (de roles, o hacer como si se fuera madre, padre, policía, bombero...). Según Piaget, el juego simbólico corresponde a la segunda etapa en la evolución de la personalidad del niño, manifestándose generalmente a partir de los 2 años de edad, y más exactamente cuando surge la capacidad del lenguaje, en la que el pequeño puede comenzar a representar con palabras (símbolos mentales regidos por el idioma que hereda de sus mayores) los objetos y procesos de su realidad. El juego simbólico, que para muchas teorías pedagógicas es el inicio de la facultad de jugar -R.I. Zhukovskaia en su obra "La educación del niño en el juego"; apuntó: "La primera forma de juego se caracteriza porque el niño, al reproducir el fenómeno que le ha impresionado desempeña, simultáneamente, el rol del objeto que ha suscitado su interés y el del hombre que opera con ese objeto"- , sólo puede ocurrir teniendo como soporte la capacidad del pensamiento abstracto, y es por tanto una cualidad absolutamente humana. Es condición inicial para la educación como sistema estructurado del conocimiento, y por eso es característico de la enseñanza prescolar. Pero antes de su aparición está presente,
también según Piaget,
otra manifestación lúdica, que es el juego de ejercicios, el cual surge ya en
las primeras semanas de vida, e incluso hay investigaciones que extienden
esta capacidad a la etapa fetal. La Psicología
evolutiva reconoce en el recién nacido dos tipos principales de acciones
físicas: las que tienen que ver con la satisfacción de su necesidad de
subsistencia -como el llanto para expresar hambre e incomodidad, o el reflejo
de succión ante la presencia de cualquier objeto entre los labios,
imprescindible para el acto de alimentación en los mamíferos-, y otras no
directamente vinculadas con la subsistencia del pequeño ser humano. Este,
a las pocas semanas de nacido comienza a accionar, de forma aún irregular e
inconexa, todo cuanto tiene de movible en su cuerpo: agita brazos y piernas,
saca la lengua, gira el cuello, y progresivamente va incorporando nuevas
posibilidades físicas a su estructura corporal, base indispensable de su
evolución psicomotriz y de su vinculación con el
entorno. Dichos movimientos responden a una congénita necesidad de desarrollo
presente en el neonato, cuya satisfacción apunta a un mayor conocimiento de
sí mismo. Incorporando
la experiencia -que descubrió de manera casual- a su memoria en formación, el
recién nacido va perfeccionando sus acciones corporales mediante su
repetición de modo intencional, lo cual le causa un estado de satisfacción
personal. Simplemente, disfruta del placer
de sentirse "moviente". De tal modo estamos en presencia de la
manifestación innata del impulso
lúdico vital en los seres humanos. El psicólogo austríaco
Karl Bühler
denominó esta etapa como del
"juego funcional", por estar relacionada con el desarrollo de
las funciones primarias en el ser humano -aquellas que condicionan sus
acciones corporales y la coordinación psicofísica de su comportamiento-, y es
para Piaget
el inicio de lo que denomina juego de
ejercicios, punto de partida en la evolución de la actividad lúdica a
través de las diferentes etapas de desarrollo en las estructuras mentales en
el niño. En todo caso, se trata
de un acto biológicamente determinado e inherente a la condición humana, y
que es la base del proceso individual -ontogénico- destinado a la
satisfacción de la necesidad de
desarrollo. ¿Se
cumple aquí el rasgo característico de la actividad lúdica, de ser una acción
consciente?. Por supuesto que sí, considerando que
existe en ella una cierta intencionalidad previa a partir del instante de su
descubrimiento. Es obvio que tal manifestación consciente es sui géneris, pues
carece de la presencia de conceptos que la definan -solo posibles a partir de
la aparición del lenguaje-, por lo que el recién nacido ignora las causas de
su actuación, no es "racionalmente consciente" de ella por carecer
de símbolos, o conceptos, con que designarla. Pero él experimenta la
necesidad de su ejecución, y en respuesta actúa voluntaria e
intencionalmente. Por casualidad descubre que accionar sus miembros le es
agradable. Ignora el por qué y ni siquiera comprende qué está haciendo. Mas, siente el placer de entrar en conocimiento de sí
mismo, de su propia presencia, de aquello que puede poner en acción a
voluntad. Y de tal modo comienza a disfrutar plenamente, y por primera vez,
del ejercicio de su libertad, que
es precisamente donde radica la magia del acto lúdico. Este
tipo sui géneris de juego, carente de racionalidad consciente, es
absolutamente físico, corporal, y corresponde al retozo, que la RAE define así: 1. Saltar y brincar alegremente. || 2. Dicho de una persona o de un
animal: travesear con otros. || 3. Dicho de personas de distinto sexo:
travesear con desenvoltura. || 4. Dicho de una pasión: moverse, excitarse
impetuosamente en lo interior. Es, por cierto, lo que define la acción
animal que muchos identifican como “juego”. Los cachorros retozan, no juegan.
Es preciso apuntar otros argumentos para marcar la diferencia en este
sentido, sobre todo cuando tal “juego funcional”, o retozo humano, se
convierte en juego de ejercicios. Efectivamente,
lo que comenzó siendo una acción irracional en el neonato terminará siendo
superada, pues, como apuntara Piaget, cada nueva forma de juego no sustituye totalmente
a la anterior, sino que la incorpora y perfecciona. El “juego funcional”, de
primaria coordinación psicomotriz, pasará rápidamente a una forma más
perfeccionada de juego de ejercicios por la amplitud de la relación del niño
con su entorno al comenzar a deambular (se arrastra, gatea, se incorpora y
anda, motivado por sus juguetes). Pocos años después el juego simbólico
integrará las formas del ejercicio: cuando el niño juega a hacer como si
fuese policía correrá, saltará, luchará corporalmente con sus compañeros,
etc. Esta capacidad de desarrollo diferencia al juego infantil del retozo de
los cachorros, pues estos jamás pasarán a una siguiente etapa. En la relación
que se establece entre un niño y su perro mediante una pelota, el primero
juega, mientras que el segundo solamente se limita a retozar, pues otra cosa
le es imposible. Otra
diferencia sustancial está en la intencionalidad de la acción. En los seres
humanos siempre el juego tendrá como consecuencia la satisfacción de la
necesidad de desarrollo, interpretada como materialización de un estadio
superior en la formación de la personalidad, que apunta al perfeccionamiento
de la condición humana a través de la autosatisfacción alcanzada mediante el
placer que brinda la acción lúdica ejecutada de forma libre y espontáneamente
elegida. Así el “juego funcional”, que tiene un origen innato y
biológicamente determinado, adquiere tempranamente la componente
sociocultural que caracterizará a la Lúdica a todo lo largo de la existencia
humana. Lo lúdico está condicionado
por la cultura, al tiempo que es generador de ella. El
retozo animal siempre responde a causas biológicas, vinculadas con la satisfacción
de necesidades de subsistencia como preparación para los futuros actos de la
caza y la lucha para sobrevivir. Es un mecanismo natural de formación de
hábitos y habilidades en el cachorro para su vida adulta, y nunca perderá esa
condición. Jamás se convertirá en proceso sociocultural, aun cuando Huizinga en “Homo
Ludens” afirme que “El juego es más viejo que la cultura; pues, por mucho que
estrechemos el concepto de esta, presupone siempre una sociedad humana, y los
animales no han esperado a que el hombre les enseñara a jugar",
estableciendo, de paso, la capacidad de los animales para crear cultura y
desconociendo así que esta es el fruto de un proceso consciente de
acumulación histórica de resultados en la actividad creadora, lo cual es
solamente una facultad humana. Incluso
las acciones de los animales entrenados para el circo -que aparentemente
"juegan"- están regidas por los reflejos condicionados de
subsistencia que bien conocen y aplican los domadores: la amenaza al castigo
en caso de fallar, y la recompensa alimenticia o afectiva, de hacerlo bien; y
de ese modo tales acciones "ludiformes"
resultan un medio para la obtención de un propósito diferente, lo que
contradice la peculiaridad esencial del juego, que le define como un fin en
sí mismo, realizado con el único objetivo de la obtención del placer. La
significación de la Lúdica como función antropológica tiene igualmente que
ver con el sentido de la espiritualidad, cual esfera de los sentimientos,
concepciones, valores y fundamentos ético-morales, cualidades exclusivamente
humanas. En las memorias al Primer
Encuentro Nacional e Internacional de Lúdica (Bogotá, 1998), Manuel Guillermo Rodríguez apuntó:
"...Podemos empezar a pensar en la existencia de una actividad que
denominamos Lúdica, como expresión de la imaginación, del entretenimiento,
unida a la actividad creativa del hombre. Porque es gozo y conciencia del
gozo. En todas las culturas es un refinamiento de la vida humana, que incluso
adopta formas heterodoxas, como la contemplación ociosa y la magia, allí
donde no existe la Filosofía. "La
Lúdica se relaciona con el pasado y el presente de la Humanidad desde las
perspectivas de su pasado animal, que se mantiene dentro de un presente que
cada vez pasa por más civilizado. Dentro de él se dan diversas etapas o
modelos diferenciales que permiten considerar, aunque no estrictamente,
aquellas manifestaciones lúdicas infantiles y las más maduras. Una de estas
es la que se ha denominado ‘alta cultura', como un tipo de Lúdica propio de
las épocas más recientes. "Se
trata de una construcción cultural sumamente sofisticada, en donde se
encuentran aspectos profundos del conocimiento de alta tecnología, de
consideración de las esferas profundas de la personalidad humana, de la
consideración de la polifonía universal de las creaciones culturales de todo
el mundo, las producciones africanas, orientales, sudamericanas y europeas.
Donde se incluyen aspectos de todas las ciencias naturales y sociales. En
ellas deberían reconocerse y comprenderse los derechos fundamentales de los
seres humanos, plantearse alternativas de acción y transformación de la
realidad natural y social". Así,
tal como lo laboral puede vincularse al estado de bienestar, entendido este como el disfrute de medios y servicios
que surjan como resultado de su ejecución y que propicien una superior
calidad de vida, lo lúdico aporta
efectivamente a una dimensión del bienser, donde
lo significativamente importante son los indicadores de desarrollo desde el
punto de vista de las potencialidades individuales y su adecuada vinculación
con lo social. La
modernidad, desde la óptica de la sociedad de consumo, acostumbra a medir el
bienestar a través del poder adquisitivo y la capacidad para acceder a
mejores condiciones de existencia material. A este enfoque se aproxima la
interpretación del desarrollo como proceso
de crecimiento económico, de expansión rápida y sostenida de la producción,
la productividad y el ingreso por habitante. Por otra parte, según el informe
publicado anualmente por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), el desarrollo se concibe como “un
proceso que aumenta la libertad efectiva de quienes se benefician de él para
llevar adelante cualquier actividad a la que atribuyen valor”. Y entonces
la resultante de este empeño será una dimensión superior de la condición
humana: el ser mejores... el bienser. La Lúdica es un satisfactor
del desarrollo humano. En realidad, es el principal agente del desarrollo
concebido con la óptica del PNUD, pues desde la dimensión individual se
desencadenan los procesos sinérgicos que aseguran las proyecciones sociales.
El Homo Faber
ha de quedarse a la mitad del camino en el empeño por el desarrollo. Sólo el Homo Ludens puede
llegar a ser verdaderamente Homo Sapiens, el hombre sabio que no solamente trabaja,
sino que además -y sobre todo- es capaz de jugar, construyéndose desde el
ejercicio de la Lúdica un destino superior para toda la Humanidad. II. LA
LUDICA COMO SATISFACTOR DE NECESIDADES HUMANAS
El
abordaje de la Lúdica de forma sustantiva requiere de otras herramientas del
conocimiento, diferentes a las tradicionalmente empleadas por las disciplinas
que han estudiado el juego de manera instrumental. Para penetrar en la
esencia misma del acto lúdico y dar respuesta a las preguntas básicas ¿qué? y
¿por qué?, estamos proponiendo un enfoque desde los conceptos filosóficos que
nos permitan superar las limitaciones de las ciencias específicas, más
comprometidas con el ¿cómo? y el ¿para qué?. Para
la Filosofía, todo comienza con la necesidad.
Como categoría filosófica, la necesidad surge de la esencia, de la naturaleza
interna de un fenómeno en desarrollo. Es algo constante y estable para todo
proceso determinado, y por tanto es condición universal de la existencia
material, a la que está sometido todo cuanto existe. En el caso de los seres vivos, en cualquier nivel de la escala
biológica, como necesidad vital
ella se manifiesta a través de dos formas concretas e intrínsecamente
relacionadas: la necesidad de
subsistencia y la necesidad de
desarrollo. La primera rige principalmente la acción de los organismos
individuales en su lucha por la supervivencia, como son los actos de la
alimentación, defensa, descanso, etc., por lo que tiene un marcado carácter
ontogénico. La necesidad de desarrollo, por su parte, rige sobre todo la
acción de los organismos en función de la preservación de su especie, como
son los actos de la reproducción y los evolutivos en general, por lo que
tiene un esencial carácter filogénico. Para
ejemplificar el peso específico de cada una de estas manifestaciones de la
necesidad vital en el quehacer de los organismos, puede decirse que subsistir
implica el mantenimiento de la condición alcanzada, mientras que
desarrollarse significa el tránsito hacia una condición superior. El
desarrollo es indispensable para evitar el estancamiento y la consiguiente
extinción. Y la subsistencia igualmente lo es, como garantía de la estabilidad
de las especies en las nuevas cotas alcanzadas, sin lo cual surgiría también
la extinción. Por otro lado, ambas tendencias se manifiestan indisolublemente
unidas en la actividad de los seres vivos, pues las acciones ontogénicas
determinan en gran medida las posibilidades filogénicas,
y estas a su vez condicionan a aquellas. La
solución de la necesidad, en su doble vertiente, la consiguen los organismos
vivos mediante su actividad. Y es
justamente en este punto donde concurren las diferencias sustanciales que
califican a los diversos estadios biológicos. La primera de ellas radica en
la clasificación de los seres vivos en vegetales y animales. Mientras para
los primeros, en términos generales, las manifestaciones de su actividad
orientada a la satisfacción de ambos tipos de necesidad transcurren sobre
todo en el marco de su individualidad, para los segundos están regidas por
una condición cualitativamente diferente y superior, al requerir tanto de la
acción individual como de la grupal. Así
pues, todas las funciones vitales en los vegetales se satisfacen por el mismo
individuo, mientras que en los animales, como consecuencia y condición de su
facultad de locomoción, las necesidades de subsistencia pueden ser en general
satisfechas por el individuo aisladamente, pero las de desarrollo exigen
inevitablemente -salvo excepciones en el inframundo
animal- la presencia como mínimo de la pareja, creándose de tal modo las
premisas para la convivencia grupal -en manadas- de los animales, que tiene
en la sociedad humana su máxima expresión. Otra
gran diferencia tiene que ver particularmente con el comportamiento sensorial
de las especies animales, en una escala que va desde las formas más
primitivas hasta las más evolucionadas, representadas por el ser humano. Y en
este caso es preciso definir primeramente dos conceptos: lo instintivo y lo consciente. La actividad instintiva responde a impulsos
naturales, determinados por factores absolutamente biológicos y por tanto
hereditarios, sin la presencia de reflexión como condicionante previa. Por su
parte, la actividad consciente requiere de una intencionalidad reflexiva como
condición inicial, lo que implica la toma de conciencia sobre la acción y sus
resultados. En los
animales -excepto el hombre- toda actividad será siempre instintiva, tanto
orientadas a la satisfacción de la necesidad de subsistencia como a la de
desarrollo. En el ser humano, por las superiores facultades de su corteza
cerebral la actividad en una u otra dirección será generalmente consciente, aun
cuando presenta acciones absolutamente instintivas, particularmente
vinculadas a la supervivencia, como las regidas por el instinto de
conservación. De tal
modo, el hombre es el único animal capaz de abordar la solución de su
necesidad de subsistencia con un tipo exclusivo y superior de actividad, que
es el trabajo. Solo el hombre
trabaja, pues los restantes animales resuelven dicha necesidad mediante
acciones instintivas, biológicamente determinadas. Lo que diferencia, por
ejemplo, el trabajo del peor arquitecto de la labor de la mejor abeja es que
aquel antes de acometer la construcción de un edificio la realizó previamente
en su mente, por lo que su actividad es muy superior al permitir la
incorporación de soluciones creativas y novedosas, imposibles de lograr en el
panal, instintivamente construído por las abejas,
según un patrón transmitido genéticamente. Y por
igual causa, el hombre es el único animal capaz de abordar la solución de su
necesidad de desarrollo con otro tipo exclusivo y superior de actividad, que
es justamente el acto lúdico. En
consecuencia, solo el hombre juega -así como igualmente solo él tiene acceso
al arte, a la risa, a la liturgia religiosa y a la creatividad- tal como
argumentamos anteriormente. La
civilización ha potenciado la primacía del trabajo sobre lo lúdico, como
generador de medios de consumo –tanto materiales como espirituales-, lo cual
es históricamente acertado, pues la subsistencia es la primera exigencia de
la especie. Pero solo a través del desarrollo pudieron los hombres primitivos
distanciarse de la condición animal, sin lo cual también la especie habría
desaparecido bajo la acción de depredadores físicamente mejor dotados. El dominio del fuego no sólo contribuyó a
la defensa y alimentación de los protohombres, sino
que además les permitió iluminar y calentar las profundas cavernas donde
establecieron las relaciones sociales del clan, practicaron sus ritos
sagrados y dejaron el testimonio pictográfico de sus experiencias vitales, en
una práctica de marcado contenido lúdico -como representación simbólica de la
realidad- que fue la base del
desarrollo indetenible del arte, la ciencia y la
comunicación, en vías de conformación de la cultura humana. Aquellas
incipientes manifestaciones de la Lúdica poseían una profunda significación
en las agrupaciones humanas, asumiéndose con todo el rigor de una necesidad
vital. A lo largo de la historia de la Humanidad, el desarrollo de las
fuerzas productivas y la consecuente división y especialización del trabajo
establecieron una diferenciación entre las que pasaron a ser formas serias y
no serias de lo lúdico. La Lúdica en sus orígenes involucraba tanto a niños
como a adultos, cuando no existían
diferencias significativas entre los implementos empleados por unos y
otros en la tenaz lucha por la subsistencia, así como tampoco entre los fines
del acto lúdico –ritual y utilitario- y los del trabajo. No eran aquellos aún
los tiempos de la infancia, como tampoco del juego... Al complejizarse
los instrumentos de trabajo su empleo escapó de las posibilidades de los más
pequeños, que solo pudieron acudir a representaciones de ellos para
adiestrarse en su manejo como preparación para la vida adulta. Surge así el juego como dimensión simbólica
de la realidad y campo de acción de la infancia, perdiéndose el inicial sentido de seriedad
de la Lúdica en la medida en que sus resultados se distancian de la
apropiación inmediata de resultados concretos. Sus manifestaciones no serias
se acrecientan cuando los seres humanos, en asentamientos más estables y con
una supervivencia más asegurada, pueden dedicar parte del tiempo a festejar
los éxitos en las cosechas o en los combates,
o a celebrar otras actividades sociales caracterizadas por el jolgorio
y la fiesta. Por otro lado, el culto sacro, asumido con el rigor que impone
el temor a lo desconocido, se
consolida como vertiente seria de la Lúdica dedicada a rendir tributo a los
dioses, conjurar desastres y enfermedades, o predecir el porvenir, entre otras funciones. En los
tiempos clásicos, la vertiente seria de la Lúdica se erigió, además de lo
cultual, en "tiempo de
aprendizaje" -la sckole
griega-, pues en ese instante liberado de las obligaciones impuestas por la
subsistencia -de las cuales se encargaban principalmente los esclavos-, los
hombres libres podían dedicarse a la contemplación filosófica de la realidad
y al diálogo. Fue, de tal modo, el origen de la educación como método
estructurado del conocimiento, cumpliendo una indiscutible función por el
desarrollo, al menos para una parte de aquella sociedad. Es en
la Edad media cuando se inicia la
gran crisis de la Lúdica, como parte del estancamiento que representó para la
cultura en general la larga noche del oscurantismo feudal, donde -gracias a
un absoluto funcionalismo religioso-
nada que no resultase conveniente en función de la Iglesia podía prosperar.
Así la pintura, la música, la literatura, la arquitectura, como formas
principales del arte medieval, debieron limitarse a los intereses de la
institución eclesiástica para continuar desarrollándose. El
ocio en el feudalismo fue un privilegio de la nobleza, y más que al
aprendizaje -como ocurrió en la etapa clásica- se dedicó al entretenimiento y
la diversión mediante festines, torneos y juegos de salón, convirtiéndose en
el típico modo de vida de la aristocracia. También
las clases bajas de la sociedad ocuparon con juegos su escaso tiempo de ocio.
Junto a los juegos infantiles -con un fundamento semejante al actual, de
representación de la vida adulta- se generalizaron las acciones lúdicas entre
las personas mayores, sobre todo por parte de la soldadesca que ocupaba su
tiempo libre en juergas y apuestas. El carnaval, en cuyos orígenes vinculados
al culto pagano se identifican ritos
y prácticas de hechicería, como
las del sabat,
aquelarres o festividades de las brujas, llevó la expresión no seria
de la Lúdica - la fiesta y el jolgorio- a una dimensión masiva dentro de la
cultura popular. Desde
sus castillos y catedrales la clase dominante veía con temor tales acciones
lúdicas del pueblo, a las que calificó de satánicas por su no subordinación
al funcionalismo religioso. y en consecuencia las
estigmatizó. La Lúdica quedó así dividida en "buena" -la practicada
por la nobleza- y "mala" -la de las clases bajas, considerada
peligrosa y pagana-. A los
tiempos modernos llega la Lúdica con el estigma heredado del feudalismo, lo
cual aumenta la cada vez mayor separación entre sus manifestaciones serias y
no serias, así como el marcado divorcio entre el juego y la educación. Se
consolida la interpretación del juego como pérdida de tiempo, lo improductivo
y banal, a lo cual contribuye extraordinariamente el funcionalismo existencial que caracteriza a la sociedad
capitalista. Si para el funcionalismo religioso lo único valedero es el
"creer", para el existencial todo estará en función del
"estar" y del "tener", como consecuencia de un proceso
que todo lo convierte en mercancía y que desata la enajenación por el
consumo. La
separación entre el juego y el trabajo se profundiza con el reconocimiento de
este como lo único verdaderamente valedero, rentable y socialmente útil.
Incluso la Pedagogía se enfrasca en empeños de escolarización precoz, como
vía para acortar el tiempo "improductivo" de la infancia y lanzar,
cada vez más tempranamente, nuevas masas de aspirantes al mercado laboral,
donde se ofrezcan al mejor postor. Se compromete así seriamente el ejercicio
del derecho -y el deber- del niño al juego. Ni qué decir de las posibilidades
de los adolescentes, jóvenes y adultos para satisfacer sus necesidades
lúdicas de forma adecuada a los intereses del desarrollo social. En
consecuencia, estos grupos humanos desatan sus impulsos lúdicos vitales -como
una necesidad antropológica impostergable- de cualquier modo, con acciones
que conducen al vicio y la delincuencia, al alcoholismo, la drogadicción, los
"juegos" prohibidos, etc. El deporte, que comenzó como la expresión
lúdica de la cultura física en los seres humanos, igualmente se mercantiliza
y se transforma en un empeño para profesionales, donde el objeto del trabajo
es el propio hombre, convertido en máquina para ganar en la competición
deportiva a cualquier precio. ¿Qué ha
pasado con el ejercicio de la Lúdica hasta nuestros días?.
En su afán innato por el desarrollo el hombre busca constantemente lo divino
-en su justa significación de "lo extraordinario, lo excelente"-.
Apunta a lo más alto, como ente superior de la escala biológica. Tanto el
funcionalismo religioso como el existencial han orientado tal búsqueda hacia
lo externo: el primero, en la representación idealista de Dios; el segundo,
en el pragmatismo de la riqueza material. El
hombre ha de buscar lo divino dentro de sí mismo, en lo más profundo de su
espiritualidad. La Lúdica es expresión de la divinidad interior que se
manifiesta durante el pleno ejercicio de la libertad en el afán del individuo
por satisfacer su necesidad de desarrollo, de alcanzar la excelencia, lo
perfecto, en la dimensión esencial de su condición humana. III. LA
APARENTE GRATUIDAD DEL JUEGO
En
esta propuesta epistemológica debemos destacar tres categorías que
condicionan el concepto de lo lúdico: la necesidad, la actividad y el placer. La necesidad lúdica es la inevitabilidad, la urgencia irresistible de ejecutar,
bajo un impulso vital, acciones de forma libre y espontánea como
manifestación del movimiento dialéctico en pos del desarrollo. La actividad lúdica es la acción misma,
conscientemente dirigida a la liberación voluntaria del impulso vital
generado por la necesidad. El placer lúdico es el bienestar, la
satisfacción estimuladora del desarrollo, alcanzada durante la realización de
la necesidad a través de su actividad peculiar, que en este caso es el juego. La
necesidad lúdica tiene carácter instintivo e innato. La actividad lúdica
comienza con semejante motivación natural, con el juego denominado
"funcional", pero pasa muy rápidamente a ser un producto social
como resultado de la inserción del individuo en su medio. El placer lúdico es
consecuencia, sobre todo, de la imbricación de los factores individuales e
instintivos generados por la necesidad, con los colectivos y sociales
propiciados por la actividad, como resultado de lo cual podrá surgir un
estado de realización, en caso positivo, o de frustración, en el negativo,
con el consiguiente efecto estimulador o inhibidor en los componentes de la
personalidad. La
necesidad lúdica nunca pierde su carácter biológico e interno, aun cuando se
verá influida, de forma constante, por los factores sociales que propician su
realización en el placer a través de la actividad, en una estrecha relación
interactiva. En ella radica la causalidad
del fenómeno antropológico del juego, en tanto la actividad misma resulta
expresión de la casualidad, cuya
presencia no es forzosa y -como señala la Dialéctica- no surge de la
naturaleza del objeto dado, es inestable, temporal, y su razón no se halla en
el propio objeto, sino fuera de él, en las condiciones y circunstancias
externas. Así, tal como la casualidad complementa a la causalidad y es una
forma de su manifestación, la actividad lúdica es la concreción de la
necesidad biológica esencial de ejecutar acciones libres y espontáneas en
aras de la obtención del placer por la vía del desarrollo. De tal
modo identificamos a la necesidad lúdica como factor esencial y primigenio,
derivado de la existencia misma del ser humano cual ente biológicamente
activo, y por tanto poseedor de capacidad, o impulso vital, para actuar sobre
sí mismo y sobre el medio que le circunda. La Lúdica es, por tanto, la manifestación de ese vital impulso
antropológico destinado a propiciar el desarrollo mediante la realización de
acciones ejecutadas de forma libre y espontánea, presididas por el
reconocimiento que hace el individuo sobre su propia y personal capacidad
existencial, por lo que se relaciona con el más importante de los estados de
ánimo que puede regir a los seres humanos: el del ejercicio de la libertad. Esa es
la piedra angular de la Lúdica, su elemento definitorio por excelencia. Lo
que diferencia principalmente al juego del trabajo es que mientras este es heterocondicionado -o impuesto de forma obligatoria por
normas dictadas más allá de la voluntad del hombre, que lo acepta por
responder a su necesidad de subsistencia-, la actividad lúdica solo será real
cuando resulte autocondicionada, o determinada por
la propia voluntad, u obligación interior, de los participantes en ella. Un
análisis objetivo del campo de acciones del hombre como ser social indica que
todas ellas estarán inevitablemente matizadas por la influencia exterior del
medio socionatural en que se inscriben, y por tanto
serán, en algún grado, heterocondicionadas. Es
imposible vislumbrar un tiempo humano liberado de influencias externas,
entendiendo estas como la manifestación de necesidades vitales, de
subsistencia y de desarrollo, las que tendrán en igual medida componentes
auto y heterocondicionados, tanto de origen
interior como exterior. De hecho, y aun en el supuesto caso de acciones
humanas exclusivamente autocondicionadas, estas
seguramente apuntarán al perfeccionamiento del hombre, lo que no será jamás
en abstracto, sino verificable a través de su relación con el entorno en su integralidad biosocial, por lo
que los factores e influencias heterocondicionadas
estarán presentes e incluso, en última instancia, regirán tal actividad. En
resumen, como afirma el recreólogo argentino Pablo Waichman,
la libertad -y el grado de desarrollo de la misma- no consistirá en la falta
de obligaciones exteriores, sino en la mayor o menor carga de obligaciones
interiores (lo que echa por tierra cualquier tendencia al libre albedrío). Semejante
cualidad de libertad es la razón esencial que convierte al acto lúdico en un
momento de desarrollo personal, cuando el ser humano puede poner espontáneamente
en acción todas sus potencialidades individuales en el plano físico,
volitivo, moral, social, y en todos los demás aspectos que condicionan y
definen su personalidad. Siendo
el ser social una cualidad de la condición humana, semejante ejercicio de la
libertad solo puede interpretarse en el marco de intereses de la especie en
su conjunto. El respeto por el derecho, propio y ajeno, al ejercicio de la
libertad en el necesario marco social es, por consiguiente, la más importante
razón existencial de la condición
humana. El impulso lúdico vital, que tiene su génesis en mecanismos
innatos e individuales, biológicamente determinados, se convierte en fenómeno
cultural cuando resulta herramienta para el desarrollo de la sociedad,
conjugándose así los procesos ontogénicos y filogénicos
durante la concreción del acto lúdico. En este
punto se impone la necesidad de revisar las interpretaciones sobre la
aparente banalidad y sinsentido del juego, la actividad lúdica por
excelencia, lo que constituye el argumento principal en su devaluación por
las sociedades pragmáticas contemporáneas. Sabido es que las ciencias
específicas han encontrado múltiples aplicaciones a la actividad lúdica, en
función de... Pero,
de lo que se trata es de comprender que el juego por sí mismo, el juego por el juego, está dotado de
una profunda intencionalidad, aunque ella se oculte tras la apariencia del
libre albedrío, de la inconsecuencia en las conductas autocondicionadas
que han de regir al individuo cuando juega verdaderamente, de modo espontáneo
y desinteresado, con el único afán de recrearse y pasarla bien. ¿Acaso la recreación, la obtención del
placer, no es suficiente razón para justificar el aparente sinsentido del juego?. ¿No basta ese empeño para hacer valederas las acciones
individuales y sociales tendientes a propiciar el ejercicio de la Lúdica como
satisfactor sinérgico del desarrollo humano?. Al
respecto apunta el ludólogo francés Jean Vial: “La
finalidad del juego es el juego mismo”, escribió Roger Caillois. Fundamentalmente, el juego
se definiría, como dice Karl Groos, por la gratuidad
de la acción. La actividad sólo tiene razón de ser lógica en su
desarrollo, y pertinente en su conclusión, dentro del diálogo sujeto-juego
que nace y muere con esta actividad. La espontaneidad y la “gratuidad” del
juego no deben engañarnos... El juego está limitado en el tiempo y, en
definitiva, los resultados son borrados. Sin embargo, como requiere la
totalidad del ser, aparentemente de forma voluntaria en función de una
motivación determinada, el juego tiene necesariamente unas consecuencias que
varían según la calidad y amplitud del compromiso, según los rasgos
dominantes del juego considerado. Por eso, si bien evitamos hablar de las
“funciones” del juego, insistiremos en sus “efectos”. Somos conscientes de
que estamos alterando el orden de los fenómenos y analizando unas
consecuencias más que unas causas. Por lo menos los efectos son más
perceptibles y permiten juicios objetivos de simple constatación. “Más allá de una aparente gratuidad, se despliega una
función hedonística que lleva al niño desde el placer exteriormente afirmado
a la felicidad íntimamente experimentada. Placer del movimiento ejercido voluntariamente que tiende al desarrollo de
todo el ser; del pleno ejercicio de sí mismo, de este modo orientado hacia el
éxito final, incesantemente fortificado por las satisfacciones de los éxitos
intercalados; de las superaciones dentro de la oposición y alegrías dentro del
compromiso...” El autor es claro ante la evidencia: no hay sentido de
gratuidad en el juego, como no lo habrá en ninguna otra de las actividades
humanas, pues todas responden al principio de la necesidad. Vial expone los siguientes efectos
del juego: de dominante corporal, mental, social, y personal, que coinciden
en su esencia con lo que otros especialistas relacionan como aspectos de la
personalidad que el juego contribuye a desarrollar, en lo físico, lo
intelectual, lo colectivo, y lo afectivo, respectivamente. Por supuesto, el hecho de que los efectos del juego
actúen sobre la necesidad de desarrollo del ser humano, y que los
requerimientos de esta escapen generalmente a la percepción común, oculta su
utilidad práctica en beneficio del individuo, del grupo social y de la
especie, quedando solo como evidentes sus manifestaciones a través de la satisfacción obtenida durante su
realización. Pero tal placer tiene su sentido más profundo en los procesos
objetivos y dialécticos del desarrollo: el
paso hacia una condición superior en la existencia del individuo y de
la especie. La necesidad lúdica, como principal
mecanismo del desarrollo humano, surge en la cuna y no desaparece ya a todo
lo largo de la vida, manifestándose de diferentes modos en cada etapa etaria. Si bien en las edades infantiles el juego ha de
contribuir a la formación de la personalidad y de las capacidades físicas y
mentales del individuo, durante la adolescencia, la juventud y la adultez
tendrá como misión esencial reafirmar los aspectos que definen su posibilidad
de enfrentar y resolver los retos que le plantea la existencia misma. Esto
es: el desarrollo de sus aptitudes para aplicar estrategias de pensamiento
lógico, táctico y creativo con las que salir adelante frente a cualquier situación
de la realidad, el fortalecimiento de la voluntad y el ejercicio de la toma
de decisiones, la integración a colectivos humanos para incrementar sus
esferas de influencia sobre la base de la cooperación, y la reafirmación de
la autoestima a partir de una cabal comprensión de sus potencialidades. Una
inadecuada atención a la necesidad lúdica de adolescentes, jóvenes y adultos
podrá provocar como consecuencia deformaciones en sus conductas, tales como
la drogadicción, el alcoholismo, la práctica de juegos de azar con fines
lucrativos, y la delincuencia en sentido general, que atentan contra la
estabilidad y buena marcha de la sociedad, por lo que esta debe propiciar a
dichos grupos humanos alternativas para una sana recreación, a través de una
efectiva educación en y para el tiempo libre. "El
hombre que juega -dice la psicóloga y filósofa colombiana Marta Inés Tirado- confía en que en
su experiencia de mundo hay algo más que está por venir. Esto es claro en la
vida cotidiana: un hombre desamparado y desesperanzado no tiene deseos de
jugar. Juega el que aún cree en la posibilidad de algo más, el que aún cree
que es posible soñarse y construirse una nueva realidad personal y social
para que la convivencia y la dignidad humanas sigan siendo posibles". La
necesidad lúdica es necesidad de desarrollo materializada en el impulso vital
congénito en los seres humanos, de ejecutar acciones de forma libre y
espontánea, como expresión de su capacidad existencial, o ejercicio de
determinadas formas de poder. Entendamos como poder la razón en virtud de la cual un elemento participante en
el proceso dialéctico del desarrollo es capaz de transitar de una cualidad
inferior a otra superior con la concertación de otros elementos presentes en
el medio donde se inserta, y que conforman sus esferas de influencia. Esto es, que puede actuar sobre sí mismo y sobre el entorno natural y social
que le rodea. Todo
cuanto existe, tanto en la Naturaleza como en la sociedad, quiéralo o no está
insertado en determinados sistemas de poder,
lo cual significa que al tiempo de ejercer su actividad sobre los elementos
que conforman sus esferas de influencia, forma parte de las esferas de
influencia de otros elementos cualitativamente superiores en cuanto a
desarrollo. El hombre no es comúnmente consciente de esta situación de
dependencia, pero ciertamente la familia, la comunidad, la nación, la
sociedad, la Humanidad en su conjunto, son ascendentes sistemas de poder en
los que está insertado, formando parte de las esferas de influencia de otros
elementos más desarrollados que él. La aspiración de ascender en la pirámide
social hasta la cúspide de cada actividad -fin loable y humano, cuando se
persigue por los nobles métodos de la superación personal- tiene su razón en
el afán del desarrollo por ampliar cada vez más las esferas de influencia con
el dominio de un mayor sistema de poder, de lo cual solo los individuos
mediocres se abstienen. Insertado
en diversos sistemas de poder, el ser humano podrá asumir cuatro actitudes:
adaptarse a las reglas ya establecidas por quienes los rigen, intentar
transformar dichas reglas según sus propios intereses, abandonar el sistema
que le resulte adverso, o intentar crear uno propio en dependencia de sus
necesidades. Todos hemos transitado por estas decisiones a lo largo de
nuestras vidas sin percatarnos. El ejemplo más significativo es la familia.
Al venir al mundo, el recién nacido queda insertado en este inicial sistema
de poder, donde las reglas son dictadas por los adultos. Por su
corta edad, al niño le es imposible intentar transformar dichas reglas -las
que ni siquiera aún es capaz de comprender-, lo que sí sucederá a partir de
la adolescencia, siendo esta la causa de rebeldías y de traumáticos
enfrentamientos intergeneracionales. Tampoco podrá el niño abandonar el
sistema adverso, solución propia de los jóvenes, que dejan atrás la tutela
del hogar paterno para emprender sus propios caminos. Solo queda al niño la
alternativa de adaptarse a las reglas establecidas, y el mejor modo para
lograrlo es justamente creando sus
propios sistemas de poder, en los que reproducirá la realidad donde se
inserta, a fin de comprenderla y acomodarse a ella (proceso de
asimilación-acomodación expuesto por Piaget). Surge así la necesidad vital del juego como
sistema de poder al servicio del niño para propiciar su propio desarrollo con
la consiguiente obtención del placer mediante la satisfacción de tal
necesidad vital. Los
juguetes, sus compañeros de juego, él mismo, forman parte de las esferas de
influencia sobre las que el niño podrá actuar libremente durante la actividad
lúdica, sin que le interfieran las reglas adultas que rigen los sistemas de
poder mayores, que son la familia, la escuela y la sociedad. Por eso
defienden su territorio y pierden la espontaneidad ante la intromisión adulta
que pretenda regir su actividad de juego. Si deseamos jugar abierta, franca y
libremente con los niños es indispensable insertarnos en sus esferas de
influencia, es decir: abandonar las adultas posturas directivistas
y permitir que nos incorporen a sus sistemas de poder, donde las reglas son
dictadas por ellos, dejando afuera el mundo real que intentan comprender por
distanciamiento. En ese
empeño de comprensión del mundo, el juego se manifestará principalmente como
campo de experimentación, de lucha incruenta y amistosa del individuo frente
a sus contrarios. Al jugar, y como expresión del sistema de poder establecido
durante la actividad lúdica, el niño se enfrentará a tres tipos de
contrarios: consigo mismo, con el entorno natural y con el social La
primera tarea del hombre a todo lo largo de su existencia es enfrentarse a sí
mismo, como resultado de lo cual descubrirá sus limitaciones, se
perfeccionará y aprenderá a confiar en sus posibilidades, desarrollando el
importante sentimiento de autoestima. Bajo el influjo del medio en que vive,
pasa progresivamente el niño a enfrentarse a su entorno: el natural, formado
por los procesos de la Naturaleza que inciden en él -a los que debe aprender
a no temer y a dominar-, y el social, formado por sus semejantes, en el
creciente marco de sus relaciones desde la familia hasta la comunidad. Todos
los actos del ser humano serán, de tal modo, el resultado de su lucha contra
sus contrarios -a los que está dialécticamente unido-, en la búsqueda de su
propio desarrollo. Ninguna acción escapará a tal designio, manifestándose en
dos tendencias principales: la laboral y la lúdica. Mientras
que en el accionar lúdico tal enfrentamiento será siempre fraternal y
positivo, en el campo laboral puede adoptar formas violentas, debido
principalmente al hecho de que en la realidad -regida por reglas impuestas al
hombre desde afuera- los errores suelen ser costosos, mientras que en el
juego es posible fallar sin traumáticas consecuencias, pues bastará en todo
caso con modificar las reglas. Así, la actividad lúdica favorece la
experimentación -tan necesaria para alcanzar una adecuada comprensión de la
existencia-, al eliminar los efectos traumáticos en el error, que siempre es
probable en el afán de desarrollo del individuo, lo cual concede al juego una
cualidad insustituíble a los propósitos de la
educación. La
integración al colectivo como vía para incrementar sus esferas de influencia,
el sacrificio de la individualidad en aras del interés general, la disposición
a transformar la realidad, la tendencia al mayor perfeccionamiento personal,
el incremento de la voluntad y la autoestima, la maduración del intelecto y
del pensamiento creativo, son propósitos que el ser humano tiene la
posibilidad de alcanzar mediante la actividad lúdica, preparándose desde la
infancia para la vida en el contexto de los sistemas de poder que rigen su
sociedad, bajo el universal estímulo del desarrollo en el ascenso cualitativo
hacia las etapas superiores que dan cima a la condición humana. Paradójicamente,
hoy la Humanidad entra en el Tercer Milenio de nuestra era con una realidad
caracterizada por las desigualdades sociales, que actúan como detonadores de
la violencia. En el afán por hacer de la fuerza y la riqueza las principales
manifestaciones del poder, el ser humano se ha condenado a una existencia en
oposición a las leyes del Universo, y en la que la degradación moral, la
destrucción física y la devastación ecológica caracterizan su quehacer en
virtud de una "tecnología del desastre", palabra que significa
"ruptura con los astros" (des-astre), o
en igual sentido, con la Naturaleza. Todos
quienes deseamos mirar al porvenir con las expectativas del mejoramiento
humano, comprendemos la necesidad de generar una transformación
revolucionaria en el terreno de las ideas, que asegure la vigencia de los más
elevados valores, como la honestidad, la solidaridad, la aceptación de las diferencias en las
relaciones interpersonales... con la preponderancia del bien-ser sobre el bien-estar. El
hombre disfruta de la etapa no adulta más prolongada entre todas las especies
de la fauna planetaria, pues gracias a ese período natural de preparación
para la vida -donde el juego es el recurso fundamental- puede alcanzar su
capacidad intelectual el nivel que le situó en la cúspide de la Naturaleza. Más que jugar porque se es niño, se es
niño porque se juega, lo cual significa que aquel desprovisto de la
posibilidad de jugar plenamente, de alcanzar el placer mediante la liberación
voluntaria de su impulso lúdico vital, lo será también de su infancia, y en
consecuencia de su futura condición de hombre cabal, por haber sido frustrada
la satisfacción plena de su necesidad de desarrollo. A tales premisas
responde el derecho del niño al juego,
recogido en el Artículo 7 de la Declaración
Universal de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de
la ONU el 30 de noviembre de 1959. Si
aspiramos a una Humanidad cada vez mejor, formada por hombres y mujeres que
hoy son niños y niñas, debemos asegurarles ahora que se formen adecuadamente,
del modo que solo la actividad lúdica
bien concebida puede lograr. Jugar no es solamente un derecho, sino es un
deber que nuestra infancia tiene que cumplir para realizar la misión que le
corresponde en esa importantísima etapa de la vida individual, dentro del
destino mayor de la especie: alcanzar, con cada generación, un escalón
superior en el perfeccionamiento de la condición humana, en pos de
convertirnos en seres cósmicos, en los verdaderos habitantes del Universo. BIBLIOGRAFIA
AFANASIEV,
V.S.:
"Fundamentos de los conocimientos filosóficos", Ediciones
Políticas, La Habana, 1976. ARGEMI,
Joan: "El pasado jugado:
juego y cultura", catálogo Jocs y tecnojocs, Barcelona, 1992. BODEN,
Margaret A.: "La mente creativa (mitos y mecanismos)", Gedisa, Barcelona, 1994. BORJA
i SOLE, María de: "El
juego infantil (organización de ludotecas)", Oikos
Tau, Barcelona, 1980. CORREO
DE LA UNESCO, revista: Edición
dedicada al juego, mayo 1991. DINELLO,
Raimundo: "Expresión
lúdico-creativa", Soma-Nordan, Montevideo,
1990. DUMAZEDIER,
Joffre:
"Ocio y sociedad de clases", Fontanella,
Barcelona, 1971. ELKONIN,
D.B.:
"Psicología del juego", Pueblo y Educación, La Habana, 1984. FULLEDA
BANDERA, Pedro: Conferencia en
el Seminario Internacional "El juego y la Lúdica: alternativas de
desarrollo para el siglo XXI", Medellín, Colombia, 1999. ----------------------: "¡JAJA!... una
carcajada a la vida", La Habana, 2000. GONZALEZ
AUZMENDI, Gotzon: "Porque jugar... es un asunto muy serio" (material
audiovisual), Ludoland S.L.,
Vitoria-Gasteiz, España, 1995. HUIZINGA,
Johan:
"Homo Ludens", Alianza Editorial, Madrid,
1995. LONGO
FORMOSO, Miguel:
"Formación de ludotecarios", Nadal 90, La Coruña, 1995. MARTI
PEREZ, José: "La Edad de
Oro", Letras Cubanas, La Habana, 1989. -----------------: "Antología Mínima",
Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972. MIRA
LOPEZ, Emilio: "Psicología
evolutiva del niño y del adolescente", Editorial Continental, México DF,
1958. MITJANS
MARTINEZ, Albertina; BETANCOURT MOREJON, Julián: "Pensar y crear: estrategias, métodos y
programas", Editorial Academia, La Habana, 1995. MOTTA
MARROQUIN, Jesús Alberto, y otros autores: Memorias del Primer Encuentro Nacional e Internacional de Lúdica,
Bogotá, Colombia, 1999. PEREZ
SANCHEZ, Aldo, y colaboradores:
"Recreación: fundamentos teórico-metodológicos", Instituto
Politécnico Nacional de México, 1997. PIAGET,
Jean: "La formación del
símbolo en el niño", Fondo de Cultura Económica, México DF, 1975. SAGI-VELA,
Luis:
"Un cierto modo de vivir", EDAF, Madrid, 1981. SHKLOVSKI,
I.S.:
"Universo, vida, intelecto", Editorial Científico-Técnica, La
Habana, 1979. TIRADO
GALLEGO, Marta Inés:
Conferencia en el Seminario Internacional "El juego y la Lúdica:
alternativas de desarrollo para el siglo XXI", Medellín, Colombia, 1999. TOFFLER,
Alvin:
"El cambio del poder", Plaza & Janes,
Barcelona, 1990. UNESCO: "Declaración de los Derechos del
Niño", París, 1983. VIAL,
Jean: "Juego y educación:
las ludotecas", Akal, Madrid, 1988. WAICHMAN,
Pablo A.: "Tiempo libre y
recreación: un desafío pedagógico", Ediciones PW, Buenos Aires, 1993. ZHUKOVSKAIA,
R.I.:
"La educación del niño en el juego", Editorial Científico-Técnica,
La Habana, 1975. | |
|
ü
Los
documentos pueden ser bajados o impresos (una sola copia) para uso personal. ü
Usted
esta en libertad de editarlos y usarlos en sus proyectos, dando el crédito al
autor del documento. ü
Está
prohibido, moral y legalmente, vender el documento o hacer una reproducción
del mismo con ánimo de lucro. ü
No
esta autorizado copiar, extraer, resumir o distribuir el documento fuera de
su propia organización y/o de manera que compita o substituya la base de
documentos de FUNLIBRE o de las Redes de las que la Fundación es el Nodo
Central. |
|
|
FUNLIBRE es una ONG sin ánimo de lucro que desde
hace 18 años ha venido impulsando con vocación latinoamericanista el
fortalecimiento y desarrollo del sector de la recreación y el tiempo libre en
Colombia y la Región mediante la Investigación, la Formación, las Vivencias y
la Gestión en Recreación.
Envíenos un mensaje IR A DOCUMENTOS ENVIADOS POR MIEMBROS DE LA RED LATINOAMERICANA |
|
|
Fundación
Colombiana de Tiempo Libre y Recreación - FUNLIBRE © 1988 - 2006 |
|
[1] (Santiago de Cuba, 1945). Ludólogo y
Comunicador Social. Se desempeñó como periodista especializado en temas
históricos y culturales. Fue funcionario nacional de